El debate sobre las y los llamados «ninis» suele centrarse en la decisión individual: estudiar o trabajar. Sin embargo, un informe de Oxfam México plantea otra narrativa: gran parte de las jóvenes etiquetadas como ninis no están desocupadas por elección, sino porque su tiempo está comprometido por tareas de cuidado y trabajo doméstico no remunerado.
Las cifras son contundentes: entre las mujeres de 15 a 29 años que aparecen fuera del mercado laboral y la educación, el 95% dedica su jornada a labores de cuidado para familiares. Esta realidad obliga a repensar definiciones sociales y políticas públicas que invisibilizan un esfuerzo cotidiano y esencial para la sostenibilidad social y económica del país.
Cómo se distribuye la carga según la edad
La presión del trabajo doméstico no es homogénea: cambia con la edad y las responsabilidades familiares. Las jóvenes de 15 a 19 años constituyen una proporción significativa de cuidadoras; muchas son solteras, sin hijas ni hijos y cuentan con escolaridad secundaria como máximo. En promedio, este segmento destina alrededor de 3.8 horas diarias a tareas domésticas.
Por su parte, las mujeres entre 20 y 29 años representan el grupo más afectado: la presencia de mayores responsabilidades incrementa el tiempo dedicado al cuidado hasta cerca de 6 horas diarias. En términos generales, una joven cuidadora puede invertir entre 5.2 y 7.6 horas cada día en labores no remuneradas, lo que reduce drásticamente sus oportunidades educativas y laborales formales.
Implicaciones para el desarrollo profesional y educativo
El desgaste horario y la falta de opciones de cuidado provocan que muchas jóvenes suspendan o abandonen estudios y empleos potenciales. La etiqueta social de nini oculta esta restricción estructural: no se trata únicamente de falta de voluntad, sino de ausencia de condiciones para compatibilizar responsabilidades familiares con proyectos personales.
El valor económico del trabajo de cuidados
Aunque no recibe salario, el trabajo de cuidado tiene una importancia económica cuantificable. El estudio estima que estas actividades equivalen a aproximadamente 23.9% del Producto Interno Bruto nacional. Para dimensionarlo: esa cifra supera la contribución de sectores tradicionalmente visibles como la industria manufacturera (20.1%) y el sector comercio (18.7%).
Reconocer este aporte es clave para formular políticas que no sólo compensen económicamente, sino que desarrollen infraestructura pública que permita redistribuir responsabilidades y liberar tiempo productivo para las jóvenes.
Una mirada sobre la metodología y la interpretación
La investigación utiliza mediciones que integran horas de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado para estimar su valor agregado. Estas aproximaciones subrayan que, si bien el aporte no se traduce en salario, sí sostiene cadenas de trabajo remunerado y servicios esenciales. Por eso, la invisibilidad del cuidado genera subvaloración y refuerza desigualdades de género.
Desigualdad territorial y factores de exclusión
La carga de cuidados es más intensa en zonas rurales y comunidades indígenas: las jóvenes que viven fuera de áreas urbanas dedican hasta 2.7 horas semanales más a estas labores que sus pares urbanas. El informe relaciona esta brecha con lo que denomina un racismo institucional histórico, manifestado en la falta de servicios básicos, de infraestructura de salud y de apoyo estatal, lo que obliga a las familias a responder de manera interna a necesidades de cuidado.
Esta ausencia de redes públicas y de acceso a servicios incrementa la dependencia de trabajo no remunerado dentro del hogar y perpetúa la exclusión de las mujeres jóvenes de espacios educativos y laborales formales.
Propuestas para revertir la exclusión
Frente a este panorama, Oxfam México plantea la urgencia de una intervención estatal que estructure la protección social. Una de las propuestas centrales es la creación de un Sistema Nacional de Cuidados que coordine servicios y financiamiento para atención de la primera infancia, centros de día para personas mayores y guarderías accesibles.
El objetivo es claro: liberar tiempo para que las jóvenes puedan reanudar estudios y acceder a empleo formal, además de redistribuir y profesionalizar las tareas de cuidado. Estas medidas incluyen la necesidad de diseñar políticas públicas con enfoque de género y financiamiento sostenido que respondan a las realidades urbanas y rurales.
Qué implicaría en la práctica
Insistir en la construcción de infraestructura pública, ampliar horarios escolares, y financiar servicios de cuidado permitiría transformar el papel del trabajo doméstico de una carga invisible a una responsabilidad social compartida. Así, se busca que las jóvenes dejen de ser definidas por lo que no hacen y pasen a ser consideradas con opciones reales para su desarrollo.
En síntesis, reconocer y valorar el trabajo de cuidados es un primer paso para cambiar una etiqueta social inexacta y para diseñar políticas que permitan la igualdad de oportunidades educativas y laborales en México.
