En un resultado que ha dejado al país en vilo, Keiko Fujimori ha sido declarada ganadora de las elecciones presidenciales en Perú, con un estrecho margen de 50.135% frente al 49.865% de su rival, Roberto Sánchez. Esta victoria, lograda en su cuarto intento, marca el regreso de una figura política que ha generado tanto esperanza como controversia.
La Casa de Pizarro verá a Keiko Fujimori asumir el cargo en un contexto de profunda división y crisis institucional. Su victoria no solo representa la continuidad de un legado político, sino también el retorno de un modelo que ha sido ampliamente criticado por su impacto en la sociedad peruana.
Un legado de controversia y poder
Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori ha construido su carrera política bajo la sombra de un legado marcado por la controversia. Durante la década de 1990-2000 su padre implementó un modelo neoliberal que, aunque generó crecimiento económico, también estuvo acompañado de graves violaciones de derechos humanos y corrupción a gran escala.
La esterilización forzada de más de 270 mil mujeres en su mayoría indígenas y campesinas, es uno de los capítulos más oscuros de ese período. Keiko, quien fue primera dama durante ese tiempo, ha defendido constantemente a su padre, calificándolo como el mejor presidente en la historia de Perú.
La estrategia política de Keiko Fujimori
Más allá de su relación con su padre, Keiko Fujimori ha demostrado una notable habilidad para manejar los hilos del poder. Tras la caída de su padre, tomó el control del partido político familiar y construyó una red de alianzas y complicidades que le han permitido mantenerse en la escena política.
En 2016 durante el escándalo internacional Lava Jato fue procesada y encarcelada por el caso Cocteles. Sin embargo, utilizando su mayoría en el Congreso logró llenar la judicatura de jueces afines que anularon todos los juicios en su contra. Este episodio es un claro ejemplo de su capacidad para manipular el sistema judicial en su beneficio.
Inestabilidad política y el futuro de Perú
La victoria de Keiko Fujimori se produce en un contexto de inestabilidad política crónica. Desde 2011 Perú ha visto una sucesión de presidentes débiles y destituidos, en un ciclo que ha sido descrito como una dictadura parlamentaria.
Con 41 de los 44 diputados necesarios para bloquear cualquier intento de destitución, Keiko Fujimori podría ser la primera presidenta en completar su mandato desde Ollanta Humala (2011-2016). Sin embargo, su llegada al poder también plantea el riesgo de un autoritarismo unipersonal no visto desde el primer fujimorato.
El modelo neoliberal impulsado por su padre en la Constitución de 1993 será un pilar de su administración. Este modelo, aunque ha generado crecimiento económico en el papel, no ha logrado traducirse en un bienestar social generalizado. La desigualdad y la pobreza siguen siendo problemas graves en Perú, y el fujimorismo es ampliamente rechazado en las zonas rurales.
Más allá de las fronteras de Perú, el regreso de la dinastía Fujimori confirma una tendencia preocupante en América Latina. La región está experimentando un ciclo en el que el populismo punitivo, la glorificación de la violencia de Estado y la demonización de la solidaridad están ganando terreno en sociedades exhaustas por la inseguridad y la exclusión.



