En un giro diplomático que complica los intentos de tregua, Irán comunicó su rechazo a la propuesta de 15 puntos presentada por la administración de Trump. Aunque inicialmente hubo declaraciones contradictorias sobre la recepción del documento, medios afines al régimen confirmaron la negativa y señalaron que Teherán no negociará mientras continúen los ataques. En paralelo, las autoridades iraníes han puesto sobre la mesa la exigencia de reconocimiento de su soberanía sobre el estrecho de Ormuz, una carta geopolítica de peso que condiciona la seguridad y el suministro energético mundial.
La respuesta estadounidense fue enérgica desde la Casa Blanca, donde la secretaria de prensa alertó que el presidente está dispuesto a intensificar la presión militar si Irán no acepta la derrota en el terreno. Al mismo tiempo, fuentes oficiales estadounidenses sostienen que las conversaciones con intermediarios prosiguen y califican los contactos de «productivos». Esta doble vía —amenaza y diplomacia simultánea— refleja la complejidad de una crisis que ya tiene efectos en varios frentes.
Frente militar y tensiones en la frontera norte
El conflicto no se limita a ataques a larga distancia: la otra arista más visible es la confrontación entre Israel y Hizbulá en el sur del Líbano. El líder de la milicia ha denunciado intentos de crear un «Gran Israel» que incorporaría territorio libanés, mientras que el Gobierno israelí anunció la ampliación de una zona tampón en la frontera para neutralizar amenazas. La escalada ha provocado movimientos de fuerzas, bombardeos y una tensión permanente que amenaza con convertir episodios puntuales en choques de mayor envergadura.
Cifras y daños humanos
Las consecuencias para la población civil son graves. Según el Ministerio de Sanidad libanés, desde principios de marzo se han registrado más de 1.000 muertos y miles de heridos por los ataques en el Líbano, con un impacto significativo en infraestructura sanitaria y desplazamientos masivos. Estas cifras alimentan la presión internacional para limitar la expansión del conflicto, al mismo tiempo que la retórica dura dificulta acuerdos inmediatos.
Incidentes técnicos y riesgo nuclear
La peligrosidad del conflicto se hizo tangible en el terreno técnico: el Ejército libanés identificó fragmentos de un proyectil que correspondían a un misil balístico Ghadr-110 de fabricación iraní, que explotó en altura posiblemente por fallo técnico o por una interceptación. Además, la central nuclear de Bushehr volvió a ser atacada, lo que motivó que la compañía rusa Rosatom evacuara a 163 trabajadores. Estos episodios han elevado las alarmas sobre daños a instalaciones civiles y sobre la seguridad operativa de infraestructuras sensibles en plena contienda.
Advertencias y amenazas de apertura de nuevos frentes
Teherán, además, ha advertido de la posibilidad de abrir nuevos frentes si se ataca territorio iraní o sus islas estratégicas; la atención se ha desplazado al estrecho de Bab al-Mandab y a otras vías marítimas donde actores alineados con Irán ya han protagonizado ataques. La Guardia Revolucionaria ha declarado que los ultimátums externos pueden considerarse «actos de guerra», lo que complica aún más la diplomacia y las opciones de resolución a corto plazo.
Impacto económico y riesgo global
En el ámbito financiero y energético, la paralización parcial de rutas o la amenaza sobre el estrecho de Ormuz elevan la ansiedad global. Aunque las bolsas experimentaron jornadas volátiles y el precio del petróleo tuvo altibajos, responsables del BCE como Christine Lagarde han advertido de la cercanía a un «precipicio» si las reservas y el suministro se ven comprometidos. Agencias como Standard&Poors ya han ajustado pronósticos económicos, recortando expectativas de crecimiento para países afectados por la incertidumbre, como España.
Mientras tanto, países de la región como Egipto se ofrecen para acoger reuniones que favorezcan la desescalada, y algunos responsables políticos internacionales, incluido el senador Lindsey Graham, han mostrado disposición a apoyar iniciativas diplomáticas siempre que cumplan, según su criterio, objetivos militares y de seguridad. La ecuación sigue abierta: la combinación de amenazas militares, daños a infraestructuras y perturbaciones económicas dificulta la estabilidad y hace imprescindible una mediación eficaz para evitar una intensificación mayor.



