En medio de la devastadora guerra civil de Yemen la ciudad de Taiz se ha convertido en una línea de frente donde confluyen las fuerzas leales al gobierno, respaldadas por Arabia Saudita, y los hutíes apoyados por Irán. La zona conocida como tierra de nadie separa ambos frentes, convirtiéndose en un corredor de constante tensión que afecta a la vida cotidiana de los habitantes.

El trayecto escolar de Rafeef

Todos los días, a las 6:00 a.m., Rafeef, una niña de 10 años y su hermano menor se colocan los uniformes crema y marrón antes de emprender la caminata que los lleva a la escuela situada en lo alto de una montaña. A pesar de su entusiasmo por las matemáticas, el árabe y los estudios islámicos, y el deseo de iniciar clases de inglés el próximo año, cada paso hacia el aula está cargado de temor. «Tengo miedo«, confiesa mientras sube la pendiente, consciente de que del otro lado del valle se encuentran posiciones de francotiradores hutíes.

Una escuela en la línea de fuego

El edificio escolar está enclavado justo al borde del valle sin ley con territorio gubernamental a un lado y las armas de los hutíes al otro. UNICEF estima que 3,2 millones de niños en Yemen no asisten a clases, cifra que se disparó antes incluso de que la intensidad de los combates aumentara el mes pasado. Desde 2014, la violencia ha cobrado la vida o mutilado a miles de menores y ha reclutado a otros a filas armadas. Sin embargo, para Rafeef la escuela sigue siendo su única oportunidad de compartir tiempo con sus amigos y perseguir su sueño de convertirse en médica.

Recuerdos de morteros y la escalada reciente

Hace dos años la familia de Rafeef vivió un ataque de mortero frente a su vivienda, que había llegado a Taiz desde Hodeidah buscando refugio después de la toma de la ciudad costera por los hutíes. Un proyectil atravesó la puerta, rompiendo el brazo de Rafeef y dejando una cicatriz permanente. En los últimos días, los hutíes han cortado una ruta de suministro estratégica que conectaba Taiz con Adén, rodeando la ciudad y generando temores de una nueva toma. Mientras tanto, las fuerzas gubernamentales han recuperado puestos en el estrecho de Bab el-Mandeb y han lanzado una ofensiva para retomar la capital, Saná.

La escuela bajo la mirada del docente

Abdel Raqeeb al-Obaidi, profesor de 45 años en la institución, lleva a los reporteros a la azotea para señalar los campamentos militares hutíes, cuarteles y los puestos de francotiradores que se asoman entre las rocas. Un asesor de seguridad yemení advierte que permanecer allí es arriesgado: «Nos pueden ver y disparar desde aquí». Al-Obaidi, con una sonrisa que oculta la gravedad, recuerda que la escuela ya había sido blanco de disparos. «La situación puede estallar en cualquier momento mientras estamos sentados en clase, durmiendo, en la escuela o en la calle«, afirma, subrayando la normalidad del peligro para la comunidad educativa.

Víctimas infantiles en el hospital Al-Rawdah

En la misma tarde, el hospital Al-Rawdah a pocos minutos en coche de la escuela, recibió noticias de dos niños gravemente heridos por morteros. Ahmed, de 3 años perdió la vida cuando un fragmento de metralla le atravesó el corazón mientras su padre inflaba una rueda en un taller mecánico. La enfermera Ikram Shamsan, con lágrimas, mostró las sandalias manchadas de sangre que llevaba el niño. Otro menor, Amjad, de 11 años quedó con impactos en pulmón y abdomen; se encontraba en cuidados intensivos sin familiares a su lado. Su madre, tras un largo viaje de ocho horas, llegó al amanecer y, al rezar junto a su hijo, colapsó. Los médicos indicaron que su ritmo cardíaco mejoró durante la visita, permitiendo una segunda cirugía, aunque su estado sigue crítico.