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27 julio 2026

La historia de Daniela Villarroel, la bombera que rescató vidas en La Guaira

Daniela Villarroel, una bombera voluntaria de la Universidad Central de Venezuela, suspendió su trabajo como nutricionista para ayudar en los rescates tras los terremotos en La Guaira.

La historia de Daniela Villarroel, la bombera que rescató vidas en La Guaira

En medio del caos y la destrucción causada por los terremotos que sacudieron el norte de Venezuela hace poco más de un mes, una historia de valentía y humanidad emerge. Daniela Villarroel, una joven de 28 años, dejó su trabajo como nutricionista para unirse a los esfuerzos de rescate en La Guaira, el estado más afectado por los sismos.

Con siete años de experiencia en el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Universidad Central de Venezuela (UCV) Daniela había enfrentado incendios, accidentes y rescates urbanos. Sin embargo, nada la había preparado para el desafío de liberar personas atrapadas bajo edificios desplomados.

Los primeros días en La Guaira

Al llegar a La Guaira, Daniela se encontró con un escenario desolador. «Apenas te veían, los sobrevivientes te tomaban de la mano para llevarte hasta el sitio donde habían quedado sus familiares», recuerda. Las imágenes que encontró eran impactantes: cráneos aplastados por columnas, pies aprisionados, personas aplastadas por la mitad y sangre reciente sin ver a la persona que había quedado atrapada.

Durante 18 días, Daniela y sus compañeros adoptaron una rutina agotadora. Salían del cuartel central a las 8:00 de la mañana, recorrían unos 40 kilómetros en la parte trasera de un camión sin techo y se internaban en las estructuras caídas para ejecutar los rescates. A la medianoche regresaban a la estación de bomberos en Caracas, limpiaban las herramientas y se marchaban a casa, pasadas las 2:00 de la madrugada.

El desafío de ser pequeña y ligera

Medir 1,60 metros y pesar 58 kilos convirtió a Daniela en la candidata perfecta para entrar en los agujeros más estrechos. «Imagínate que estás dentro de un túnel, ahí dentro de ese huequito, y ocurre una réplica y lo primero que escuchas es la gente diciendo: ‘Está temblando otra vez'», describe sobre los primeros días.

En uno de los rescates más impactantes, Daniela ayudó a Gabriel, un hombre de 22 años que respiraba gracias a un «colchón de aire» creado por los cuerpos de su padre, su madre y su esposa embarazada. «Bajé como unos seis metros por un túnel de un metro de diámetro. Tenía que entrar como si fuese un gusanito», relata.

Cuando alcanzó a Gabriel, descubrió que estaba boca abajo y solo le veía los pies, el abdomen y la cabeza. Al preguntarle si tenía algo en los bolsillos, Gabriel respondió que guardaba el reloj de su padre, el collar de su madre y el anillo de casada de su esposa. «Por favor, no me los botes, cuídalo mucho, porque eso es lo único que me voy a llevar de ellos», le dijo Gabriel antes de ser rescatado.

El rescate más largo y las secuelas emocionales

El rescate más largo en el que participó Daniela se prolongó durante 8 horas. La sobreviviente era la tía de un colega bombero, aprisionada en el segundo piso de un edificio que se vino abajo casi por completo. «Los cuatro primeros pisos de ese edificio quedaron como panquecas y la señora estaba aprisionada en el piso 2», cuenta Daniela.

Las ruinas eran tan inestables que se organizaron por parejas para trabajar en bloques de 20 minutos y despejar el acceso progresivamente. Una vez más, ser pequeña y ligera le dio ventaja para localizar a la tía. «Metí la cabeza y la linterna y pregunté: ‘¿Hay alguien allí? ¿Me escuchan?'», relata.

Después de remover escombros durante largo rato, Daniela logró ver a la tía. «Tenía una bata rosada, estaba sentada en posición fetal y se le veía el glúteo y la parte baja de la espalda», describe. «Ya te vamos a sacar», le decía Daniela mientras se turnaban el esmeril para cortar las patas de la mesa que obstaculizaba la salida de la tía.

Cada noche, Daniela se despojaba de las botas y el uniforme en el jardín de su casa, se sacudía el cabello para sacarse la tierra y se limpiaba la cara. «Ese olor se te pega al uniforme, a tus guantes, a lo que tengas puesto. Tuve que botar ropa, lavar y lavar mi uniforme porque solo tenía uno», confiesa.

«Siento que jamás voy a poder arrancarme ese olor a muerte», dice Daniela, quien no logró llorar hasta tres semanas después del terremoto, en una consulta con su terapeuta. «El sentimiento que me persigue es que pude haber hecho más», asegura con la misma voz firme y serena con la que cuenta todo lo que ha vivido.

Autor

Andrés Rodríguez

Andrés Rodríguez, madrileño de 33 años con aire moderno y relajado, recuerda cubrir las protestas de la Puerta del Sol durante el 15-M desde una bicicleta. Defiende un periodismo cercano que prioriza testimonios vecinales frente a titulares fríos; vive en Malasaña y compagina crónicas con proyectos de audio local.