La campaña agrícola nacional exhibe datos productivos extraordinarios, con estimaciones que colocan la cosecha cercana a 150 millones de toneladas o incluso por encima de ese umbral, un salto cercano al 20% respecto del récord anterior. A pesar de ese volumen, la situación económica que vive el agro es compleja: hay rendimientos por encima del promedio en muchas zonas, pero también parcelas con daños por precipitaciones dispersas que reducen la producción por hectárea. En este contexto, la dinámica de precios, la logística y la estructura de costos determinan si el resultado final se traduce en ganancia real para el productor.
Los cultivos principales muestran comportamientos contrastantes: tras una mala temporada para trigo y cebada en algunas regiones, el maíz temprano ya está fluyendo hacia acopios y puertos, mientras que el girasol cerraría con aproximadamente 6,5 millones de toneladas, según el Panorama Agrícola Semanal de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires. La soja avanza en cosecha con altos promedios por hectárea, próximos a 40 quintales/ha en amplias franjas del país. Sin embargo, todavía resta buena parte de la recolección de siembras tardías, que podría aportar cerca de 65 millones de toneladas adicionales.
Producción y panorama por cultivos
El volumen agregado impulsa las liquidaciones de divisas y mejora indicadores macro, pero no uniforma la situación a campo. El maíz figura nuevamente como el cultivo más voluminoso y ha generado ingresos por las ventas al exterior, mientras que la soja y el girasol aportan rindes que, en muchas zonas, superan los promedios históricos. No obstante, hay áreas con baja productividad por falta de lluvias en momentos críticos; esas heterogeneidades explican por qué la foto global de toneladas no necesariamente es sinónimo de mejoras en la caja de cada productor.
Estado de la molienda y abastecimiento interno
La industria harinera enfrenta un problema opuesto: pese a una campaña de trigo récord —con cerca de 27,9 millones de toneladas en un ciclo— la molienda no mostró un salto proporcional. En los primeros cuatro meses del ciclo comercial hubo alrededor de 1.963.746 toneladas procesadas, apenas un 1% más que el año anterior, y los datos de comercialización señalan que el exportador adquirió mucho más cereal que la molinería. Esto genera preocupación por el abastecimiento interno y por la calidad panadera, que escasea en la cosecha.
Presión sobre la rentabilidad y el ánimo productor
Consultoras y relevamientos como el Ag Barometer Austral muestran una caída en la confianza de los productores, vinculada sobre todo al aumento de los costos de los insumos y al efecto del conflicto en Medio Oriente sobre los precios del petróleo y los fertilizantes. El índice reflejó retrocesos en condiciones presentes y expectativas de inversión: aunque persiste la intención de invertir, la concreción se reduce por la incertidumbre de costos y márgenes. Así, la gestión de riesgos y la preservación de caja vuelven a cobrar centralidad.
Impacto de costos, logística y tipo de cambio
La combinación de variables que presionan la rentabilidad incluye el alza del precio del gasoil, la suba de fertilizantes y problemas logísticos —incluidos reclamos de transportistas— que encarecen la cadena. Además, la apreciación cambiaria y el ruido político agregan tensión. Los consultores señalan que hoy conviven “grandes números” a nivel sectorial con la realidad operativa de empresas que ven márgenes cada vez más ajustados o negativos.
Propuestas políticas y efectos fiscales
Ante este cuadro, organizaciones como Coninagro solicitan medidas puntuales, entre ellas la eliminación de los DEX (Derechos de Exportación) para el trigo, que hoy tienen una alícuota del 7,5%. Con un precio FOB proyectado de 240 US$/tn, las retenciones implicarían unos 18 US$/tn. Sobre un rendimiento medio de 40 qq/ha, eso equivaldría a un beneficio directo estimado en 72 US$/ha para el productor, que ayudaría a compensar parte del aumento de costos. Desde el Estado, la eliminación temporal de los DEX para la campaña 2026/27 se estima con una renuncia fiscal aproximada de US$ 232 millones, según la propia entidad; para lo que resta de la campaña actual, el impacto estimado sería de US$ 93,6 millones por ventas aún por declarar.
Concluye el debate en que esta oportunidad la proponen no como un gasto sino como una inversión para asegurar la siembra y mantener exportaciones superiores a los US$ 3.000 millones en la próxima campaña, en un escenario global de costos energéticos y alimentarios volátiles. En definitiva, la tensión entre volumen y rentabilidad seguirá marcando la agenda del agro: la magnitud de la cosecha ofrece recursos y expectativas, pero la conversión de toneladas en resultados económicos sostenibles depende de decisiones de política, estrategia empresarial y gestión de riesgos en cada eslabón.
