El aumento de la esperanza de vida plantea un reto más profundo que simplemente vivir más años: lograr que esos años mantengan una calidad mental adecuada. Camila Sánchez Salinas psicóloga especializada en neuropsicología clínica, señala que el envejecimiento cerebral implica transformaciones estructurales, funcionales y neuroquímicas que deben entenderse para prevenir el deterioro cognitivo.

Transformaciones del cerebro y compensación neuronal

Con el paso de los años, el tejido cerebral tiende a encogerse y a perder algunas conexiones sinápticas. La reducción afecta al hipocampo zona esencial para el aprendizaje y la incorporación de información nueva, lo que frecuentemente se traduce en olvidos ligeros. No obstante, el órgano no queda inactivo: se activan estrategias de compensación neuronal es decir, circuitos alternativos que permiten mantener el rendimiento en ciertas áreas.

Así, mientras la inteligencia fluida (capacidad para resolver problemas novedosos) y la velocidad de procesamiento tienden a decaer, la inteligencia cristalizada la memoria implícita, el lenguaje y habilidades visoespaciales simples pueden mantenerse estables o incluso mejorar.

Reserva cognitiva: el escudo contra el Alzheimer

Más allá de la edad, la reserva cognitiva funciona como una reserva de recursos que permite al cerebro tolerar mejor los cambios patológicos. Estudios demuestran que años de estudio, trabajos que demanden resolución de problemas, la lectura, el aprendizaje de idiomas y una vida social activa fortalecen esta reserva. Un estilo de vida saludable, que incluya ejercicio regular y una alimentación balanceada, también contribuye a retrasar la aparición de los síntomas del Alzheimer la demencia más frecuente, asociada a la acumulación de proteínas tau y beta-amiloide.

Según la especialista, la aparición de dificultades como olvidar dónde se dejó el control remoto en la heladera o desorientarse en lugares familiares debería motivar una consulta, ya que indican que el deterioro supera el rango de los olvidos triviales.

Eje intestino-cerebro: la nueva frontera en la investigación del Alzheimer

Durante la reciente conferencia de la Fundación Rosa María Vivar, la investigadora María Victoria Moreno-Arribas y el psiconeuroinmunólogo Xavi Cañellas explicaron que la microbiota intestinal y el cerebro dialogan constantemente. La “metrópolis microbiana” del intestino, compuesta por billones de bacterias, virus y hongos, participa en la transformación de nutrientes y en la regulación de la barrera intestinal.

Cuando este ecosistema pierde equilibrio, se liberan citocinas proinflamatorias que pueden atravessar la sangre, debilitar la barrera hematoencefálica y generar inflamación cerebral. Esta inflamación afecta a la microglía –a veces descrita como “las mamás de las neuronas”–, alterando su capacidad de limpiar y proteger el entorno neuronal, lo que favorece la acumulación de beta-amiloide y la formación de ovillos de tau.

Los investigadores del Instituto de Investigación en Ciencias de la Alimentación (CIAL) ya comparan la microbiota de pacientes en etapas tempranas de Alzheimer con la de sus cónyuges, constatando diferencias pese a compartir dieta y entorno. Aunque los resultados son preliminares, insinúan que intervenciones nutricionales y de estilo de vida podrían modular la enfermedad antes de que se consolide.

En síntesis, el envejecimiento cerebral no es una sentencia inevitable. Fortalecer la reserva cognitiva mediante actividades mentales y físicas, y cuidar la microbiota intestinal para evitar inflamaciones sistémicas, representan dos pilares complementarios para preservar la salud mental a lo largo de los años.