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4 junio 2026

Vivir fuera de Estados Unidos: lecciones contra el excepcionalismo

Una reflexión personal sobre cómo la vida fuera de Estados Unidos y la convivencia en México ayudan a reconocer y corregir el excepcionalismo

Vivir fuera de Estados Unidos: lecciones contra el excepcionalismo

De niño recitaba el juramento de la bandera y escuchaba himnos que celebraban a la nación; así se forma una noción de grandeza. Esa sensación se resume en la palabra excepcionalismo, y para dejarla clara conviene introducirla: excepcionalismo es la creencia de que un país es tan singularmente valioso que queda exento de las normas que rigen a otros. Esa idea moldea percepciones, políticas y actitudes cotidianas. En mi caso, la educación cívica y los rituales escolares sirvieron de terreno fértil para aceptar sin cuestionamientos la narrativa de que mi país era el modelo a seguir. Con el tiempo, la distancia y la experiencia demostrarían lo limitadas que son esas certezas.

Mi padre trabajó como diplomático, lo que me regaló una infancia itinerante que inició el proceso de desmitificación. En escuelas de América del Sur y Asia aprendí himnos, historias y sensibilidades que no coincidían con la versión única que había sido presentada en casa. Sin embargo, incluso esa exposición no bastó para anular por completo la tendencia a pensar que lo propio es superior. Al mudarme a Vancouver al terminar la universidad entendí cuán poco sabía sobre otros países: los canadienses conocían más de la historia y política de mi país que yo de la suya. Años después, un profesor en Guanajuato corrigió con amabilidad mi idea equivocada sobre la Guerra México-Estados Unidos, recordándome que humildad y aprendizaje son imprescindibles.

Por qué surge el excepcionalismo entre las naciones poderosas

Las potencias dominantes suelen mostrar una mezcla de confianza y despreocupación: cuando un Estado goza de ventaja económica y militar, sus ciudadanos tienden a creer que esa posición se explica por méritos exclusivos. Esa actitud produce complacencia y reduce la percepción de riesgo frente al mundo. En contraste, los países con menos poder deben estudiar a los más fuertes para anticipar movimientos y proteger intereses, lo que genera un conocimiento más agudo sobre el vecino influyente. Es útil recordar ejemplos curiosos que ilustran esa mentalidad: el Reino Unido es la única nación que no imprime su nombre en los sellos postales, un dato que muestra cómo la imagen nacional se asume implícitamente cuando se cree que el prestigio basta por sí mismo. Estos comportamientos alimentan el sesgo de superioridad y dificultan la empatía internacional.

Lecciones prácticas de vivir en México

Salud y acceso a servicios

Uno de los aprendizajes más claros al residir en México tiene que ver con la salud. Los costos médicos suelen ser considerablemente más bajos que en Estados Unidos, con precios que frecuentemente rondan la mitad de lo que se paga al otro lado de la frontera por procedimientos comparables. Esa diferencia no solo representa un ahorro: facilita el acceso y reduce la dependencia de seguros complejos. Además, la relación médico-paciente en muchos lugares de México suele ser más cercana, con citas que permiten mayor diálogo y seguimiento. Confrontar estos hechos obliga a cuestionar la idea de que el sistema propio es inherentemente superior y sugiere que hay alternativas válidas que merecen estudio y emulación.

Redes familiares y el fenómeno de las personas sin hogar

La manera en que una sociedad aborda la falta de vivienda también revela prioridades culturales. En México, la presencia de estructuras familiares ampliadas y la práctica de apoyo mutuo suelen reducir la visibilidad de campamentos y personas en la calle, comparado con lo que es frecuente en muchas ciudades de Estados Unidos. Eso no significa que el problema no exista; significa que las soluciones y las causas difieren. Entender esos matices exige observar modelos sociales alternativos y reconocer que distintas sociedades muestran fortalezas en áreas donde otras flaquean.

Otro aspecto notable es el reconocimiento constitucional de derechos indígenas en México, que contrasta con la historia de segregación y negación de derechos en Estados Unidos. La forma en que cada país enfrenta su pasado y regula la convivencia con comunidades originarias ofrece lecciones sobre reparación, identidad y pluralismo. Estos ejemplos concretos señalan que no hay un único camino correcto y que aprender de la experiencia ajena puede enriquecer políticas públicas.

Hacia una postura internacional más humilde

No renuncio al país que me vio nacer: valoro su Constitución, sus parques y aspectos culturales que forman parte de mi identidad. Pero tampoco puedo ignorar lo que he aprendido fuera de sus fronteras. La meta es sencilla en intención: cultivar una actitud de respeto y apertura que permita intercambiar ideas y aprender mutuamente. En términos prácticos, eso implica reconocer el sesgo nacional, aceptar críticas y adaptar soluciones foráneas cuando convengan. A nivel personal, mi objetivo es detectar mis reacciones defensivas, pedir cuentas al orgullo automático y seguir despertando a nuevas realidades. Como dijo el poeta Robert Browning, la ambición humana debe ir más allá del alcance inmediato: esa búsqueda de horizontes mayores alimenta el aprendizaje internacional y la convivencia entre naciones.

Autor

Francesca Pellegrini

Francesca Pellegrini obtuvo documentos sobre la rehabilitación de un barrio romano tras una serie de solicitudes de acceso a expedientes, defendiendo una línea editorial orientada al impacto social. Periodista generalista, guarda en un cajón anotaciones de un viejo archivo de la Vía Apia.