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4 junio 2026

Cómo un colegio de Manuel Alberti impulsa la terminalidad y el trabajo registrado

Un instituto en Manuel Alberti logró tasas de egreso y empleo muy superiores a los promedios nacionales gracias a su proyecto educativo y al apoyo comunitario

Cómo un colegio de Manuel Alberti impulsa la terminalidad y el trabajo registrado

En las afueras de Pilar, el Instituto María Madre Nuestra se erige como un ejemplo de cómo la escuela puede convertirse en motor de movilidad social. Con cerca de 2.000 alumnos repartidos entre inicial, primario, secundario y terciario, la institución exhibe cifras que contrastan con los promedios nacionales: un 75% de egresos en tiempo y forma y altos porcentajes de inserción laboral y continuidad educativa. Ese desempeño no es casualidad: combina doble jornada, acompañamiento familiar, seguimiento individual y una red de docentes y exalumnos que mantienen viva lazos comunitarios en Manuel Alberti.

Historias individuales ilustran ese impacto. Elías, de 21 años, hace casi dos horas de viaje desde las afueras de Pilar hasta Palermo para trabajar en mantenimiento y, al mismo tiempo, cursa el CBC de Medicina en la UBA. Terminó el secundario en 2026 y pudo retomar la carrera porque su empleo actual está en blanco. Celeste, egresada en 2026 y hoy estudiante de licenciatura en Química en la UBA, atribuye a la formación recibida en el instituto la confianza para avanzar en la universidad. Ambos representan los resultados de una propuesta educativa que articula formación académica y salidas laborales concretas.

Una comunidad educativa con raíces históricas

El origen del colegio remonta a una intervención comunitaria en 1956, cuando el padre José Roqueta habilitó vagones de tranvía como espacio para salud y enseñanza en una zona que entonces era campo. Más tarde, en 1986, el padre Tomás Llorente impulsó la apertura del nivel secundario y del terciario para formar futuros docentes. Ese desarrollo físico y simbólico consolidó un polo educativo en tres hectáreas que hoy incluye edificios, espacios verdes, un SUM y una biblioteca siempre concurrida. La continuidad se nota: varios auxiliares y docentes, como el encargado de mantenimiento apodado “Negro” Oscar o el preceptor Darío Torres (graduado en 2004), son exalumnos que volvieron a trabajar en su propio barrio.

Prácticas que sostienen la permanencia

El director, Franco Ricoveri, y la docente de nivel terciario Marcela Pérez atribuyen la alta terminalidad a una combinación de medidas: atención personalizada de orientación, reuniones con familias ante ausencias reiteradas y acciones puntuales como visitas domiciliarias. Durante la pandemia, la institución amplió su rol social: el hogar de uno de los preceptores funcionó como comedor comunitario para garantizar alimentación y contención. Además, la escuela es pionera en ofrecer doble jornada en la zona, lo que permite más tiempo curricular y actividades de apoyo para que los estudiantes lleguen con mayores herramientas al nivel secundario y terciario.

Convenios y oferta con salida laboral

En 2026 la institución firmó un convenio con la Universidad Austral para incorporar una diplomatura en cuidados de adultos mayores, un curso de un año con rápida salida laboral. Ese tipo de alternativas y la oferta de becas facilitan que alumnos como Celeste o Elías complementen ingresos mientras estudian. La escuela también realiza seguimiento posegreso: reporta que alrededor de ocho de cada diez egresados consiguen trabajo formal y que una parte significativa continúa estudios terciarios o universitarios en carreras como veterinaria, psicología, gastronomía, marketing, economía, administración, medicina y profesorados.

Contexto y comparaciones que explican la magnitud del logro

Los resultados del instituto resaltan frente a indicadores nacionales: según Argentinos por la Educación (informe 2026), apenas un 10% de los jóvenes completa el secundario en tiempo y forma a nivel país; la proportion de jóvenes del decil más bajo que acceden a estudios superiores es de dos en diez, y sólo tres de cada 100 jóvenes en hogares muy pobres logran un empleo registrado. Estudios del CIAS y Fundar evidencian que el 42% de jóvenes de 19 a 24 años que viven en villas y asentamientos del AMBA abandonaron la escuela, en la mayoría de los casos por la necesidad de trabajar. Frente a ese panorama, el Instituto María Madre Nuestra funciona como una excepción que demuestra que otro resultado es posible cuando la escuela se integra con la comunidad.

Docentes, exalumnos y financiación

El plantel combina profesionales que trabajan desde hace décadas, como Marcela Pérez, con exalumnos que volvieron a dar clase o a ocuparse de tareas institucionales. La modalidad de gestión es pública de gestión privada: el Estado financia los sueldos docentes mientras que la operativa extra se sostiene con cuotas accesibles, donaciones y padrinazgos. Verónica Zanelli, docente de Química y exalumna, recuerda cómo una beca posibilitó su formación y ahora replica esa oportunidad en su aula para estudiantes que son los primeros universitarios de sus familias.

Un modelo replicable

El caso de Manuel Alberti muestra que factores como acompañamiento, oferta de formación técnica con salida laboral, seguimiento posescolar y tejido comunitario aumentan significativamente las probabilidades de éxito educativo y laboral. Cada testimonio —desde Elías que viaja todos los días hasta Celeste y los docentes que regresaron— contribuye a un relato colectivo: la escuela no solo enseña contenidos, sino que reconstruye expectativas y oportunidades en un territorio con limitaciones económicas y sociales severas.

Autor

Edoardo Marchesi

Edoardo Marchesi, voz de las noticias de Palermo, recuerda la noche en que siguió el cortejo en la via Maqueda y decidió pedir documentos y nombres: desde entonces prefiere las comprobaciones de campo. En la redacción coordina la agenda de emergencias y conserva una colección de mapas antiguos de la ciudad.