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4 junio 2026

Nuestra Tierra: un documental que interpela la percepción y la justicia

Nuestra Tierra desarma certezas y convierte el registro judicial y el archivo en una experiencia sensorial que reivindica la voz de Chuschagasta

La directora Lucrecia Martel se instala por primera vez en el terreno del documental con Nuestra Tierra, un filme que no busca consolar al espectador sino poner en crisis las formas habituales de entender los hechos. A partir del crimen de Javier Chocobar, miembro de la comunidad Chuschagasta en la provincia de Tucumán, la película construye un tejido de materiales que obliga a repensar la noción de verdad. El relato se sostiene tanto en registros judiciales como en elementos sonoros y visuales que se niegan a ser meras pruebas; funcionan en cambio como instrumentos que interrogán nuestra mirada.

El planteo de Martel parte de una investigación de largo aliento: más de 14 años armando un archivo que nació tras un hallazgo casual durante el rodaje de una película de ficción anterior. Ese proceso acumulativo convierte a la obra en una puesta en tensión donde el archivo deja de prometer transparencia para ofrecer zonas de duda y conflicto. En la pantalla aparecen no sólo los hechos —el asesinato a tiros de Chocobar, de 68 años, y las heridas a dos miembros de su comunidad durante un intento de desalojo— sino preguntas sobre quién narra, desde qué lugar y con qué certeza.

Un filme que hace tambalear certezas

Lejos de la reconstrucción clásica, Nuestra Tierra propone una experiencia que desafía la confianza inmediata en los documentos. Martel privilegia el uso del sonido como pensamiento y las imágenes como cuestionamiento, no como evidencia incuestionable. Esa estrategia formal coloca al público en un lugar incómodo pero fecundo: la sala deja de ser un espacio de consumo pasivo y se convierte en un campo donde la percepción es disputada. El efecto pretendido es que, frente a la tensión entre relato judicial y memoria comunitaria, nazcan dudas que obliguen a la reflexión crítica.

Archivo, forma y fricción

La película arma su estructura a partir de documentos judiciales, testimonios y piezas encontradas en el terreno; esos elementos no se ensamblan para cerrar una versión única, sino para crear fricción. El uso del montaje y de recursos sonoros busca derribar la ilusión de transparencia que muchas veces carga el archivo. Así, lo que la filmografía de Martel propone es menos un veredicto que una problemática: mostrar cómo las instituciones y la historia pueden silenciar voces, y cómo el cine puede devolverles legitimidad política y humana.

Un caso local con resonancia regional

Si bien el centro de la narración es el valle de Choromoros y la comunidad del norte argentino, la película tiene un alcance que excede lo regional. Nuestra Tierra sitúa el episodio en el marco más amplio de la larga historia de avasallamiento de pueblos indígenas en Argentina y en América Latina, señalando la persistencia del despojo territorial y la violencia estatal o privada. La filmación, sensible con el paisaje y la presencia humana, rinde homenaje a comunidades cuya existencia ha sido sistemáticamente amenazada y mal representada.

Reconocimiento y circulación

El film, coproducido por Argentina, Estados Unidos, México, Francia, Países Bajos y Dinamarca, también tuvo eco en festivales internacionales: Nuestra Tierra obtuvo el premio a mejor película en el BFI London Film Festival 2026. Ese reconocimiento articula la capacidad de la obra para dialogar fuera de su contexto local sin ceder a la exigencia de una supuesta universalidad impuesta. La película mantiene su especificidad histórica y cultural mientras propone preguntas de alcance global sobre justicia, memoria y representación.

El cine como herramienta de percepción y acción

Martel insiste en una idea clave: el cine tiene la posibilidad de volver a enseñar a ver la injusticia. En un mundo saturado de imágenes virales y respuestas instantáneas, su apuesta es por la paciencia del espectador, por el susurro nocturno en lugar del grito continuo. La cineasta confía en que las nuevas generaciones y los estudiantes de cine —armados con micrófonos y cámaras cada vez más accesibles— pueden convertir la narración audiovisual en una fuerza capaz de generar cambios. A través de un trabajo que combina ética, archivo y forma, Nuestra Tierra reivindica el valor político del cine y su potencia para restituir voces silenciadas.

En definitiva, la película no busca imponer una lectura acabada sino crear condiciones para que la audiencia observe con otros ojos. Ese gesto, según Martel, es el corazón del oficio cinematográfico: no sustituir argumentos sino ofrecer marcos perceptivos donde lo invisible vuelva a ser visible, y donde la historia de Chocobar y Chuschagasta se convierta en un llamado a revisar nuestras certezas sobre tierra, poder y justicia.

Autor

Emanuele Negri

Emanuele Negri, exarquitecto de Turín, documentó la recuperación de un patio en la Barriera di Milano y decidió pasarse a la comunicación editorial: en la redacción promueve proyectos de regeneración urbana y firma dossiers sobre materiales sostenibles. Conserva un croquis original del primer proyecto profesional.