Los Últimos Días de Ángela Peralta: La Soprano Mexicana que Dejó Huella

En agosto de 1883, tras una aclamada actuación en la ópera “Maria di Rohan” en La Paz, la célebre soprano Ángela Peralta, conocida como el ruiseñor mexicano, llegó a Mazatlán. La ciudad la recibió con honores dignos de una reina; una multitud de admiradores, con flores y pañuelos en mano, la esperaban en el muelle. La orquesta local le brindó una serenata con el himno nacional mientras el consejo municipal le daba una calurosa bienvenida.

Vestida con un abrigo oscuro y un pequeño sombrero, Peralta entonó unas notas de “La Paloma”. A medida que avanzaba hacia el carruaje que la esperaba, sus fervientes admiradores desenganchaban los caballos para llevarla en volandas, seguida por una multitud entusiasta, rumbo al Hotel Iturbide, contiguo al Teatro Rubio, donde iba a presentar sus próximos espectáculos.

El inicio de un destino trágico

Sin embargo, lo que prometía ser un nuevo capítulo en su carrera, se tornaría en un destino fatal. Solo ocho días después de su llegada, Peralta se casaría por segunda vez y, poco tiempo después, perdería la vida a la joven edad de 38 años.

La amenaza de la fiebre amarilla

La fiebre amarilla, una enfermedad viral transmitida por mosquitos, ya había cobrado millones de vidas antes de que se desarrollara una vacuna en los años 30. Aunque no es contagiosa, su impacto es devastador, causando un rápido fallo de órganos y muerte. En el siglo XIX, el temor a esta enfermedad era palpable, especialmente por los intensos síntomas que acompañaban a la infección. La enfermedad se desarrolla en tres fases: incubación, aguda y tóxica, cada una más peligrosa que la anterior.

El brote que azotó Mazatlán en 1883 se había gestado antes de la llegada de Peralta, con un saldo trágico de 2,500 muertes, lo que representaba el 16% de la población local. Las condiciones en la ciudad, con el final de la temporada de lluvias, crearon un ambiente propicio para la proliferación de mosquitos, que a su vez transmitieron el virus a los recién llegados.

Los últimos días de una estrella

Peralta y su compañía llegaron en un momento crítico. A pesar de que había habido brotes previos en otras ciudades de México, este era el primero en la costa pacífica. A su llegada, ya se habían reportado decenas de muertes. Es probable que muchos de sus acompañantes ya estuvieran infectados antes de llegar al Hotel Iturbide. Durante los ensayos iniciales en el Teatro Rubio, la enfermedad comenzó a manifestarse. Su director musical, Pedro Chávez Aparicio, se sintió mal, lo que obligó a Peralta a asumir el mando y dirigir el ensayo, mostrando su talento incluso en medio de la adversidad.

El legado de Ángela Peralta

Ángela Peralta, nacida en una familia de escasos recursos en la Ciudad de México, mostró su talento desde muy joven, debutando a los 15 años. Su asombrosa carrera la llevó a los escenarios más prestigiosos de Europa y América. Sin embargo, su vida personal estuvo marcada por tragedias, incluyendo la enfermedad mental de su primer esposo y la controversia que enfrentó en su regreso a México, donde su vida amorosa fue objeto de escándalo.

El día de su matrimonio con Julián Montiel y Duarte, el 30 de agosto, se convirtió en un acto sombrío, ya que Peralta se encontraba en su lecho de muerte. Se especula que su firma no aparece en el acta de matrimonio, sugiriendo que pudo haber fallecido antes de completar la ceremonia. El impacto de su muerte fue tan profundo que solo unos pocos del elenco asistieron a su entierro, y no se escuchó ni una nota de música en su despedida.

A pesar de su prematura desaparición, su legado perduró. En 1937, sus restos fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres en la Ciudad de México, un honor que la convirtió en la primera mujer en recibir tal reconocimiento. Además, el Teatro Rubio fue renombrado en su honor, convirtiéndose en un símbolo de la cultura operística en Mazatlán, donde su memoria sigue viva.