En la madurez, escribir no se presenta como una obligación sino como una identidad. Aún después de superar los ochenta años, el impulso de crear permanece cuando subsisten dos herramientas esenciales: la memoria y la imaginación. Ambas funcionan en tensión y en colaboración; como dice una idea famosa, no puedes recordar sin imaginar, ni imaginar sin recordar. A ese binomio sumo la curiosidad, un motor que mantiene la maquinaria creativa en marcha. No es lo mismo renunciar por cansancio que decidir callar cuando se cree haber agotado las propias melodías; conozco colegas que han preferido el silencio, pero mi deseo es continuar mientras esas facultades me acompañen.
Los inicios suelen ser impacientes y desordenados. Al llegar a la universidad, estudiando derecho, formamos una revista literaria y me recuerdo dispuesto a sacar cada palabra con urgencia: aprovechaba tiras de papel de imprenta, buscaba una máquina de escribir ociosa y tecleaba con dos dedos como si el tiempo fuera enemigo. Ese afán por publicar lo antes posible dejaba pocas correcciones y mucha confianza en que el mundo estaba deseando leerme. Con los años aprendí que esa prisa se transforma en otra virtud: la paciencia, madre silenciosa de la obra bien pulida, capaz de exigir tachaduras, reescrituras y la renuncia a lo que suena atractivo pero falso.
La mezcla de memoria, imaginación y curiosidad
La combinación de memoria y imaginación no es mera suma; es una alquimia creativa. Mientras la memoria aporta referentes, voces y hechos, la imaginación reordena, completa y exagera, generando lo que llamamos literatura. Es imprescindible considerar también la curiosidad como una fuerza operativa que empuja a mirar lo cotidiano con atención renovada. Sin esa tríada, la palabra se queda en la anécdota o en la mera crónica. Con ella, la narración adquiere hondura y la capacidad de abrir preguntas. Escribo buscando que el lector se confronte con dudas y perspectivas, no para ofrecer una doctrina cerrada que pretenda alterar la realidad por decreto.
La impaciencia juvenil y la lección de la técnica
La impaciencia inicial enseña, entre otros asuntos, la necesidad de aprender a desechar. Aprendí que el oficio exige repetir el gesto de borrar y volver a comenzar hasta que la pieza alcanza coherencia. Kafka lo formuló con claridad cuando habló del arte de suprimir, y esa máxima se convierte en un recurso práctico: saber cuándo eliminar lo ornamental, lo redundante o lo que suena a cliché. Así, la escritura se afina a través de la crítica propia y de la experiencia acumulada; la práctica constante transforma errores en lecciones y la repetición en criterio.
Paciencia, detector crítico y honestidad ética
Con los años se desarrolla un sentido crítico indispensable: lo que Hemingway llamaba el «bullshit detector», un aparato interno que permite identificar lo impostado. No creo que ese mecanismo nazca perfecto; se pule con fracasos, lecturas y relecturas de textos propios que producen vergüenza y enseñan a eliminar lo falso. La paciencia alimenta ese crecimiento y la autocrítica lo concreta. Saber quitar lo superfluo y evitar la retórica vacía salva a la página del gesto minimalista y la convierte en un espacio de verdad estética. Además, la escritura exige una brújula: la conciencia ética, que orienta la mirada hacia la injusticia y la opresión sin caer en la propaganda fácil.
De la militancia juvenil al lector concreto
En la juventud creíamos que la literatura podía actuar como palanca para cambiar la realidad desde la tribuna. Con el tiempo entendí que la literatura no es el vehículo más eficaz para la propaganda directa: cuando la escritura pretende adoctrinar, suele fracasar. Obras como Dostoievski muestran lo contrario: la injusticia aparece sin adjetivos moralizantes y alcanza la conciencia del lector desde la propia experiencia estética. Por eso, la ambición madura pasa de hablar para multitudes a escribir para un lector concreto, ese individuo que nos mira desde la pantalla o la página y espera ser interpelado, desconfiado y curioso, dispuesto a dudar antes que a aceptar consignas.
Compromiso y final abierto
No me veo retirando la pluma por edad; mi compromiso no es con un partido o una moda, sino con la vida que observo y con principios que heredé en la juventud y que siguen vigentes. Si hay una distinción que trato de mantener es ésta: no soy un escritor que ocasionalmente abraza causas, sino un escritor comprometido que cuenta la vida con una mirada ética. Esa conciencia ética y la aspiración a provocar la duda, más que a convencer, son las brújulas que orientan mi trabajo. Mientras conserve memoria, imaginación y curiosidad, seguiré escribiendo, porque para mí basta con ser escritor.



