El Estados Unidos anunció que el próximo miércoles, 30 de septiembre, retirará las últimas fuerzas que aún permanecen en Irak. La medida cierra un ciclo que comenzó con la invasión de 2003, que derrocó a Saddam Hussein, y que se extendió durante más de dos décadas de insurgencia, violencia sectaria y lucha contra el Estado Islámico.
Acuerdo de 2024 que oficializa la salida
El retiro se concreta tras el pacto suscrito en 2024 entre Washington y Bagdad, cuyo objetivo fue poner fin a la Operación Resolución Inherente la misión encabezada por la coalición liderada por Estados Unidos contra el EI. En el pico de la guerra, en 2007, más de 170.000 soldados estadounidenses estaban desplegados en territorio iraquí; para diciembre de 2023 esa cifra había descendido a unos 2.400 según el Comando Central de Estados Unidos. Desde entonces, la presencia se ha reducido a un pequeño contingente en la región del Kurdistán.
Motivos de seguridad y presión política
Varios analistas coinciden en que la decisión no se basa únicamente en la culminación de la misión contra el EI sino en el creciente riesgo que representa el personal militar en medio de las tensiones con Irán. «Esto tiene que ver con el riesgo, no con EI; esa justificación caducó hace años», señaló H.A. Hellyer investigador del centro británico RUSI. Recientes ataques a instalaciones estadounidenses en el norte de Irak alimentan la percepción de vulnerabilidad.
El exembajador Douglas Silliman quien dirigió la embajada entre 2016 y 2019, recordó que gobiernos iraquíes sucesivos han recibido presiones de facciones proiraníes y de sectores chiítas mayoritarios para que las tropas abandonen el país. «Un par de gobiernos iraquíes, presionados por facciones proiraníes… han estado ejerciendo presión para asegurarse de que esas fuerzas abandonen el país», explicó.
Legado de la presencia estadounidense y futuro incierto
Desde la invasión anunciada por George W. Bush en su discurso televisado el 19 de marzo de 2003, el legado de la intervención ha sido objeto de debate. Safwan Al-Amin investigador del Atlantic Council, lo describe como «una mezcla de todo»: la caída del régimen no cumplió las expectativas de estabilidad ni de prosperidad, y al mismo tiempo abrió la puerta a una mayor influencia iraní. En contraste, Yerevan Saeed de la Iniciativa Global Kurda para la Paz, sostiene que la sustitución del antiguo régimen eliminó una etapa de brutalidad y que, pese a la corrupción, Irak goza ahora de mayor pluralismo político, sobre todo en el Kurdistán.
El exembajador Silliman anticipa que, aunque las tropas se retiren, una relación militar estrecha continuará mediante entrenamiento, planificación y cooperación con el ejército iraquí, el Servicio Antiterrorista y los Peshmerga. Sin embargo, la incertidumbre se centra en las milicias respaldadas por Irán. El primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi, había previsto que para el 30 de septiembre todas esas fuerzas estuvieran bajo control estatal, pero según informes buscan una prórroga hasta finales de 2027. Saeed advierte que esa extensión es poco realista y que su arraigo podría desencadenar conflictos internos.
En el plano regional, la retirada no implica un fin definitivo de la influencia estadounidense. Irak sigue dependiente del comercio petrolero en dólares estadounidenses y de la compra de armas a Estados Unidos. Además, la embajada y el consulado estadounidenses, los más grandes del mundo fuera de la propia capital, permanecerán como puntos críticos de presión diplomática.



