El terremoto del 16 de abril de 2016 sacudió la costa ecuatoriana a las 18:58 con una fuerza de 7,8 en la escala de Richter. El epicentro en Manabí, entre Pedernales y Cojimíes, dejó cifras concretas: 673 fallecidos, alrededor de 6.000 heridos y cerca de 30.000 damnificados. Más allá de las estructuras físicas derribadas, la sacudida quebró rutinas y referentes territoriales; en ese vacío surgieron respuestas creativas que no buscaban levantar muros sino tejer comunidad. En ese proceso, el color, el fuego y la cámara se convirtieron en herramientas de reparación.
Colorear las ruinas: arte sobre escombros
En el paisaje devastado, el colectivo Arte Sobre Escombros decidió intervenir directamente donde la ciudad había quedado partida: los restos de casas, escuelas y fachadas. Fundadoras como Sixtina Ureta y artistas como Javier Santa Cruz —conocido como El Zelote— empezaron a pintar al poco tiempo del desastre, usando lo que tenían a mano: pintura rescatada, brochas y la noche como cobertura. Su intención fue simple y potente: transformar la estética del colapso para que la mirada local dejara de asociar ese espacio únicamente con pérdida. El colectivo produjo cerca de 200 murales en la provincia y sumó textos y versos con la colaboración de figuras como Ivo Uquillas, integrando así palabra y color en piezas que siguen presentes en lugares como Bahía de Caráquez.
Intervención y memoria
Las obras funcionaron como marcadores afectivos: pedazos de concreto pintados fueron resguardados por familias, y los muros recuperaron sentido como puntos de encuentro. Esta intervención es un ejemplo de cómo el muralismo comunitario puede operar como herramienta de recuperación emocional y simbólica, no solo estética. Al transformar escombros en lienzos, los artistas alteraron la narrativa pública sobre el desastre y ofrecieron símbolos tangibles para recordar sin caer en la espectacularidad del desastre.
El horno que encendió memorias
En el corazón de la crisis culinaria apareció un recurso ancestral: el horno de leña. Con la electricidad y el gas interrumpidos, comunidades y hogares levantaron fogones en la vía pública; entre ellas, la chef e investigadora Valentina Álvarez recuperó conocimientos transmitidos por su bisabuela y usó el fuego como refugio comunitario. En su lodge, CocoSolo, ubicado cerca del epicentro, el lugar se transformó en punto de acopio y cocina colectiva. La experiencia llevó a Valentina a sistematizar técnicas tradicionales y a abrir una escuela para preservar ese patrimonio culinario, cuyo reconocimiento como patrimonio inmaterial en Ecuador ya existía como contexto de valor cultural.
De la ruina al restaurante
La práctica del horno de leña no quedó circunscrita al cantón; llegó a la capital a través de iniciativas como Montuvia en Cumbayá, donde se cocina todo en un horno de dimensiones monumentales construido con madera recuperada de la casa familiar en Cojimíes. Ese gesto material —reconstruir con elementos rescatados de las ruinas— sintetiza una lógica: transformar pérdida en recurso, memoria en técnica. El fogón fue entonces un espacio de alimentación física y afectiva, un rito colectivo que recuperó tiempos lentos de preparación y cuidado.
El cine como ancla de la historia
La cámara también jugó su papel. El realizador portovejense Javier Andrade, autor de Mejor no hablar de ciertas cosas, regresó días después del sismo y documentó la cotidianeidad fragmentada que dejó el desastre. Su pieza 52 segundos toma a una cámara prestada y la convierte en testigo íntimo: no busca elaborar un registro periodístico exhaustivo, sino conservar imágenes de vida en medio del colapso. El título recuerda el tiempo exacto del movimiento telúrico y la película sitúa su foco en el negocio del padre del director y en la infancia de su sobrina Mila, que tenía tres años una semana después del evento. El documental actúa como ancla para una generación que creció en una geografía transformada.
Cine y transmisión
Más que una crónica, este registro procura ofrecer una referencia visual a quienes, con el paso del tiempo, podrían perder la relación con lo anterior. El documental íntimo se presenta así como una forma de patrimonio audiovisual que complementa los murales y las prácticas culinarias: todos ellos mecanismos para sostener la memoria colectiva cuando la infraestructura física por sí sola no basta. Para quienes vivieron el 16 de abril, recordar implica reconocer que la reconstrucción social pasa por la cultura tanto como por la ingeniería.