El 22 de abril de 2026, en Meoqui, un grupo de alumnas de la Universidad Tecnológica de Camargo presentó un desarrollo que propone dar nueva vida a partes de la calabaza que normalmente se desechan. Lideradas por Narda Rentería y Abigail Barajas, las estudiantes integraron su trabajo en la materia Proyectos Integradores, diseñando una harina de calabaza elaborada con la cáscara y la semilla del fruto. La iniciativa busca, además de crear alimentos, demostrar que el aprovechamiento total de una hortaliza es viable y escalable dentro de contextos locales.
El programa académico permitió que el proyecto se mostrara en la 1ª Feria Agroalimentaria e Innovación, donde se destacó la combinación de investigación práctica y aplicación social. El proceso de elaboración contempla etapas sencillas como la molienda y el secado, y contempla el uso de los residuos finales como alimento para aves, cerrando así un ciclo de aprovechamiento integral. Este enfoque no solo minimiza el desperdicio sino que añade una alternativa nutritiva y accesible para comunidades de la región centro-sur de Chihuahua.
Cómo se elabora la harina
El procedimiento ideado por las estudiantes parte de la recolección de cáscaras y semillas que, en condiciones tradicionales, se descartarían. Tras una etapa de limpieza y secado, los materiales pasan por un proceso de molienda controlada hasta obtener una textura adecuada para mezclas con otros cereales y leguminosas. La harina de calabaza resultante puede usarse como base o complemento en distintas recetas y, por su procedencia, conserva componentes nutritivos propios de la semilla, como grasas saludables y proteína, además de fibra proveniente de la cáscara.
Productos desarrollados y combinaciones culinarias
Con la harina las estudiantes elaboraron una gama de productos: desde panqués y pizza hasta tortillas de maíz y tostadas horneadas. También trabajaron mermeladas y un mazapán con semilla de calabaza que explora texturas y sabores tradicionales. Para reforzar el perfil nutricional, las formulaciones incluyen mezclas con arroz integral, frijol, lenteja y habas, lo que incrementa aportes de proteína, fibra y micronutrientes sin depender únicamente del trigo.
Gama de alimentos
La versatilidad de la harina de calabaza permite adaptarla a productos de panadería y de consumo cotidiano: pan artesanal, tortillas para consumo doméstico, base para pizzas y snacks horneados. En cada caso, las formulaciones son ajustadas para equilibrar textura, sabor y conservación. Este trabajo experimental mostró que la inclusión de cáscara y semilla no solo es viable técnicamente, sino que además aporta una identidad local a los productos al usar una materia prima presente en la agricultura regional.
Beneficios nutricionales
Incorporar semillas y cáscara en una harina tiene implicaciones nutricionales positivas: aumenta la densidad de nutrientes por porción, aporta grasas insaturadas, fibra dietética y compuestos bioactivos propios de la calabaza. Al combinarla con leguminosas como frijol o lenteja, se logra un mejor perfil de aminoácidos y una alternativa más completa frente a harinas refinadas. Estas características convierten la propuesta en una opción atractiva para programas de alimentación y emprendimientos locales.
Impacto potencial y vías de aplicación
Aunque nació como proyecto académico, la idea tiene múltiples rutas de escalamiento: producción local para mercados rurales, creación de microempresas agroalimentarias y su inclusión en campañas de nutrición pública. El uso integral de la calabaza representa un beneficio ambiental al reducir el desperdicio alimentario, y un beneficio económico al generar nuevos productos con valor agregado. Además, fomenta una cultura de economía circular en la que cada fracción del cultivo encuentra un uso productivo.
Las autoras y su unidad académica esperan que la iniciativa inspire a otras instituciones a replicar modelos similares, y que productores y procesadores locales vean la oportunidad de diversificar su oferta. En suma, la harina de calabaza creada por estudiantes de la UTCAM es un ejemplo de cómo la educación técnica puede incubar soluciones prácticas para problemas cotidianos como el desperdicio, creando alternativas nutritivas y sostenibles para la comunidad.