En los últimos meses, varias cuencas y presas mexicanas han mostrado señales de recuperación tras un período de lluvia más abundante de lo habitual. Por ejemplo, el sistema que abastece a la Ciudad de México, incluyendo la presa del Valle de Bravo, registra niveles cercanos a su capacidad en este momento. Sin embargo, esa mejoría ha puesto sobre la mesa una pregunta clave: ¿es esto una recuperación sostenible o la manifestación de un clima cada vez más impredecible? Investigadores y especialistas coinciden en que la situación es compleja y que las cifras recientes deben leerse con cautela.
Según el Servicio Meteorológico Nacional, a finales de marzo solo el 7.4% del territorio nacional estaba clasificado en sequía, una caída desde el 40% reportado en enero de 2026. Esa oscilación entre sequía y lluvias intensas no representa necesariamente un retorno a la normalidad, sino una transición hacia un patrón hídrico distinto: periodos secos más prolongados intercalados con episodios cortos de precipitaciones abundantes que, con frecuencia, no logran reponer las reservas subterráneas. Este fenómeno obliga a replantear tanto políticas públicas como prácticas urbanas.
Patrones climáticos y evidencia histórica
Estudios paleoclimáticos realizados por investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México muestran que México siempre ha tenido una distribución heterogénea de humedad, con zonas áridas al norte y regiones húmedas al sur. Sin embargo, en las últimas dos décadas —según expertos como Priyadarsi Roy— las sequías han ganado persistencia e intensidad. Al observar registros antiguos y arqueológicos, se aprecia que ciudades prehispánicas como Cantona en Puebla fueron abandonadas cuando faltó agua: la historia demuestra que las poblaciones se desplazaron en busca de recursos hídricos. Las proyecciones actuales advierten que, si las tendencias actuales continúan, hasta 6 millones de personas podrían verse obligadas a migrar por la reducción de recursos hídricos.
Efectos de un océano más cálido
Una de las transformaciones recientes tiene que ver con lo que algunos estudios describen como una «alberca caliente» en el Atlántico: una franja de agua cuya temperatura supera aproximadamente 28.5°C. Este calentamiento desplaza la formación y trayectoria de sistemas de tormentas, provocando que huracanes y bandas de precipitación se formen más mar adentro o se desplacen hacia latitudes más altas, dejando a México con menos lluvia asociada a estos sistemas. Al mismo tiempo, el aumento de temperaturas acelera la evaporación, reduciendo aún más la cantidad de agua disponible tras cada episodio de lluvia.
Infraestructura, ciudades y pérdida de agua útil
La forma en que se urbaniza y se administra el agua amplifica los efectos climáticos. Cuando las precipitaciones ocurren en intensos y breves chubascos, la mayor parte del agua corre por la superficie en lugar de infiltrarse y recargar los mantos freáticos. La recarga de acuíferos —el proceso natural por el cual el agua penetra el suelo y alimenta las reservas subterráneas— requiere lluvias moderadas y sostenidas; los episodios torrenciales no la sustituyen. En ciudades como Guadalajara, estudios señalan que hasta un 60% del agua de lluvia puede perderse como escorrentía, agravado por sistemas de distribución envejecidos y fugas que pierden volumen y calidad en la red.
Urbanismo y prácticas insuficientes
El modelo tradicional de respuesta ha sido ampliar la infraestructura a gran escala: presas, trasvases y bombeo de aguas cada vez más lejanas. Especialistas como Arturo Gleason sostienen que esa lógica de megaobras está desfasada: no solo incrementa costos, sino que no garantiza resiliencia frente a patrones más erráticos. La deforestación y la impermeabilización del suelo con concreto reducen la capacidad del paisaje para retener y filtrar agua, creando la paradoja de inundaciones urbanas severas en tormentas y escasez prolongada en temporadas secas.
Alternativas y lecciones internacionales
Para enfrentar este nuevo escenario, expertos proponen cambiar la mirada hacia soluciones que actúen sobre el ciclo natural del agua. Eso incluye promover la captura de lluvia en origen —en viviendas y espacios públicos—, proteger zonas de recarga, restaurar vegetación y reducir superficies impermeables. La gestión hídrica eficaz combina tecnologías con participación ciudadana: sistemas de recolección, tratamiento y reúso de aguas, junto con incentivos y educación para el mantenimiento a largo plazo, pueden transformar la oferta local sin depender exclusivamente de infraestructuras centralizadas.
Modelos que sirven de referencia
Experiencias en Alemania muestran cómo ciudades planifican para retener y reutilizar agua en lugar de drenarla, incorporando mapas detallados de absorción y almacenamiento en proyectos de desarrollo. En Australia, ciudades han integrado principios de water-sensitive urban design en planificación urbana, priorizando soluciones verdes y sistemas híbridos. En México, ejemplos como los avances en tratamiento de aguas residuales en Monterrey demuestran que el cambio es posible, aunque aunado a una transformación cultural que haga del agua un bien valorado y protegido por la sociedad.
