Tres semanas después del doble terremoto que sacudió La Guaira el 24 de junio la vida en esta región costera de Venezuela sigue marcada por la devastación y la incertidumbre. Entre los escombros de lo que alguna vez fueron sus hogares, los residentes continúan su búsqueda incansable de seres queridos desaparecidos, enfrentando condiciones extremas y una profunda angustia emocional.
El complejo urbanístico de la Misión Vivienda OPPE 22 en la urbanización Caribe de la parroquia Caraballeda, es uno de los lugares más afectados. Aquí, familias enteras han perdido todo, y la esperanza de encontrar a sus seres queridos se desvanece con cada día que pasa.
Heidy Bandres: Una madre en busca de su hija
Heidy Bandres, una madre migrante de 29 años, llegó a La Guaira pocas horas después del desastre. Su hija Yusneidi Clemente, de 9 años, residía en el piso 6 de la torre A del complejo OPPE 22, uno de los edificios que colapsó. Desde entonces, Heidy no ha dejado de buscar entre los escombros.
«Desde el día que llegué me he quedado aquí para recuperarla. No hay nada más difícil que esperar a mi hija para que me la saquen. Es una angustia, estoy buscando y buscando y nada», señaló Bandres, quien pernocta bajo un toldo rojo junto a otros afectados.
La búsqueda ha sido ardua. Los pisos quedaron compactados, lo que ha dificultado las labores de rescate. Aunque desde la semana pasada (8 de julio) llegó maquinaria para ayudar, los familiares continúan buscando por su cuenta, incluso después del horario de trabajo oficial.
«Ya no se reconocen los cuerpos; uno lo reconoce por el cabello, por la ropa que tengan o por una marca o cicatriz», indicó Heidy, quien cada vez que se recupera un cuerpo debe acercarse para intentar reconocer a su pequeña.
Edwin Aliendre: La desesperación de un padre
En la misma torre, Edwin Aliendre, un padre de 30 años, busca a su hijo Zaid, de 5 años, y a su esposa Maritza Cordero. Desde la tarde del 24 de junio, Edwin ha estado excavando entre los escombros, enfrentando condiciones extremas y una profunda desesperación.
«Hemos trabajado sacando escombros y no ha aparecido nada. Ha estado rudo. Tenemos la colaboración de unas personas que nos están ayudando y así hemos podido descansar un poco», dice Edwin, sentado en un sofá rescatado de los escombros.
El día del terremoto, Edwin trabajaba en una torre residencial en La Candelaria, Caracas. Al sentir el temblor, bajó corriendo por las escaleras y le envió un mensaje de voz a su esposa que jamás llegó. «Yo pensé que no le había llegado porque la señal estaba caída, pero no fue así», recuerda.
Al llegar a La Guaira, se encontró con una escena caótica. «Todo era un caos, los vecinos gritando, todo esto era irreconocible. No se veía casi nada por el polvo y yo solo estaba desesperado buscando a mi bebé y a mi esposa», aseguró.
Edwin relató que al principio no contaban con apoyo oficial y que la ayuda llegó solo por la presión de la comunidad. «Aquí no había máquina; las otras residencias tenían entre dos y tres máquinas, así que un grupo fue y le protestó a un general hasta que mandó la maquinaria. Nos la trajeron como cinco días después del terremoto porque nunca tuvimos ayuda de nada, hemos peleado para que nos pudieran colaborar. De aquí no han sacado a nadie vivo», lamentó.
Angélica López: Vivir con el miedo y la incertidumbre
Angélica López, una residente de la urbanización Caribe, enfrenta otra realidad. Aunque su vivienda no sufrió daños severos, el miedo a los saqueos y la falta de servicios básicos han hecho su vida un desafío diario.
«Primero pasamos el miedo que dejó el terremoto; vimos cómo el edificio de al lado, donde vivían mis queridos vecinos, se desplomó y ellos murieron. Luego se generaron saqueos y ahora tenemos miedo de salir y que nos invadan», agrega Angélica, mientras contempla las ruinas de una edificación en la calle Circunvalación 2 de la parroquia Caraballeda.
A sus 47 años, Angélica padece de diabetes y depende de la aplicación diaria de insulina. Sin energía eléctrica en la zona, vive con el pánico de que el tratamiento pierda la cadena de frío y se dañe. Para evitarlo, recurre a una planta eléctrica que enciende por las noches.
«Ha sido maratónico tener que conservar la insulina fría. No tenemos luz desde el día del terremoto; yo he resuelto con la planta eléctrica», aseguró.
La vecina expone que tampoco cuentan con servicio de agua por tuberías y que, para abastecerse, acude a un edificio cercano para extraerla de un tanque subterráneo. Además, señala que desde hace una semana las ayudas voluntarias son cada vez menos frecuentes.
«Ya nadie baja como antes a traer insumos, ha sido difícil. Esto me recuerda a la película de Mad Max, tenemos que salir a buscar de todo para poder sobrevivir», relata.
Angélica añadió que, según supo por los afectados, los familiares de las personas que fallecieron en el edificio contiguo tuvieron que pagar 1.800 dólares diarios por el uso de maquinaria pesada para remover los escombros, y 500 dólares adicionales por un tractor encargado de recogerlos. «Utilizaron la maquinaria dos días y esa tarifa era diaria», explicó.
En La Guaira, miles de varguenses enfrentan la tercera semana posterior a los terremotos entre las ruinas de lo que fueron sus hogares, debatiéndose entre la resignación, la resiliencia y la esperanza. A pesar de la devastación y la emergencia latente entre los escombros, en parroquias como Maiquetía, Carlos Soublette, La Guaira y parte de Caraballeda comienza a reactivarse el transporte público y los comercios han vuelto a abrir sus santamarías.



