El paladar no miente nunca, y quien haya degustado un tomate maduro, jugoso y fragante no puede negar la experiencia sensorial que ofrece. Evoca el cálido sol del verano, el aroma de la tierra y la dulzura que estalla en la boca. Detrás de cada plato que lo celebra, hay una historia de pasión, tradición y respeto por la filiera corta.
El tomate, originario de América Central, ha recorrido un largo camino hasta convertirse en uno de los ingredientes fundamentales de la cocina italiana. Su llegada a nuestro país se remonta al siglo XVI, y desde entonces ha conquistado los corazones y los paladares de todos. Como chef, he aprendido que cada variedad de tomate tiene su propia personalidad: desde el dulce datterino hasta el sabroso San Marzano, cada uno trae consigo el terroir del que proviene.
El tomate es un ingrediente versátil que destaca en la cocina. Se puede disfrutar fresco en ensaladas, cocido en salsas ricas o transformado en conservas. Actualmente, la técnica de la fermentación está ganando popularidad, ya que permite aprovechar al máximo su riqueza de umami. Además, las preparaciones tradicionales, como el tomate seco, son una manera efectiva de preservar los sabores del verano durante los meses más fríos.
Al conectar con nuestro territorio, es evidente que el tomate está intrínsecamente ligado a nuestra cultura gastronómica. Desde la emblemática pizza napolitana, donde el tomate es la estrella, hasta las salsas que acompañan a la pasta, su uso es un verdadero homenaje a la tradición. Elegir tomates de filiera corta no solo apoya a los productores locales, sino que también contribuye a un sistema alimentario más sostenible.
Te invito a descubrir el fascinante mundo del tomate: prepara una salsa fresca, disfruta de una ensalada caprese o simplemente saborea un tomate recién cosechado. Cada bocado es un viaje a los sabores de nuestra tierra.



