En el vasto panorama del arte argentino, pocos nombres resuenan con tanta familiaridad como el de Florencio Molina Campos. Sus obras, reconocibles al instante, han decorado hogares y establecimientos en todo el país durante décadas. Sin embargo, más allá de su fama, la historia de este dandy porteño que amaba el campo argentino sigue siendo poco conocida en la Ciudad de Buenos Aires.

Este año, se conmemora el centenario de la exposición que catapultó a Molina Campos a la fama. El 21 de agosto de 1926 no solo celebró su 35 cumpleaños, sino que también marcó el inicio de una carrera artística sin precedentes. En la Sociedad Rural Argentina en Palermo, sus caricaturas de motivos gauchos capturaron la atención del entonces presidente Marcelo Torcuato Alvear quien lo invitó a la Casa Rosada, cambiando su destino para siempre.

El inicio de una carrera artística inesperada

Antes de esa exposición, Molina Campos no se consideraba un artista. Trabajaba como empleado administrativo en la Sociedad Rural y se dedicaba a los negocios de hacienda de su familia. Su nieto, Gonzalo Giménez Molina describe a su abuelo como un hombre mundano y sociable, pero no como un artista. Sin embargo, todo cambió cuando Alvear lo nombró profesor de dibujo en el Colegio Nacional Avellaneda a pesar de no tener formación en artes plásticas.

Esta oportunidad le permitió ganar proyección. Exhibió sus obras en las Galerías Witcomb y en Mar del Plata, pero fue su colaboración con Alpargatas la que lo llevó a la fama nacional. A lo largo de dos décadas, creó 144 diseños para 12 almanaques anuales que se distribuyeron masivamente en el interior del país. Estos almanaques, regalados a los clientes de la empresa, se convirtieron en un fenómeno cultural, con una tirada estimada de 15 millones de ejemplares.

La visión única de Molina Campos

Gonzalo Giménez Molina destaca que su abuelo no era un pintor convencional. Amaba el campo y tenía una profunda memoria lo que se refleja en los detalles de sus obras. Los cuadros hay que mirarlos con lupa, tienen muchos detalles afirma. Molina Campos transmitía valores a través de sus pinturas, mostrando a los paisanos no solo en tareas rurales, sino también en su vida cotidiana, con ropa gastada pero siempre prolija.

Esta atención al detalle y su humanidad lo convirtieron en un referente de los centros tradicionalistas. Sus obras se utilizan incluso hoy para dirimir cuestiones en competencias, ya que su rigor histórico es inigualable. Molina Campos pintaba todo de memoria, sin utilizar modelos vivos, lo que añade un valor único a su legado.

La influencia de su experiencia en el campo

Gonzalo cree que la experiencia de su abuelo en los quebrachales del Chaco santiagueño fue crucial para su visión artística. Antes de eso, Molina Campos conocía el campo desde la perspectiva de un patrón, pero al vivir en un rancho en General Lavalle experimentó la crudeza de la vida rural. Esta experiencia lo llevó a representar de manera más auténtica y humana la vida de los paisanos.

Además de su trabajo artístico, Molina Campos también incursionó en la radio y el cine. En Estados Unidos trabajó con Walt Disney como asesor técnico y creó programas de radio para el habla hispana. Su casa en Moreno se convirtió en un lugar de encuentro para figuras internacionales, donde incluso Disney probó las famosas empanadas de las hermanas de Molina Campos.

Hoy, su legado perdura en lugares como el bar Lavalle en Buenos Aires, donde se puede probar su receta de empanadas, y en el mural de la estación Constitución. Sin embargo, a pesar de su popularidad, sus obras no están exhibidas de manera permanente en museos oficiales. Gonzalo Giménez Molina espera que esto cambie y que su abuelo reciba el reconocimiento que merece.

Florencio Molina Campos fue mucho más que un dibujante de almanaques. Su historia muestra que cualquier chico puede ser artista y que no hay edad para que te toque la varita mágica. Su legado sigue vivo, no solo en sus obras, sino también en la cultura y tradición argentina.