Saltar al contenido
4 junio 2026

Por qué la inflación persiste pese a sus daños

La inflación no solo destruye valor: a veces actúa como un mecanismo que borra deudas y sostiene sectores, lo que ayuda a entender por qué resulta tan difícil erradicarla

Por qué la inflación persiste pese a sus daños

En los últimos meses se ha observado una moderación en la tasa mensual de inflación, pero eso no significa que los dígitos anuales hayan desaparecido. Para entender por qué la inflación perdura conviene separar dos ideas que se confunden con frecuencia: subida de precios y expansión monetaria. Mientras los precios reflejan cuánto cuesta un producto hoy, la inflación es una medida relativa vinculada a la oferta de dinero y al crecimiento de la economía. Esta diferencia ayuda a explicar por qué bienes que en el pasado parecían baratos ahora cuestan muchas veces más, sin que eso implique necesariamente una tasa anual histórica comparable.

En este texto exploraremos cómo la inflación puede funcionar como un alivio temporal para deudas y sectores dañados, por qué esa misma función alimenta su persistencia y cuáles son los costes sociales que hace inaceptable tolerarla. Usaremos ejemplos históricos y contemporáneos para ilustrar los mecanismos en juego.

Confundir precios con el fenómeno monetario

La memoria popular suele comparar precios de épocas distintas sin recordar que la economía global produce y distribuye muchas veces más riqueza que antes. Así, una prenda o una comida barata en otra era no prueba que la inflación haya sido siempre baja; lo que cambia es la relación entre los bienes y la cantidad de dinero en circulación. Cuando hablamos de inflación en sentido técnico nos referimos a la pérdida de poder adquisitivo del dinero y a la evolución de la masa monetaria respecto al producto. Esa distinción es crucial para comprender por qué subir la cantidad de dinero puede aumentar precios sin que haya necesariamente una relación lineal con el bienestar real.

Lecciones de la historia: beneficios temporales y efectos colaterales

Alemania en 1923: deuda, dinero y un respiro efímero

La hiperinflación alemana de 1923 suele presentarse como la raíz de todos los males políticos posteriores, pero el vínculo directo con eventos como el ascenso nazi es más complejo. En 1923 el valor del marco se erosionó con tal rapidez que los pasivos estatales y privados quedaron virtualmente reducidos, lo que permitió a muchas firmas y al propio Estado liberarse de cargas impagables. El gobierno de entonces utilizó esa dinámica como una forma de cumplimiento de obligaciones internacionales derivadas del Tratado de Versalles (1919), imprimiendo moneda para afrontar pagos y, de paso, desinflar la deuda real. Más tarde, la introducción del Rentenmark restableció estabilidad monetaria tras ese periodo de convulsión.

Argentina reciente: amortiguar pasivos a costa del ahorro

En el último medio siglo en Argentina la inflación actuó en ocasiones como un mecanismo de protección para empresas no competitivas y como una herramienta que erosionó pasivos. Un ejemplo contemporáneo muestra cómo en el primer año del gobierno de Javier Milei la recaudación fiscal se benefició de cobrar ingresos nominales en tiempo real mientras una tasa de 118% en 2026 reducía el valor real de las obligaciones futuras. La posterior caída de la inflación a 31% en 2026 mejoró expectativas, pero muchas empresas no cerraron el ejercicio con cuentas equilibradas porque ya no podían confiar en que la inflación siguiera siendo ese “tijeretazo” a sus deudas. Al mismo tiempo, la combinación de recortes impositivos y estancamiento económico comenzó a comprimir ingresos públicos, y la deuda flotante se duplicó en marzo sin que los ingresos alcanzaran para sostener un superávit aparente.

Por qué la inflación es atractiva y por qué es letal

La inflación tiene defensores entre economistas que prefieren evitar la deflación, vista como un riesgo de espiral contractiva. Un cierto nivel de inflación moderada puede reducir cargas de deuda, incentivar el consumo presente frente al ahorro pasivo y aportar flexibilidad para ajustar salarios y costos reales. Sin embargo, sus perjuicios son claros: golpea a los más pobres y a los jubilados, desalienta la inversión duradera al generar incertidumbre y distorsiona la asignación de recursos premiando deudores y castigando ahorristas. Ese doble rostro —beneficio coyuntural y daño estructural— explica por qué las sociedades buscan combatirla con políticas que muchas veces resultan impopulares y difíciles de sostener.

El contraste con casos como el de Japón, que pasó décadas luchando contra una trampa deflacionaria, muestra que ni la ausencia ni el exceso de inflación son soluciones triviales. Aunque las recetas difieren, la lección práctica es que la política macroeconómica debe equilibrar la estabilidad de precios con la sostenibilidad fiscal y la protección social.

Conclusión

La inflación es, en palabras sencillas, un atajo que resuelve problemas de deuda y ajuste pero genera pérdidas en bienestar y equidad. Entender sus mecanismos —desde la impresión de dinero hasta la erosión de pasivos— ayuda a explicar por qué se arraiga en economías bajo presión. Combatirla es legítimo y necesario, pero también exige reconocer por qué ciertos actores encuentran ventajosa su persistencia y diseñar políticas que reemplacen esos beneficios por alternativas sostenibles.

Autor

Beatrice Faggin

Beatrice Faggin obtuvo documentos oficiales sobre una licitación tras una semana de acceso a los registros; es redactora de desk que construye reportajes investigativos y coordina el fact-checking interno. Genovesa de nacimiento, mantiene una base de datos personal de contratos públicos consultable en la redacción.