En los últimos meses la ciudad de Columbus, Ohio, y la cárcel del condado de Cook en Chicago se han convertido en focos donde la crisis de opioides muestra sus caras más brutales. A través de relatos de un veterano de 48 años, de líderes comunitarios y de autoridades penitenciarias, se dibuja un panorama donde drogas extremadamente potentes se mezclan con compuestos animalísticos, dejando una estela de muertes y de respuestas improvisadas.

Un día con Mike, consumidor de fentanilo en el barrio Linden

Mike, exmilitar de 48 años, suele pasar sus tardes en un estrecho callejón de Linden, donde coloca unos granos de fentanilo sobre papel de aluminio y los calienta con una llama. Con una pajita entre los labios, inhala el vapor que cuesta entre tres y cuatro dólares la dosis. «Esta droga prácticamente te hará hacer cualquier cosa, por desgracia», advierte mientras se inclina contra una cerca. Tras inhalar, su cuerpo tiembla y su voz se vuelve un gemido bajo, como si tarareara una canción de otro tiempo. Su adicción se remonta a veinte años y se financia trabajando en una casa de empeños y una gasolinera del mismo barrio.

La nueva generación de drogas sintéticas y sus riesgos

El fentanilo es un opioide totalmente sintético, entre 50 y 100 veces más potente que la heroína obtenida de la amapola. En la práctica, los vendedores lo adulteran con xilacina y medetomidina tranquilizantes empleados para grandes animales. Estas sustancias, conocidas como «tranq», prolongan el efecto del fentanilo pero, a diferencia de este, no responden a la naloxona (Narcan). Además, la xilacina puede producir úlceras cutáneas necrotizantes que llegan al hueso, complicando cualquier intento de tratamiento.

Estadísticas de sobredosis y respuestas locales

En el punto álgido de la pandemia, en 2022, 110.000 estadounidenses fallecieron por sobredosis, mayoritariamente por opioides. El año pasado la cifra descendió a 70.000, pero la amenaza persiste. En el condado de Franklin, donde se ubica Columbus, el 78 % de las muertes por sobredosis en los últimos 12 meses involucraron estimulantes como el crack, a menudo mezclado con fentanilo bajo el nombre callejero de «dosis caliente». Scott Sanders, de 65 años, dirige la organización Hope Dealer Community en la iglesia Glenwood. Él y su equipo recolectan muestras de drogas que los usuarios entregan, enviándolas al laboratorio de los CDC para detectar adulterantes. Los resultados de una de esas pruebas confirmaron que el fentanilo de Mike contenía medetomidina.

Innovaciones peligrosas dentro de la cárcel de Chicago

El sheriff Tom Dart, al mando de la mayor cárcel del condado de Cook, describió un fenómeno inesperado en 2023: reclusos introducían drogas impregnadas en hojas de libros y cartas. Al quemar esos papeles en microondas, liberaban vapores de cannabinoides sintéticos (K2) y otras sustancias que provocaron convulsiones fatales. Ese año la institución registró ocho muertes, un salto alarmante frente a su promedio habitual de una o dos al año. Tras la investigación, las autoridades comenzaron a escanear la humedad de todo el correo entrante, rechazando entre una cuarta y una quinta parte de los envíos sospechosos.

Apoyo comunitario y herramientas de detección

En la iglesia Glenwood, los miembros de Hope Dealer Community se reúnen semanalmente para compartir sus experiencias. Tonya, una asistente que perdió a su sobrino por una sobredosis de crack adulterado con fentanilo, relató su tragedia con lágrimas, mientras el público la aplaudía. En la zona de Oak Park, una máquina expendedora entrega naloxona de forma gratuita, y Karen Bell, de 40 años, trabaja en el proyecto Liv4Lali ofreciendo tiras reactivas que detectan fentanilo, xilacina y medetomidina. Bell asegura que, a diferencia de la era de la heroína tradicional, hoy en día «no sabes realmente qué tienes en una bolsa», lo que convierte cada consumo en un riesgo potencialmente letal.