Quiénes son la clase alta en México y por qué la brecha sigue creciendo

Caminar por Avenida Masaryk en Polanco explica en pocos pasos la diferencia entre la vida cotidiana de la mayoría y los hábitos del sector más acomodado: tiendas de lujo, concesionarios de autos de alta gama y edificios residenciales con nombres de marcas. Ese paisaje urbano funciona como un espejo de una realidad económica mayor, donde la riqueza y la visibilidad conviven en calles específicas y desarrollos exclusivos. Al mismo tiempo, esta avenida es un punto de partida para analizar cifras, orígenes históricos y patrones de consumo que definen a la clase alta en el país.

Este texto es la última entrega de una serie sobre niveles socioeconómicos en México y concentra la atención en el segmento superior: sus fuentes de ingreso, su distribución geográfica y los datos que muestran cuán pequeña es esta porción de la población. Revisaremos tanto testimonios y observaciones en terreno como estadísticas oficiales y reportes recientes, sin perder de vista que nombres de calles como Masaryk o barrios como Lomas de Chapultepec simbolizan fenómenos económicos más amplios.

Orígenes históricos de la concentración de riqueza

La acumulación de recursos en lo que hoy es México tiene raíces profundas. En épocas prehispánicas las élites se enriquecían mediante tributos y redes comerciales que movían bienes valiosos como jade, cacao o plumas de quetzal; dentro de los mexicas existía la nobleza conocida como pipiltin y los comerciantes comerciales llamados pochteca. Con la conquista y el establecimiento de la colonia, los mecanismos de poder cambiaron: los peninsulares y criollos se beneficiaron de minas, haciendas y del sistema de encomienda, mientras que la acuñación de moneda desde 1536 facilitó la acumulación de capital. El Porfiriato atrajo inversión extranjera y consolidó una élite industrial, y aunque la Revolución llevó a una redistribución parcial de tierras, la bibliografía económica moderna —incluyendo a historiadores como Diego Castañeda Garza y Erik Bengtsson— subraya que la desigualdad rentista y de ingresos ha permanecido elevada desde mediados del siglo XX.

Cómo se define hoy la clase alta

Las estadísticas oficiales ofrecen una aproximación: en 2026 INEGI reportó un ingreso promedio de 77,975 pesos mensuales para hogares catalogados como de clase alta. Sin embargo, observadores sociales y consultores en tendencias consideran que ese umbral queda corto frente al costo de vida actual en zonas como Ciudad de México. Según Gustavo Prado, existe una capa de «clase media alta» formada por quienes perciben al menos 90,000 pesos al mes, y una élite real que, para algunos, supera el millón de pesos mensuales. Aunque esa afirmación se usa con fines ilustrativos —y exagera en parte—, sí refleja un fenómeno constatado: muchos de los más adinerados habitan fuera de México y solo regresan periódicamente; la salida hacia España y Portugal fue calificada por medios como Forbes como una especie de éxodo silencioso de parte de la élite.

Distribución y porcentajes

INEGI también cuantificó en 2026 que apenas unas 430,000 viviendas (1.2% del total nacional) y poco más de 1 millón de personas (0.8% de la población) correspondían a la categoría de clase alta por ingreso. Las entidades con mayor proporción de hogares acomodados fueron Ciudad de México, Nuevo León, Colima, Querétaro y Yucatán; en contraste, estados como Guerrero, Tlaxcala, Hidalgo, Tabasco y Veracruz registraron las proporciones más bajas. Estos números muestran que la desigualdad no solo es de recursos sino también de localización geográfica.

Fuentes de riqueza y estilo de vida

La economía de las familias más adineradas suele ser diversificada: además de salarios elevados, una parte importante de los ingresos proviene del rendimiento de inversiones, alquileres de inmuebles y la transmisión hereditaria de capital. Publicaciones como Proceso han señalado que la renta y los retornos financieros representan una fracción considerable del total. En lo cotidiano, esto se traduce en residencias en colonias exclusivas, matrículas en colegios privados, membresías en clubes deportivos y viajes frecuentes al extranjero; ver tiendas de lujo en Masaryk o domicilios valorados en millones de dólares en Lomas de Chapultepec es parte del paisaje de esa porción de la sociedad.

Subcultura y percepción pública

Dentro del debate social aparece el término whitexicans, usado en columnas y reportajes para describir una subcultura asociada a rasgos estéticos, poder adquisitivo y, a menudo, menor reconocimiento de la desigualdad histórica. Periodistas como Bethany Platanella y Gabriela Solis han abordado cómo la apariencia y la herencia cultural influyen en la percepción de quién pertenece a la élite.

Los nombres más prominentes y las zonas de mayor riqueza

En la cúspide económica del país figuran individuos cuyo patrimonio los coloca entre los más ricos del planeta. Carlos Slim Helú, nacido en 1940, aparece con una fortuna estimada en 125,000 millones de dólares según el listado de Forbes, y otros magnates como Germán Larrea Mota-Velasco y Alejandro Baillères ocupan posiciones destacadas en esa misma lista. El informe de Forbes (publicado el 10 de marzo) enumera esas fortunas y sus orígenes en minería, comercio y conglomerados familiares. En términos residenciales, barrios como Lomas de Chapultepec, Polanco, Del Valle en Monterrey y Puerto de Hierro en Guadalajara concentran inmuebles de alto valor y servicios exclusivos.

Desigualdad alarmante y conclusiones

Las cifras recientes confirman que la concentración es extrema: el reporte de Oxfam México ‘Oligarquía o Democracia’ de febrero de 2026 advierte que el 1% más rico percibe el 35% del ingreso total y posee el 40% de la riqueza privada, mientras que 18.8 millones de mexicanos carecen de acceso a una nutrición adecuada. Pese a que entre 2018 y 2026 más de 13 millones de personas salieron de la pobreza según datos oficiales, Oxfam subraya que la concentración de riqueza se ha arraigado en las últimas tres décadas. Más del 99% de la población no pertenece a la clase alta, y más del 60% se ubica en la categoría de clase baja, lo que evidencia la magnitud del reto para construir una distribución de ingresos más equitativa.

Reconocer estos contrastes no borra el valor de quienes, en distintos estratos, sostienen la vida económica y cultural del país: desde trabajadores informales y maestros hasta artistas y empresarios. Comprender quiénes son y cómo operan los más ricos es esencial para diseñar políticas públicas y debates sociales que busquen reducir la brecha y ampliar oportunidades.