Pedro de Alvarado nació en Extremadura y representa el perfil típico del conquistador español: hombre de armas, de origen noble pero sin grandes herencias, que buscó fortuna en el Nuevo Mundo. Su carrera arrancó en 1510, cuando llegó a América y participó en la conquista de Cuba, para después vincularse con expediciones clave hacia las costas y el interior de la actual México.
La vida de Alvarado combina habilidad militar, ambición personal y episodios de extrema violencia que dejaron huella en la memoria colectiva de los pueblos indígenas. A lo largo de varias campañas, desde 1518 hasta su muerte en 1541, alternó éxitos territoriales con controversias legales y una imagen pública tan atractiva como temible.
De Extremadura a las primeras campañas en el Caribe y México
Tras arribar en 1510, Alvarado consolidó una posición social en la isla de Cuba, donde obtuvo una hacienda y experiencia en la administración colonial. En 1518 se sumó a la expedición de Juan de Grijalva que exploró la península de Yucatán y la costa del Golfo. Fue entonces cuando ganó renombre por su porte y presencia: testimonios contemporáneos lo describen como un hombre atlético y bien vestido, rasgos que reforzaron su autoridad entre soldados y aliados indígenas.
Encuentros con pueblos indígenas y alianzas tácticas
Durante el avance de las fuerzas españolas hacia el interior, Alvarado se ganó aliados entre los pueblos sometidos por el imperio mexica. Con los Tlaxcaltecas forjó vínculos estratégicos que incluyeron incluso matrimonios políticos: su unión con una hija del cacique Xicotencatl facilitó la cooperación militar frente a Tenochtitlán. Estas alianzas muestran que la conquista combinó tanto estrategias diplomáticas como coerción.
La masacre en Tenochtitlán y sus consecuencias
En abril de 1520, mientras Hernán Cortés había marchado a la costa para enfrentar a Pánfilo de Narváez, Alvarado quedó al mando de la guarnición española en Tenochtitlán. Durante una gran festividad religiosa, ordenó un ataque contra los danzantes en el Gran Templo que resultó en la muerte de cientos de nobles mexicas. Ese acontecimiento es conocido por historiadores como la masacre de Tenochtitlán y precipitaría la expulsión temporal de los españoles de la ciudad, tras el episodio llamado la Noche Triste o la ‘noche de la derrota’ para los conquistadores.
Retirada, reorganización y asalto final
La presión sobre las tropas españolas llevó a una retirada caótica hacia Tlaxcala, en la que Alvarado comandó la retaguardia y demostró resistencia combativa. Tiempo después, al reorganizarse las fuerzas bajo Cortés, Alvarado comandó una de las divisiones que participó en el asalto definitivo al corazón de Tenochtitlán; su tropa fue de las primeras en llegar al centro de la ciudad durante la conquista final.
Gobiernos, campañas en Guatemala y ambiciones en el Pacífico
Reconocido por sus campañas, Alvarado recibió el título de adelantado y la gobernación de territorios que hoy forman parte de Guatemala. En 1524 encabezó una expedición al altiplano guatemalteco con cientos de soldados y aliados indígenas, combinando la construcción de alianzas locales con acciones militares brutales contra comunidades como los K’iche’.
Tras breves estancias en España para justificar sus actos ante la corona, se le confirmó en sus títulos y amplió su jurisdicción, incluso hacia Honduras. En la década de 1530 intentó también abrir rutas hacia el Pacífico y el supuesto camino a las islas de las especias, desembarcando en la costa de lo que hoy es Ecuador en 1532, pero conflictos con otros conquistadores como Sebastián de Belalcázar frustraron esos planes.
Últimos años, testamento y legado controvertido
En 1541 Alvarado navegaba buscando nuevas oportunidades cuando se enteró de un levantamiento indígena en los alrededores de Guadalajara. Durante una acción en terreno resbaladizo su caballo cayó y le causó heridas fatales. Murió el 4 de julio de 1541; su último testimonio —un escrito con disposiciones— encargó la protección de sus hijos mestizos, la liberación de algunos esclavos y donaciones a la iglesia.
Sin embargo, su memoria pública permanece marcada por la explotación, la imposición del sistema de encomienda y episodios como la masacre en el Gran Templo. Para muchos pueblos originarios y estudiosos de la conquista, Alvarado simboliza la violencia estructural que acompañó la colonización, aun cuando sus contemporáneos le reconocieran valentía y capacidad militar.
El juicio historiográfico sobre Pedro de Alvarado sigue siendo complejo: fue, a la vez, constructor de gobernanzas coloniales y responsable directo de actos de brutalidad. Su figura permite comprender cómo la expansión española se basó tanto en alianzas tácticas como en la coerción sistemática, y por qué sus consecuencias siguen presentes en la memoria histórica de México y Centroamérica.



