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4 junio 2026

El terremoto de Sept. 19, 1985 y el surgimiento de los damnificados como actor político

El terremoto de Sept. 19, 1985 dejó edificios derrumbados y reveló corrupción; la organización de los damnificados y las brigadas de rescate cambiaron la dinámica política en la capital

La mañana del Sept. 19, 1985 quedó grabada en la memoria colectiva de la Ciudad de México. A las 7:19 a.m. un sismo con una magnitud cercana a 8.1 en la escala Richter sacudió estructuras, hizo rebotar el suelo y provocó un colapso masivo en barrios como Tlatelolco. Vecinos que salieron a la calle —como María Gutiérrez, que acababa de dejar a su hija en la escuela— vieron cómo edificios enteros se desmoronaban y sintieron que la ciudad se quedaba sin servicios básicos: sin electricidad, sin agua y sin comunicaciones.

El fenómeno no fue solo geológico: la duración del temblor, casi tres minutos, y el carácter vertical del movimiento intensificaron el daño. En minutos, más de 370 inmuebles se vinieron abajo, incluidos hospitales, centros de comunicaciones y hoteles; entre las pérdidas humanas figuraron decenas de profesionales de la salud. Estas cifras mostraron de forma brutal la vulnerabilidad de la infraestructura pública y privada ante un sismo de esa envergadura, y socavaron la percepción de que el Estado podía proteger a la población.

Devastación, colapsos y vidas truncadas

Las escenas que emergieron tras el temblor fueron de devastación generalizada: hospitales como el Centro Médico y el hospital de cardiología se derrumbaron, con consecuencias trágicas para decenas de médicos y enfermeras. Además, la ciudad reveló la existencia de fábricas textiles irregulares: pisos que cedieron bajo maquinaria pesada y puertas que impedían la salida de trabajadoras. Se reportaron pérdidas masivas entre las trabajadoras textiles; la magnitud del desastre puso en evidencia tanto fallas técnicas como decisiones humanas previas que incrementaron el número de víctimas.

Fallas estructurales y prácticas corruptas

Al avanzar las labores de rescate surgieron evidencias inquietantes: pilares rellenos de arena, permisos irregulares y construcciones que no cumplían normas sísmicas. Esas prácticas, alimentadas por redes de corrupción entre desarrolladores y autoridades, explicaron por qué edificios públicos y ciertos complejos colapsaron con tanta facilidad. La emergencia destapó negociaciones que habían priorizado beneficios económicos sobre seguridad, y la percepción de impunidad agravó la indignación social frente a la catástrofe.

Respuesta oficial y vacío de liderazgo

La reacción inicial del gobierno federal fue errática. Aunque existían planes sobre el papel para movilizar recursos, en la práctica las fuerzas militares se limitaron a acordonar zonas en lugar de dirigir rescates, bloqueando iniciativas locales de auxilio. Mensajes oficiales que rechazaban ayuda externa contrastaron con la realidad: recursos insuficientes, fallas en la coordinación y declaraciones públicas que subestimaron la magnitud del desastre. Este vacío administrativo amplificó las críticas contra la administración de Miguel de la Madrid y erosionó la confianza ciudadana en las instituciones.

Surgen las brigadas ciudadanas

Ante la inacción estatal, la respuesta vino de la sociedad: se conformaron brigadas de trabajo que cruzaron clases sociales para excavar a mano entre los escombros. Estudiantes, amas de casa, obreros y jóvenes urbanos trabajaron codo a codo; a los voluntarios que se internaban en edificios colapsados se les apodó topos. En Tlatelolco, los damnificados se auto-organizaron: eligieron líderes, coordinadores y exigieron soluciones habitacionales cuando quedó claro que no podrían volver a sus viviendas dañadas.

Movilización política y consecuencias

La organización ciudadana derivó en demandas públicas que culminaron en marchas masivas y en la creación de la Coordinadora Única de Damnificados (CUD), capaz de articular reclamos y negociar. Protestas ante Los Pinos y ocupaciones simbólicas —como la decisión de volver a ciertos edificios en la primera semana de enero de 1986— provocaron cambios en la estrategia gubernamental: dimisiones de funcionarios polémicos y la apertura de mesas de diálogo que priorizaron la reconstrucción en sitio cuando era viable. Ese proceso mostró que la sociedad civil podía forzar rendición de cuentas y alterar proyectos de desarrollo urbano, dejando huella en la memoria política del país.

El terremoto de Sept. 19, 1985 no solo dejó un saldo material y humano enorme, sino que también demostró cómo una catástrofe puede desencadenar organización popular, revelar prácticas corruptas y obligar a revisar políticas públicas. Las brigadas, los damnificados y las nuevas formas de presión ciudadana marcaron un antes y un después en la relación entre sociedad y Estado en la capital, y se convirtieron en una lección sobre la capacidad colectiva de respuesta y la necesidad de institucionalizar la prevención sísmica y la transparencia en la construcción.

Autor

Susanna Riva

Susanna Riva contempla Bolonia desde la ventana del Archivo del Estado, donde una vez pasó una semana consultando legajos sobre las cooperativas de la ciudad: ese documento marcó la decisión editorial de profundizar en las responsabilidades institucionales. Mantiene una línea crítica en la redacción, amante del café largo y del cuaderno siempre lleno.