La aparición del anestesiólogo Alejandro Zalazar y la investigación por consumo de propofol y fentanilo abrió un debate que no es sólo judicial: es sanitario y social. Frente a la noticia, el primer pensamiento de un especialista en toxicología fue la posibilidad de un suicidio autoadministrado, dado el tipo de acceso al medicamento; la vía colocada en el pie puede responder a la búsqueda de un punto fácil para infundir y, simultáneamente, a la intención de ocultar signos en el brazo. Esa primera observación técnica convive con preguntas sobre cómo círculos médicos de alto nivel terminan buscando placer en sustancias diseñadas para el control del dolor.
Las imágenes difundidas y el uso coloquial del término viaje controlado han generado sorpresa. Para quienes trabajan en salud, no es sorprendente el concepto de viaje en otras tradiciones como la ayahuasca, pero sí alarma que profesionales con posgrado y formación accedan a fármacos anestésicos fuera del ámbito terapéutico. Según la mirada del toxicólogo consultado, hay un hilo que conecta desde fiestas electrónicas hasta el consumo cotidiano de psicofármacos en el hogar: la búsqueda de placer en el límite, facilitada por acceso y cultura profesional.
Una práctica con historia y controles
El abuso de agentes como el fentanilo no es una novedad histórica; por eso en hospitales existen protocolos de trazabilidad y descarte de ampollas. Existen relatos de médicos que fallecieron por consumo de opioides y, por eso, asociaciones profesionales han desarrollado departamentos de prevención. El problema se concentra en áreas cerradas y de alta presión — terapia intensiva, neonatología, quirófanos — donde el estrés crónico y el manejo cotidiano de estos fármacos aumentan la tentación y la curiosidad por experimentar. El control administrativo y la custodia de estupefacientes son parte de la respuesta, pero no bastan si no se abordan los factores culturales y laborales que están detrás.
Acceso, omnipotencia profesional y percepción del riesgo
Una explicación clave para entender por qué algunos médicos cruzan límites es la idea de la omnipotencia: el anestesiólogo maneja dosis potentes habitualmente y puede minimizar el peligro porque lo vive como una herramienta de trabajo. Ese razonamiento se parece al del piloto que siente menos riesgo en volar; no siempre hay intención de morir, sino una fantasía de control y de disfrutar sin consecuencias. Esa distorsión lleva a algunas personas a no percibir el riesgo real, a racionalizar el retiro de una ampolla del trabajo o el uso recreativo en un entorno de colegas. No es lo mismo intentar suicidarse que buscar un estado placentero; la línea puede ser peligrosa y oscilar entre ambos.
Mecanismos psicológicos
Desde la perspectiva clínica, el uso recreativo de anestésicos implica factores individuales y grupales: el estrés laboral, el deseo de experimentar sensaciones singulares y la normalización de sustancias como parte del lenguaje profesional. La curiosidad —esa inclinación a probar algo que calma el dolor ajeno— aparece como un detonante. Además, la imagen social del anestesiólogo, entre respeto y envidia por su remuneración y autonomía, puede favorecer conductas que se interpretan como privilegio y las convierten en terreno fértil para la transgresión.
Condiciones de trabajo y respuestas institucionales
Contrario a algunos mitos, la exhaustividad de guardias ha cambiado y hoy muchas especialidades cuentan con guardias partidas y equipos más estructurados; sin embargo, persisten factores de presión. La propuesta no es criminalizar: se pueden implementar programas de prevención y controles aleatorios dentro de una política de salud laboral. Experiencias desarrolladas por FundarTox y otras organizaciones incluyen controles de saliva por muestreo aleatorio para empresas con riesgos operativos; un esquema semejante, comunicado y enmarcado en prevención, podría aplicarse en servicios críticos sin estigmatizar al profesional.
Prevención antes que castigo
Los programas eficaces combinan educación, detección temprana y acompañamiento terapéutico. Es importante que cualquier medida de control venga junto con oferta de tratamiento confidencial y con políticas que reduzcan la exposición al estrés prolongado. La finalidad debe ser mantener la seguridad del paciente y la salud del trabajador, no la sanción automática ni la creación de pánico público frente a casos aislados.
Riesgo de estigmatización y reflexiones finales
El fenómeno noticioso afectó a un número reducido de profesionales; expandir la sospecha a toda una especialidad es injusto y puede dañar la confianza del público. Los anestesiólogos realizan tareas de alta complejidad y, en su mayoría, son profesionales dedicados. El toxicólogo que analiza este episodio también aporta su trayectoria: director de un hospital público, fundador de una organización dedicada a la prevención y autor de investigaciones sobre drogas, su voz busca equilibrar el análisis técnico con una mirada social. La conclusión es que el acceso y la cultura profesional facilitan riesgos, pero la respuesta debe ser integral: controles sensatos, apoyo terapéutico y reconocimiento de que detrás de cada caso hay factores sociales más amplios.