El próximo domingo, la selección de Irlanda disputará su primer partido de la Liga de Naciones contra Israel en la ciudad húngara de Debrecen. Un día después, el encuentro de regreso se programó en la localidad serbia de Backa Topola. Ambos compromisos llegan acompañados de una oleada de manifestaciones impulsadas por el colectivo Irish Sport for Palestine que ha solicitado un boicot total al enfrentamiento por considerar que cualquier interacción legitima la política israelí en Gaza.

Presión política y reclamos de boicot

Más de 160 deportistas firmaron una carta en la que describen la ausencia de Irlanda como “el acto más deportivo posible”. En dicho documento, se subraya la necesidad de que la camiseta irlandesa represente una nación con «raíces anticolonialistas y resistencia antiimperialista». El técnico heladoísmico, Heimir Hallgrimsson respondió que el equipo no está “jugando con el genocidio, sino contra él”, frase que provocó la furia de la Federación de Fútbol Israelí, que la calificó de “ignorancia e hipocresía”.

Esta disputa no es aislada. En 2024, la federación irlandesa había votado para excluir a Israel de competiciones de la UEFA en represalia por la ofensiva militar en la Franja de Gaza. Sin embargo, en julio pasado decidió volver a la Liga de Naciones, aceptando la condición de trasladar los partidos a sedes neutrales por “desafíos operativos”.

Decisiones de sede y seguridad

El FAI (Federación Irlandesa de Fútbol) justificó el cambio de ubicación señalando que organizar el encuentro en Dublín habría supuesto un riesgo logístico y de seguridad insuperable. De manera similar, la selección belga, en la edición anterior, optó por jugar fuera de su territorio por temores similares. Ambos partidos se disputarán a puerta cerrada, con pantallas LED que únicamente mostrarán mensajes de respeto y sin cenas oficiales entre dirigentes.

Las autoridades israelíes, por su parte, estudian presentar una queja formal ante la UEFA por la posible falta de intercambio de camisetas y la ausencia de un apretón de manos entre entrenadores. En el encuentro de febrero de 2024 entre las selecciones femeninas, la delegación irlandesa ya había evitado el saludo y el himno, lo que añade un precedente de hostilidad deportiva.

Reacciones de entrenadores y federaciones

Hallgrimsson mantiene su postura, argumentando que no jugar implicaría una sanción de seis puntos a favor de Israel y comprometería la credibilidad de Irlanda como futura anfitriona de la Eurocopa. El director ejecutivo del FAI, David Courell describió los duelos como “un par de partidos excepcionales” y lamentó la imposición de decisiones a nivel nacional, pidiendo que la UEFA tome la iniciativa en futuros sorteos.

En Israel, la asociación oficial denunció en redes sociales que aún no se ha encontrado la cura para la “estupidez, ignorancia y hipocresía” mostrada por Hallgrimsson, y reiteró que el equipo está comprometido a “jugar contra el entrenador que las personifica”. Mientras tanto, la comunidad irlandesa sigue dividida: figuras como el agente Fintan Drury exigen un boicot total, mientras que otros temen la pérdida económica de más de 5,5 millones de euros y posibles sanciones de la UEFA.

En conjunto, el caso Irlanda-Israel ilustra cómo el fútbol internacional se ha convertido en un espejo de los conflictos geopolíticos contemporáneos, obligando a federaciones, jugadores y aficionados a decidir entre la tradición deportiva y la conciencia política.