La Guaira, mi ciudad natal, siempre ha sido un lugar de recuerdos felices. Desde mi infancia, los fines de semana en la playa y las Navidades en casa de mi abuela han dejado una huella imborrable. Sin embargo, volver ahora es enfrentarse a una realidad devastadora. Los terremotos de la pasada semana han transformado por completo este lugar que tanto amo.
La magnitud de la destrucción es abrumadora. Cientos de edificios han colapsado, y las cifras de víctimas y desaparecidos son inciertas. El coordinador residente de la ONU en Venezuela, Gianluca Rampolla del Tindaro, ha señalado que se están adquiriendo 10.000 bolsas para cadáveres, una cifra que refleja la gravedad de la situación.
La Guaira de antes y después
Recuerdo los domingos en La Guaira como momentos de tranquilidad y alegría. Después de pasar el día jugando con mis primos, regresábamos a Caracas cansados pero felices. Aquella era una Venezuela diferente, una Guaira que aún conservaba rastros de prosperidad. Sin embargo, la tragedia de Vargas en 1999 y la crisis económica posterior han dejado profundas huellas.
La Guaira que conocí ha sido golpeada una y otra vez. La tragedia de Vargas en 1999 dejó miles de muertos y decenas de miles de desplazados. Mi abuela fue una de las afectadas, y nunca volvimos a pasar Navidad en aquella casa con vista al mar Caribe. La crisis económica y política de la década siguiente ha dejado al país en una situación frágil, y esta nueva tragedia amenaza con profundizarla aún más.
Solidaridad y humor en medio del dolor
Mientras reportaba sobre los terremotos, me encontré con la hija de una vecina de mi abuela. Su humor y ligereza ante la adversidad son un reflejo del carácter de los venezolanos. A pesar del dolor y la pérdida, muchos recurrimos al humor para hablar de lo más duro y salir adelante.
La solidaridad de la gente es abrumadora. Personas de otras regiones del país han viajado para ayudar en las labores de rescate. Grupos se levantan de madrugada en Caracas para cocinar y repartir comida en La Guaira. El Domo José María Vargas se ha convertido en un centro de acopio donde cientos de personas duermen en carpas o sobre colchones. La solidaridad se manifiesta de muchas formas, desde remover escombros hasta llevar café, agua y ropa.
El olor a muerte y los sonidos del silencio
Los Silos, una estructura icónica de La Guaira, ha sido habilitada como una Morgue improvisada. El olor a muerte lo invade todo, y cientos de personas llegan en busca de sus familiares. Los cuerpos yacen sobre la tierra, cubiertos con bolsas de plástico, descomponiéndose rápidamente bajo el sol. Los familiares intentan identificar a las víctimas, pero muchas ya son irreconocibles.
Los sonidos de La Guaira han cambiado. Antes se escuchaban las olas del mar, conversaciones y música. Ahora domina el ruido de la maquinaria, los gritos de quienes buscan a sus familiares y, en muchos momentos, el silencio. Un silencio que es una herramienta para los rescatistas, que se detienen para escuchar señales de vida bajo los escombros. Pero otras veces, el silencio es puro shock.
He recorrido hospitales donde familias buscan desesperadamente a sus seres queridos. También he hablado con sobrevivientes que pasaron horas atrapados y que ahora viven con miedo. Ha habido cientos de réplicas, y muchos aún sienten que el mundo se mueve bajo sus pies.
La Guaira, que siempre fue un escape para los caraqueños, hoy es un lugar marcado por la angustia. Pero la gente sigue diciendo: «Nos levantaremos, como lo hicimos después de la tragedia de Vargas». Yo tenía 9 años entonces. Hoy, viendo el nivel de destrucción, me pregunto cuánto tiempo tomará esta vez levantarse y qué pasará con las miles de personas que ya no tienen hogar.



