En medio del caos y la devastación que dejaron los terremotos del 24 de junio en Venezuela una historia de resiliencia y amor familiar emerge en La Guaira. Lorena Laya, una joven de 24 años ha convertido su vida en una misión incansable de búsqueda y rescate, en un esfuerzo por encontrar a su padremadrastra y hermanos entre los escombros del edificio OPP 27.
Desde hace Tres semanas, Lorena ha establecido una rutina agotadora: vigilar las excavadoras que remueven los escombros durante el día y descansar en casa de su abuelo paterno por la noche. Solo regresa a su hogar en Caracas cuando necesita ropa limpia. Su determinación es inquebrantable: «Estamos aquí desde que la máquina se enciende hasta que se apaga«, afirma desde un rincón donde su teléfono recobra señal, lejos del ruido de las máquinas y bajo la sombra de un árbol que suaviza el impacto del sol del Caribe.
Una tragedia que se repite
La historia de Lorena está marcada por una tragedia anterior. Hace 27 años en diciembre de 1999 el deslave de Vargas arrasó con la casa familiar de su madrastra, Nohelia Iriarte en Carmen de Uria. Esta catástrofe causó la muerte de entre 10.000 y 30.000 personas y dejó a 100.000 sin hogar. Los Iriarte vivieron en refugios durante años hasta que el gobierno del expresidente Hugo Chávez les asignó apartamentos de la Gran Misión Vivienda Venezuela.
Nohelia recibió un apartamento en el edificio 27 del complejo de viviendas OPP en la parroquia Caraballeda. Allí vivía con su esposo, Henry Laya y sus hijos, Diego (14) y Giannys (6). El colapso de más de 100 edificios de la Misión Vivienda en La Guaira ha desencadenado críticas contra el gobierno venezolano y cuestionamientos sobre la calidad de los materiales usados en la construcción.
La última conversación
La última vez que Lorena habló con su madrastra, Nohelia le contó que planeaban ir al pueblo de Naiguatá para disfrutar de los tambores de San Juan una festividad local que se celebra cada 24 de junio. Sin embargo, los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el norte de Venezuela a las 18:05 hora local, cambiaron todo.
«Al principio, yo no tenía la certeza de que ellos estuvieran en su casa porque me habían dicho que querían ir a los tambores de Naiguatá«, dice Lorena. «Pero cuando llegué aquí y vi que el edificio se había caído, el corazón se me puso chiquitico y sentí la garganta cerrada.»
Una búsqueda desesperada
Al llegar a La Guaira, Lorena emprendió un recorrido por hospitales y morgues para localizar a sus familiares. «Yo estaba buscándolos tanto vivos como muertos«, confiesa. El sábado 27 de junio tres días después de los sismos, fue al Hospital José María Vargas de La Guaira para buscarlos entre los cuerpos que se acumulaban a la intemperie en el estacionamiento.
«Le pregunté a un militar si podía entrar para ver si algún familiar estaba allí«, recuerda Laya. «Con indiferencia me dijo que sí, me dio unos guantes y me dijo que me diera prisa porque en 20 minutos se los iban a llevar.»
Por primera vez en su vida, Lorena vio cuerpos apilados. Asegura que la mayoría estaban apenas cubiertos con las sábanas o las toallas que habían usado los sobrevivientes o los rescatistas para sacarlos de los escombros. «Para mí fue impactante ver los charcos de sangre. Los tenían ahí amontonados, como si no tuvieran historia ni familia, como si no valieran nada«, relata.
Después de visitar otras morgues, se convenció de que sus parientes debían estar bajo los escombros. Comenzó a escarbar en las ruinas de la OPP 27 con sus propias manos. «Buscarlos por mí misma no fue como me lo imaginaba. Es muy difícil, a veces te encuentras un pie o con un pedazo como de vértebra«, confiesa.
La esperanza y el dolor
A medida que pasaban los días, la búsqueda manual se agotaba y Lorena comenzó a preocuparse por la falta de maquinaria para remover las placas de concreto más pesadas. A tres semanas de los sismos, en redes sociales todavía circulan videos en los que sobrevivientes y rescatistas piden excavadoras para avanzar en la recuperación de los cuerpos.
«Las máquinas de aquí son del Estado«, precisa. «Aquí vivía un funcionario de la policía y su hermana, que es militar, logró tener los contactos suficientes como para que trajeran las máquinas.»
Gracias a una de esas excavadoras, Lorena recuperó los restos de su hermana menor y su madrastra el viernes 10 de julio 16 días después de los sismos. «Encontramos pertenencias que siempre estaban en esa estancia. A pesar del estado en el que estaban, todavía sus facciones eran reconocibles«, asegura.
«Mi madrastra tenía un bolso con sus documentos de identificación y mi bebé estaba acostadita en un colchón que sabíamos que era de ella«, dice en referencia a su hermana Giannys. «Quiero hablar de mi hermanita en tiempo presente porque siempre va a ser mi Negrita, aunque ya no esté con nosotros en este plano«, afirma hasta que se le entrecorta la voz por el llanto.
A 23 días de los terremotos, la excavadora oruga que removía escombros en la OPP 27 está paralizada. Aunque ya se pidieron los repuestos para repararla, Lorena Laya asegura que los escombros son tan grandes que sólo maquinaria pesada puede removerlos.
El parte oficial más reciente indica que 4.930 personas murieron en los terremotos de Venezuela, mientras que 16.740 sufrieron heridas y 17.907 perdieron sus viviendas. Naciones Unidas calcula que hay 50.000 desaparecidos.



