El 14 de mayo de 1942 un buque petrolero mexicano, el Potrero del Llano, navegaba desde Tampico con destino a New York City, cargando 6.132 toneladas de petróleo hacia un mercado norteamericano hambriento por la guerra. Construido en Reino Unido y pasado por manos belgas e italianas, el barco había sido internado en mayo de 1940 y luego expropiado por el gobierno mexicano tras el ataque a Pearl Harbor. Mientras la nave transitaba frente a la costa de Florida, fue seguida por un sumergible alemán y, al amanecer, sufrió un impacto mortal.
El ataque y la dinámica submarina en el Atlántico
La amenaza vino de un U-boot tipo VII, concretamente el U-564, que operaba desde Brest y se había aventurado hasta el Golfo de México, al límite de su autonomía. Estas unidades, con motores eléctricos y tácticas de reabastecimiento mediante U-tankers, podían estirar sus patrullas hasta aguas estadounidenses. En ese contexto, la fase temprana de 1942 se conoció informalmente como el «Happy Time» para la marina alemana: defensas dispersas y objetivos valiosos permitieron hundir cientos de mercantes con relativamente pocas pérdidas propias.
El capitán y la confusión sobre banderas
El comandante al mando del U-564 era Reinhard Suhren, un joven capitán de 26 años conocido por su mezcla de humor y profesionalismo. Al identificar al petrolero, Suhren creyó ver la bandera italiana pintada en la obra viva; esa lectura errónea, junto con la incredulidad de encontrar un barco italiano en esas aguas, lo llevó a atacar. Un torpedo impactó bajo la cabina del capitán y la embarcación se partió en dos. Del hundimiento se recuperaron 22 tripulantes, uno de los cuales falleció después, mientras que el capitán y 12 marineros murieron en la acción.
La respuesta política en México
La noticia llegó a México el mismo 14 de mayo y el presidente Manuel Ávila Camacho reaccionó enviando una carta a Berlín, Tokio y Roma exigiendo reparaciones y garantías de que no volvería a ocurrir algo similar. Con un plazo breve para la respuesta, las autoridades dejaron entrever que la paciencia tenía límites y que, si no se satisfacían las demandas, México adoptaría las medidas que dictara su honor nacional. Aun así, las reacciones internas fueron complejas: la izquierda y los sindicatos presionaban por una postura beligerante en apoyo a los Aliados, mientras que el centro y la derecha temían las implicaciones de permitir presencia militar estadounidense en territorio mexicano.
La apatía y el cálculo político
Entre la población hubo cierto escepticismo: muchos temían que los jóvenes mexicanos se convirtieran en carne de cañón o sospechaban teorías conspirativas sobre el hundimiento. La llegada de los sobrevivientes y de los restos del ingeniero Rodolfo Chacón Castro a la Plaza del Zócalo no reunió la multitud esperada; se hablaba de 15.000 asistentes cuando se aguardaban 100.000. En la élite política las voces moderadas aguardaron la iniciativa presidencial; incluso figuras inicialmente beligerantes se contuvieron a la espera de la dirección de Camacho.
Un segundo ataque y la decisión final
El 20 de mayo de 1942 un nuevo golpe cerró la etapa de dudas: el petrolero Faja de Oro, también expropiado en Tampico y asignado a Petróleos Mexicanos, fue torpedeado por el U-106 frente a Key West. Aunque navegaba vacío, recibió un impacto que lo hundió en unos 20 minutos; diez tripulantes murieron y 27 fueron rescatados. La noticia llegó a México el 21 de mayo, cuando ya había expirado el plazo de respuesta exigido a las potencias del Eje. Ante la ausencia de réplica por parte de Berlín, Roma y Tokio, el gabinete mexicano se reunió de emergencia la noche del 22 de mayo y adoptó una postura decisiva.
Reconocer un estado de guerra
El gobierno no pronunció una declaración clásica de guerra, sino que reconoció que existía un estado de guerra con las potencias del Eje, fórmula que ampliaba sus facultades para confiscar bienes, vigilar comunicaciones y restringir libertades si era necesario, sin comprometerse necesariamente a enviar tropas al extranjero. Esta redacción permitió conciliar sensibilidades internas, incluida la oposición de figuras como el general Lázaro Cárdenas, y facilitó la cooperación con Estados Unidos: llegada de armamento, protección de costas y, más adelante, la participación limitada de aviadores mexicanos en el Pacífico.
En conjunto, los ataques al Potrero del Llano y al Faja de Oro cambiaron la percepción mexicana sobre su neutralidad y obligaron al país a incorporar medidas de seguridad y alineamiento en un conflicto global. Aunque la movilización militar mexicana fue limitada, las consecuencias diplomáticas y simbólicas fueron profundas y marcaron un capítulo clave en la historia de la participación de México durante la segunda guerra Mundial.