Desde la ocupación israelí iniciada en 1967, el territorio de Cisjordania ha sido escenario de una presencia militar constante, asentamientos en expansión y restricciones que afectan la vida cotidiana de la población palestina. En el barrio de Wadi Al-Samen en las afueras de Hebrón la presión se traduce en puntos de control que aíslan a los residentes y provocan redadas frecuentes. En ese contexto, los niños crecen bajo la sombra de soldados y colonos, experimentando situaciones que, para muchos adultos, resultan incomprensibles.
En, la artista palestina Sarah Abu Madi decidió convertir su propio hogar en un refugio creativo. Con el nombre de Rommana —palabra árabe que significa «granada»— fundó un centro de arte comunitario cuyo objetivo principal es brindar a los menores un lugar seguro donde transformar el dolor en trazo y color. Al principio, el espacio consistía en unas pocas alfombras extendidas sobre el suelo de un viejo almacén; hoy, se ha convertido en una sala iluminada por murales vibrantes que los mismos niños ayudaron a pintar.
El origen de Rommana y su misión en Hebrón
Abu Madi explica que la iniciativa surge de la necesidad de ofrecer a los niños una vía para expresar sus emociones frente a la violencia cotidiana. «Si un colono o un soldado hace algo, les preguntamos: ‘¿Cómo le ha hecho sentir? ¿En qué ha pensado? ¿Cómo le afecta?’» dice la artista, subrayando la importancia de conectar la experiencia vivida con la reflexión interna. El centro funciona como un laboratorio de empatía donde el dibujo se convierte en lenguaje que trasciende la barrera del habla y permite a los menores articular lo que a menudo no pueden verbalizar.
El lenguaje del dibujo como herramienta de sanación
Durante una sesión reciente, a los niños se les solicitó plasmar aquello que más valoran. Talia Sabah de 10 años, dibujó una bandada de pájaros escapando de una jaula y comentó: «Creo que la libertad es lo más importante en la vida». Otro participante, Karam Sabah de 11 años, relató que su abuelo posee tierras en las montañas, pero los colonos han establecido allí un asentamiento y cualquier intento de subir es detenido. Estas ilustraciones no solo revelan el trauma, sino también la resiliencia y el deseo de un futuro sin muros.
Voces infantiles: relatos y símbolos en papel
Los dibujos suelen incluir elementos recurrentes: puertas cerradas, soldados de perfil, casas destrozadas y, a veces, caballos alados que llevan a los niños a un cielo sin límites. Una obra muestra a tres pequeños montados en el lomo de un caballo con alas, simbolizando el anhelo de volar por encima de los seis puestos de control militares que rodean el barrio. Según Abu Madi, «el arte también crea un espacio que les dice: pueden soñar. Pueden imaginar y construir una realidad diferente a la que viven».
Proyección internacional y planes de expansión
El impacto de Rommana ya trasciende las fronteras de la región. Las obras creadas por los niños han sido expuestas en Canadá y una muestra está programada para México, lo que permite que el mundo conozca la realidad de estos pequeños artistas. Actualmente, alrededor de 600 niños asisten al centro de forma regular. El proyecto aspira a ampliar su alcance para atender a los 3.000 menores que viven en el barrio, convirtiendo el espacio en un motor de reconstrucción social y cultural.
En palabras de la fundadora, «el arte brinda una salida, pero también una puerta hacia la esperanza». Con cada trazo, los niños no solo procesan el pasado, sino que también visualizan un horizonte donde la presencia militar sea solo un recuerdo y la libertad sea una constante. Rommana sigue creciendo, demostrando que la creatividad puede ser un potente antídoto contra la violencia y el aislamiento.



