En la fachada de un hotel costero puede haber algo más que una postal: en el caso de Tasman, en una habitación apareció un ave que cambió la historia del lugar. Catalina, un búho que anidó en el alféizar, se volvió inesperadamente un reclamo para reservas. Esa anécdota sirve de ejemplo para entender la tensión entre la imagen idílica de la costa —ballenas jorobadas y garzas como únicos vecinos— y las realidades técnicas y humanas de operar un alojamiento en sitios remotos de México.
Detrás de esa postal trabajan operadores como Jaco Luchtan, cofundador y director de hospitalidad de Tasman, y David Leventhal, fundador de Playa Viva. Ambos han lidiado con colapsos financieros, fallos en sistemas de energía solar y periodos sin servicios básicos. A pesar de las dificultades, mantienen su apuesta por un turismo que prioriza la biodiversidad y la comunidad local, convencidos de que la inversión va más allá del balance contable.
Retos prácticos y la dimensión legal
En territorios costeros remotos, servicios que en la ciudad se dan por sentados se convierten en proyectos que hay que diseñar: agua, electricidad y gestión de residuos. Uno de los alojamientos de Tasman no tenía red de agua, así que tuvieron que organizar transporte, tender tuberías y tramitar permisos locales, un proceso lento y costoso. Para el manejo de residuos utilizan biodigestores, sistemas biológicos que requieren de papel higiénico biodegradable: cuando esa provisión se atascó en aduanas los equipos y huéspedes sufrieron las consecuencias. En paralelo, cualquier construcción en la franja federal costera implica trámites con autoridades nacionales —como Semarnat— y conflictos sobre normas poco claras: en la práctica el equipo aprendió que hay que confirmar cada requisito y no asumir reglas de palabra.
Relación con el territorio y comunidades
El caso de Playa Viva ilustra cómo el proyecto nace del lugar: la propiedad se asienta sobre terrazas agrícolas precoloniales, rodeada de manglar y bosque costero intacto. Antes de construir, el equipo documentó especies y plantó árboles durante un año; ese trabajo definió el diseño. Además, colaboran con iniciativas como Resimar, que trabaja la cuenca local para recuperar suelos y agua. Esta conexión evita que el desarrollo desplaze a pobladores y contribuye a que el proyecto sea percibido como restaurador, no extractivo.
Energía, suministros y soluciones creativas
La energía solar suele ser la columna vertebral de los hoteles fuera de la red, pero llegar a una solución estable suele requerir varias iteraciones. Playa Viva instaló paneles en tres etapas hasta lograr una infraestructura con costos operativos desconectados de las variaciones del combustible. Tasman, en cambio, descubrió en campo que las baterías reaccionan distinto en alto calor, lo que provocó un fallo con huéspedes presentes. La lección fue técnica y de comunicación: documentar comportamientos de baterías, diseñar sistemas para el clima local y aplicar la política de transparencia con clientes cuando ocurre un problema.
Cadena de suministro como diseño
Los retos de aprovisionamiento no se resuelven solo con logística; son decisiones de diseño. Hace años, productos orgánicos sin plástico eran casi inexistentes en México, así que Leventhal importaba artículos en sus viajes. Un episodio en una fiesta navideña —piñata con dulces envueltos en plástico— obligó a auditar todo: hoy el hotel evita plásticos, el personal lleva tuppers para comprar en el pueblo y se usan barras de champú sin envase. Lo que parecía un problema logístico se convirtió en política ambiental operativa.
Economía, riesgo y propósito
Contrario a la expectativa del viajero, alojarse en un lugar off-grid no siempre sale más barato. Los costos iniciales de infraestructura, transporte y permisos suelen ser altos, y muchos huéspedes entienden el valor solo tras la estadía. Para Leventhal, el cálculo financiero dejó de obedecer plazos trimestrales: invertir en energía propia redujo la exposición a la volatilidad de combustibles. Además, el enfoque regenerativo intenta internalizar costos que la economía convencional descarga en terceros: como el ejemplo de una marca que ahorra con envases pero externaliza el daño ambiental.
La resiliencia ha sido probada: Playa Viva sobrevivió a una secuencia adversa —la crisis financiera global, la caída del turismo por la gripe porcina que redujo la demanda hasta en un 55–60% en un trimestre y un endurecimiento de seguridad federal— y se adaptó transformando modelos de negocio. La apuesta de ampliar capacidad antes de la recuperación tras la pandemia rindió frutos cuando México recibió 45 millones de turistas internacionales en 2026, un aumento del 7.4% respecto al año anterior. Para Tasman, enfrentar fallos técnicos con honestidad y planificación ha sido la clave para sostener la operación.
Al final, quienes gestionan estos proyectos hablan de un objetivo que va más allá del huésped: formar talento local, regenerar suelos y agua, y mantener paisajes que atraen fauna como las ballenas u observadores casuales como Catalina. La conclusión es que montar y operar un hotel remoto exige paciencia técnica, alianzas con autoridades y comunidades, y una visión que combine negocio y ecología; y, según los protagonistas, todo eso vale la pena cuando el lugar se recupera y la comunidad se enriquece.
