En las esquinas de conciertos, estadios y calles del norte de México y el suroeste de Estados Unidos, un olor muy particular anuncia la presencia de un alimento que mezcla tradición y creatividad: el dogo sonorense. Este hot dog envuelto en tocino, cargado de ingredientes y servido en un bollo generoso, es tanto una solución rápida para el hambre como un emblema local que ha trascendido fronteras.
Su historia reúne elementos de migración, emprendimiento y hasta una controversia que involucró a autoridades federales. Entender cómo se transformó una salchicha en un fenómeno cultural exige mirar sus orígenes, sus variaciones y las razones por las que hoy es tan venerado en ciudades como Hermosillo y en comunidades del suroeste estadounidense.
Orígenes y primeros pasos en el imaginario popular
Los relatos sobre la llegada del hot dog al territorio mexicano son variados: algunos mencionan circos itinerantes, otros corridas de toros o partidos de baseball. Históricamente, se sitúa el arribo de estas salchichas al país en la década de 1940s, cuando la comida estadounidense empezó a filtrarse en la vida urbana. En Sonora, estado con fuerte tradición ganadera y pasión por el béisbol, los vendedores ambulantes —los conocidos dogueros— fueron quienes adaptaron el producto a los gustos locales, incorporando ingredientes regionales y técnicas propias de la parrilla.
La receta y lo que diferencia al dogo sonorense
El rasgo más distintivo es el hot dog envuelto en tocino, que suele abrirse longitudinalmente para alojar una barra de queso antes de grillarlo. Se sirve en un bollo tipo bolillo más grande de lo habitual y se corona con una mezcla de ingredientes: tomates, aguacate, cebolla cruda y asada, frijoles pintos, lechuga y salsa; además, en ocasiones se le añade chorizo o jalapeños. Estas combinaciones hacen que el dogo sea altamente personalizable y que existan variantes —desde doble salchicha hasta versiones en tortilla o con camarón— que reflejan la creatividad culinaria regional.
Técnica y términos clave
La preparación típica implica sellar la salchicha envuelta en tocino en una plancha caliente, permitiendo que el tocino quede crujiente y el queso funda en su interior. En este contexto, el término carrito se usa para describir los puestos móviles que facilitan la venta en eventos masivos, mientras que la bebida tradicional que suele acompañarlo es la uvola, una preparación de uva con mucho hielo pensada para el clima desértico.
Expansión, reconocimiento y controversias
A finales del siglo XX, concretamente en la era de los años 80 y principios de los 90, locales vinculados a migrantes sonorenses impulsaron la popularidad del dogo en Estados Unidos. Un ejemplo notorio es El Güero Canelo, fundado por el inmigrante sonorense Daniel Contreras en 1993 en Arizona; su trabajo fue reconocido por críticos culinarios y le valió un premio importante. Aun así, la identidad del plato se mantiene profundamente arraigada en Sonora, donde ciudades como Hermosillo y Ciudad Obregón sostienen fuertes disputas sobre cuál puesto prepara el mejor dogo.
Controversias y competencia
La popularidad también trajo tensiones: en la frontera se han registrado disputas entre vendedores que llegaron incluso a ser investigadas por autoridades. En un caso, el FBI intervino y determinó la existencia de un esquema de extorsión entre competidores, un episodio que ilustra cómo un platillo callejero puede generar conflictos significativos cuando se convierte en un negocio lucrativo y disputado.
Cultura, variantes y futuro del dogo
Hoy, el dogo es un símbolo de la fusión culinaria fronteriza. En Hermosillo existen locales famosos como Dogos del Miami, conocido por opciones insólitas —incluso una versión cubierta con escamas de oro— y por alternativas como el hot dog de pavo. Al mismo tiempo, puestos anónimos de barrio mantienen la tradición y aportan pequeñas variaciones que alimentan la rivalidad gastronómica entre municipios, por ejemplo, la preferencia por la lechuga en Hermosillo frente a su ausencia en Ciudad Obregón.
El éxito del dogo en el suroeste estadounidense demuestra cómo la innovación en la cocina callejera puede convertirse en un referente regional. La combinación de técnicas sencillas, ingredientes locales y un formato ideal para la venta ambulante ha permitido que este hot dog envuelto en tocino siga ganando adeptos y adaptándose a nuevos gustos sin perder su esencia.



