En medio del caos y el polvo, una montaña de concreto y hierro se alza como testigo mudo de la tragedia que azotó La Guaira. Tras el devastador terremoto del miércoles, los rescatistas y familiares de las víctimas trabajan sin descanso para encontrar a los desaparecidos. La esperanza y la frustración se entrelazan en esta lucha contra el tiempo y las circunstancias.
El conjunto residencial Caribe, ubicado en la parroquia Caraballeda, es uno de los lugares más afectados. Tres familias trabajan incansablemente para abrir huecos entre los escombros y sacar a sus seres queridos. La desesperación es palpable, y la rabia comienza a crecer ante la falta de apoyo de las autoridades.
La búsqueda de señales de vida
En las Residencias Mariola y Maribel, frente a la playa de El Yate, los rescatistas creen haber escuchado una voz bajo los escombros. La noticia se propaga rápidamente, y la esperanza renace por unos instantes. «Dios mío, gracias», exclama una mujer de unos 60 años, mientras otra pregunta incrédula: «¿De verdad?».
El silencio se convierte en un aliado crucial. Los rescatistas piden a gritos que se detengan los motores, las grúas y los taladros. «¡Por favor, déjennos oír. No hagan ruido! Parece que hay alguien aquí», suplica uno de ellos. Durante diez minutos, el tiempo parece suspenderse. Nadie habla. Nadie respira. «¡Diga algo para escucharlo, por favor. Somos un equipo de rescatistas!», gritan hacia el destinatario desconocido bajo los escombros.
Sin embargo, la esperanza se desvanece rápidamente. Los equipos profesionales declaran falsa alarma, y las caras de los presentes cambian drásticamente. La frustración cede paso a la rabia, especialmente ante la falta de apoyo de las autoridades. «Las autoridades no dicen nada. Pasan, echan una miradita y se van. Como no tienen familiares ahí…», se queja Ronnie Navarro, quien viajó 350 kilómetros desde Puerto La Cruz para ayudar a sacar a su tío de los escombros.
Testimonios de los afectados
Zuly Marín, una bioanalista de 66 años, perdió a su sobrina y a su cuñado en el terremoto. «Ha habido una tardanza en el proceso de rescate. Pienso que si hubieran llegado antes, muchas personas habrían sido salvadas», afirma con voz quebrada. Belkys Valecillo, otra de las afectadas, cuenta que en el edificio de su hermano ya han sacado varios cuerpos sin vida.
«Un experto de El Salvador nos dijo que no se explica cómo hay maquinaria pesada funcionando ahora, cuando tendrían que esperar, por protocolo, ocho, nueve o diez días, que es cuando ya no deberían quedar personas vivas. Apenas han pasado cuatro días», explica Belkys. La desesperación es evidente, y la falta de apoyo oficial solo empeora la situación.
La lucha continua
Al caer la noche, la energía vuelve durante unos instantes. Sobre la pila de escombros donde solía estar el conjunto residencial Caribe, algunas personas comienzan a moverse con rapidez y desesperación. Un joven dice haber escuchado a alguien dentro de los escombros, y la esperanza renace por unos momentos. «¡Agua, agua! Traigan agua para los socorristas», grita alguien entre la multitud.
Sin embargo, la escena se repite una y otra vez. Los profesionales declaran otra falsa alarma, y media hora después, entre los escombros, alguien alcanza a ver algo. Son dos cuerpos inmóviles. La lucha continua, pero el tiempo y las circunstancias parecen estar en contra de los rescatistas y los familiares de las víctimas.



