En un movimiento que ha generado gran controversia, el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, ha declarado que su país planea llevar a cabo ataques terrestres contra narcotraficantes en Latinoamérica. Esta estrategia se enmarca dentro de los esfuerzos de una alianza hemisférica liderada por el presidente Donald Trump, que podría ampliarse a cualquier región donde operen grupos del narcotráfico.
Las declaraciones de Hegseth subrayan la seriedad de la advertencia dirigida a los cárteles, abarcando desde el tráfico de cocaína en Colombia hasta la distribución de fentanilo en México. Además, ha insinuado una posible intervención militar en Cuba, advirtiendo a La Habana sobre la disposición de Trump para hacer valer las prerrogativas estratégicas de Estados Unidos.
La resurrección de la Doctrina Monroe
Estas amenazas se producen en un contexto en el que el trumpismo ha abandonado las máscaras que ocultaban el imperialismo estadounidense. Recientemente, el Departamento de Estado publicó un video reivindicando la Doctrina Monroe como un esquema de dominación regional que sigue siendo la piedra angular de la estrategia de Estados Unidos en el hemisferio. El video también retoma las declaraciones de Trump tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, afirmando que la dominación estadounidense en el hemisferio occidental no será cuestionada nuevamente.
La Doctrina Monroe originada en 1823, proclamaba que cualquier intervención europea en los asuntos del hemisferio occidental sería vista como una amenaza a la seguridad de Estados Unidos. Hoy, bajo la administración Trump, esta doctrina parece haber resurgido con un enfoque más agresivo y unilateral.
Críticas y contradicciones
Las amenazas bélicas del jefe del Pentágono han sido calificadas de inadmisibles por su falta de justificación y su propósito imperialista. En el caso de Cuba, ni siquiera se esgrime el pretexto del narcotráfico; en cambio, se habla de un derecho que surge y se hace valer por la fuerza. Sin embargo, este discurso de omnipotencia choca con la humillante derrota que el trumpismo enfrenta en Irán, donde no ha logrado ninguno de los objetivos declarados al inicio de sus ataques ilegales hace ya cinco meses.
América Latina, careciendo de los medios militares para impedir las acciones de Washington, se enfrenta a una situación compleja. La administración republicana debería ser consciente de que emprender una guerra y ganarla son cosas muy distintas. La guerra contra las drogas ha demostrado ser un fracaso durante medio siglo, y las violaciones masivas a los derechos humanos en su nombre han resultado infructuosas. Funcionarios del Pentágono y la DEA han admitido que el asesinato de al menos 221 personas que supuestamente tripulaban embarcaciones cargadas de estupefacientes no ha reducido el flujo de cocaína hacia Estados Unidos.
La paradoja de la opinión pública
En México, por ejemplo, existe una compleja dualidad ciudadana. Mientras el 59.8% de la población adulta considera insegura su ciudad, el 71% rechaza la presencia física de agentes de la DEA en el país. Sin embargo, datos de Cripeso muestran que un 61% de los ciudadanos aprobaría una intervención militar estadounidense contra los cárteles si el gobierno local se ve rebasado.
Esta paradoja refleja la fatiga social frente a la violencia y la urgencia de pacificación, pero también el celo histórico por la soberanía nacional. La presidenta Claudia sheinbaum ha intentado proteger la soberanía formal al limitar las funciones de los agentes extranjeros en México exclusivamente a labores de inteligencia y enlace bajo la Ley de Seguridad Nacional.
Implicaciones geopolíticas y económicas
La guerra de facciones en Sinaloa ha provocado 1,828 víctimas directas de homicidio doloso y pérdidas comerciales que alcanzan los 70,000 millones de pesos. Se han registrado 7,112 denuncias por robo de vehículos, un promedio de 19.2 unidades diarias. Estas cifras subrayan la gravedad de la crisis de seguridad en la región.
Ante este escenario, la clase política estadounidense debería reconsiderar su insostenible despliegue global. El multilateralismo y el déficit fiscal son realidades con las que debe lidiar. Nuevos poderes están dispuestos a plantarle cara, y la negativa a reconocerlo ha puesto a Estados Unidos en una senda de sobrendeudamiento que ya tiene enormes costos y podría descarrilar su economía si continúa la tendencia actual.
En vez de lanzarse a nuevas aventuras bélicas de final incierto, la clase política estadounidense haría bien en tomar nota del fiasco en Irán como señal para redimensionar su imprudencia verbal y abstenerse de cometer disparates trágicos.



