En el corazón de China, una revolución silenciosa está transformando la industria y el futuro del trabajo. Con una inversión de US$20.000 millones el país asiático está posicionándose a la vanguardia de la inteligencia artificial (IA) y la robótica en una competencia directa con Estados Unidos.
El Instituto Técnico de Hangzhou es uno de los centros clave en esta transformación. Aquí, Chen Tianyu un joven de 28 años, enseña a la próxima generación de ingenieros en tecnología. Frente a él, 30 estudiantes universitarios se sumergen en el mundo de la programación, aprendiendo a controlar robots industriales. «La idea es que tome esa pieza cilíndrica y la traslade hasta allí», indica uno de los estudiantes mientras teclea frenéticamente.
La evidencia de la transformación
El campus del Instituto Técnico de Hangzhou, ubicado en las afueras de esta antigua capital imperial, es un ejemplo de cómo China está construyendo su futuro tecnológico. En todo el país, más de dos millones de robots trabajan en fábricas, más que en cualquier otro lugar del mundo. Esta apuesta por la automatización no solo está cambiando la industria china, sino que también está teniendo un impacto global, ya que más de la mitad de los robots industriales del mundo se fabrican en China.
En una fábrica de la ciudad de Chengdu lo viejo y lo nuevo trabajan codo con codo. Una línea de ensamblaje compuesta por 30 hombres y mujeres de mediana edad trabaja junto a cuatro jóvenes ingenieros que desarrollan prototipos de robots. Pang Kai de 31 años, es parte del equipo de investigación y desarrollo de CRP Technology una empresa que fabrica brazos robóticos capaces de realizar diversas tareas industriales.
El futuro de los trabajadores chinos
La disminución de la población y el envejecimiento de la fuerza laboral son algunas de las razones por las que Pekín tiene prisa por revolucionar sus fábricas. Según estimaciones oficiales, para 2035 más de un tercio de la población china tendrá más de 60 años. Además, se espera que el país pierda cerca de 60 millones de habitantes durante la próxima década. La esperanza es que el aumento de la automatización cubra este déficit laboral antes de que afecte gravemente a una economía que ya muestra signos de desaceleración.
Sin embargo, la velocidad de la transición es crucial. Aproximadamente 120 millones de personas siguen trabajando en el sector manufacturero. Si China avanza demasiado rápido, la pérdida de empleos podría asestar un golpe catastrófico a millones de personas que dependen de los salarios de las fábricas. «En teoría, las máquinas pueden trabajar las 24 horas del día, lo que sin duda supone una ventaja frente a los trabajadores humanos. Pero también requieren mantenimiento», explica Cao Li vicepresidente del fabricante de vehículos eléctricos Leapmotor.
La ventaja china
China tiene una ventaja significativa sobre Estados Unidos gracias a su enorme base manufacturera. Motores, baterías, componentes electrónicos, engranajes y sensores: todo lo necesario para construir el cuerpo de un robot está al alcance de la mano. «China también tiene una idea. Tiene un plan. Sabe dónde quiere estar dentro de cinco años. Planifican a nivel central, pero desglosan los objetivos hasta las regiones y municipios», explica la doctora Susanne Bieller secretaria general de la Federación Internacional de Robótica.
Aunque China es muy buena construyendo el «cuerpo» de los robots, Estados Unidos sigue liderando la creación del «cerebro», lo que incluye el desarrollo de la inteligencia artificial que los programa. Aún así, empresas chinas como DeepSeek y Moonshot han presentado nuevos modelos de IA que, según afirman, pueden competir con los mejores desarrollados en Estados Unidos.
La innovación china está impulsando las fábricas del país más rápido de lo previsto. En el Instituto Técnico de Hangzhou, los jóvenes pueden comenzar su formación desde los 15 años. La magnitud de lo que allí se enseña puede resultar asombrosa. Hay un edificio entero dedicado a motores y aeronáutica, así como una planta restringida para estudiantes que trabajarán en mantener a China a la cabeza del procesamiento de tierras raras, otro recurso estratégico clave en la competencia con Washington.
«Nuestros estudiantes tienen una gran demanda y las empresas incluso los reservan antes de que terminen sus estudios. No necesitan preocuparse en absoluto por encontrar empleo», afirma Chen. «Es mejor encontrar tu lugar dentro de la ola tecnológica. En todo proceso de progreso se producen inevitablemente cambios estructurales, y precisamente en esos cambios se encuentran las futuras oportunidades laborales de los estudiantes».
Sin embargo, China sigue enfrentándose a serios desafíos económicos, desde una crisis inmobiliaria que continúa prolongándose hasta la enorme deuda de los gobiernos locales y un consumo persistentemente débil. No está claro si, ni de qué manera, la revolución que Pekín promueve resolverá estos problemas, y también resulta difícil medir cómo se sienten aquellos cuyos empleos podrían verse amenazados por los cambios venideros. «Mis estudiantes me preguntan qué ocurrirá en el futuro», dice Chen. «Y yo les respondo que no lo sé. La tecnología está cambiando demasiado rápido. Pero no podemos quedarnos quietos ni dormirnos aquí. Tenemos que seguir avanzando para descubrir de qué somos capaces», concluye.



