En un mundo donde las bibliotecas públicas están desapareciendo en muchos países, Finlandia está yendo en dirección contraria. Con más de 700 bibliotecas para una población de 5,6 millones de habitantes, el país nórdico está transformando estos espacios en centros de servicios comunitarios financiados con fondos públicos.

La biblioteca central de Helsinki, Oodi, elegida como la mejor biblioteca de reciente construcción del mundo en 2019, es un ejemplo destacado de esta transformación. A diferencia de las bibliotecas tradicionales, Oodi ofrece una amplia gama de servicios y actividades que van desde estudios de podcast e impresión 3D hasta raquetas de tenis y pases para piscinas.

Más que libros: una filosofía de préstamo

Según Katri Vänttinen, directora de servicios bibliotecarios de Helsinki, después de los libros, los artículos más solicitados en las bibliotecas de Helsinki son los espacios. Estas salas se pueden reservar de forma gratuita para reunirse, estudiar, debatir sobre política o hacer música. Entre los objetos portátiles, los juegos de mesa y los videojuegos son los más populares.

Esta cultura del préstamo tiene sus raíces en un pragmatismo muy arraigado que se remonta al pasado rural de Finlandia, donde la gente compartía habitualmente la maquinaria agrícola. «Hoy en día, mucha gente en las ciudades vive en casas pequeñas y puede que solo necesite una máquina de coser una vez al año», explica Vänttinen. «Entonces, ¿para qué comprar una? La gente prefiere no gastar su propio dinero cuando puede acceder a una máquina de coser gratis, financiada con sus impuestos».

Un modelo de inclusión social

Las bibliotecas finlandesas no solo ofrecen herramientas y salas de reuniones, sino que también desempeñan un papel crucial en la promoción de la inclusión social. Profesores, desempleados y personas sin hogar utilizan los mismos espacios, convirtiendo a las bibliotecas en una pieza clave de la infraestructura democrática de Finlandia.

«Son lugares donde cualquiera puede acceder al conocimiento, conocer a otras personas y participar en el debate público, independientemente de sus ingresos o procedencia», señala Noora Hirvonen, profesora de Estudios de la Información en la Universidad de Oulu. Según la Ley de Bibliotecas finlandesa, las bibliotecas públicas deben promover la democracia, la libertad de expresión y la ciudadanía activa.

La inversión de Finlandia refleja este compromiso: en 2026, el país destinó casi US$430 millones a sus bibliotecas públicas, lo que equivale a US$76 dólares por persona. En comparación, el promedio de gasto en Reino Unido es de US$13,5 dólares por persona y en Estados Unidos de US$45 dólares por persona.

Un impacto personal y comunitario

Para algunos finlandeses, el impacto de las bibliotecas no se mide en estadísticas. Nasima Razmyar, ahora miembro del Parlamento finlandés, llegó de Afganistán como refugiada a los 8 años. Todavía recuerda el momento en que recibió su primer carné de biblioteca: el primer objeto físico que poseyó en Finlandia.

«Cuando firmé y lo recibí, de repente sentí que ese lugar me pertenecía», dice Razmyar. «Esa biblioteca local era un símbolo de igualdad. Todo el sistema de bienestar finlandés en un solo edificio».

Las bibliotecas finlandesas también funcionan como una infraestructura fundamental para la inclusión. «La biblioteca es como un espacio común para todos», afirma Mervi Vaara, gerente de servicios bibliotecarios regionales en Oulu. Un análisis de 38 estudios de todo el mundo reveló que las bibliotecas públicas generan sistemáticamente un mayor valor que su costo, devolviendo entre US$3 y US$5 por cada dólar invertido.

En las evaluaciones anuales realizadas por las autoridades regionales de Finlandia, las bibliotecas encabezan sistemáticamente la lista de los servicios públicos más valorados. «Llegamos prácticamente a todo el mundo, independientemente de su estatus social o cultural», afirma Vänttinen. «Esto es verdadera democracia cotidiana».