En el corazón de San Telmo se yergue un inmueble que desafía escalas y expectativas: la llamada Casa Mínima, con apenas 2,50 metros de fachada. Más allá de su estrechez física, el edificio alberga relatos y mitos que entrelazan arquitectura, memoria y, según algunas versiones, historias de servidumbre. La resonancia de ese espacio invita a pensar cómo los objetos y los textos crean identidades: igual que un libro puede formar un lector, un lugar puede moldear una narración colectiva.
Paralelamente, la figura del crítico y ensayista Noé Jitrik aparece en los debates culturales por sus propuestas sobre la lectura y la interpretación histórica. Sus ideas, recogidas en diversas entrevistas y artículos, cuestionan supuestos comunes: desde la noción de un lector previo a la lectura hasta la manera en que llamamos «descubrimiento» a la llegada europea a América. En, Jitrik ofreció una entrevista que sigue despertando reflexión sobre estos temas.
La Casa Mínima: arquitectura, leyenda y memoria
La Casa Mínima funciona como símbolo urbano. Con sus 2,50 metros de frente, la estructura es ejemplo de adaptaciones del tejido edilicio porteño: pasó de ser curiosidad turística a objeto de estudio sobre cómo se distribuye el espacio y cómo se narran los orígenes de un barrio. Detrás de las fachadas hay relatos orales que hablan de condiciones laborales extremas y de relaciones asimétricas de poder; esas historias, muchas veces transmitidas como leyenda, articulan la percepción pública del edificio.
Leyenda de servidumbre
Entre las versiones locales circula la idea de una vinculación entre la construcción y formas de trabajo forzado o servidumbre. Aunque la documentación histórica no siempre confirma los detalles más dramáticos, la persistencia del relato revela cómo la ciudad guarda memoria en clave de mito: el edificio actúa como un dispositivo de memoria que concentra experiencias sociales y emociones colectivas. Esa función simbólica es parte del valor intangible del lugar.
Noé jitrik: el lector como efecto del texto
Jitrik puso en discusión una frase provocadora: «el lector no existe». Con ello, quiso subrayar que la categoría «lector» no es un dato fijo ni anterior al encuentro con un texto: se constituye en el acto mismo de leer. En consecuencia, las estrategias editoriales o críticas que presuponen un público homogéneo corren el riesgo de simplificar una relación dinámica. La lectura, para Jitrik, es un proceso de emergencia que transforma a quien se acerca al texto.
Implicaciones para la crítica y la edición
Desde esta perspectiva, los sellos y críticos que organizan libros pensando en audiencias predeterminadas cometen una doble operación: mercantilizan la lectura y reducen su complejidad. Jitrik señaló casos concretos donde se clasificaron obras por supuestos intereses de lectores —por ejemplo, colocar un libro bajo la etiqueta «religión» por una palabra del título—, lo que demuestra cómo la categorización anticipada puede falsear el sentido del texto.
Historia, descubrimiento y religión: relecturas críticas
En su reflexión sobre la llegada de los europeos a América, Jitrik cuestiona el uso de la palabra descubrimiento y recuerda que esa denominación pertenece al punto de vista del que llega. Además, advierte que los relatos disponibles suelen proceder de los propios colonizadores, mientras que las voces autóctonas quedaron ocultas o fueron borradas, recuperadas mucho tiempo después mediante investigación y tradición oral. Esa asimetría discursiva condiciona cómo entendemos el pasado y las identidades de los pueblos originarios.
Finalmente, sobre la formación de la Iglesia y la figura de Cristo, Jitrik propone una hipótesis singular: la creación institucional del cristianismo tiene raíces en la transformación literaria y poética de episodios y tradiciones orales. Para él, la palabra «Dios» y la construcción religiosa operan también como respuestas culturales a la angustia existencial; los ritos y mitos son formas de ordenar lo inexplicable y generar sentido social.
En conjunto, la historia de la Casa Mínima y las ideas de Noé Jitrik invitan a repensar cómo se forman los relatos públicos: sean los que nacen de una fachada angosta en San Telmo o los que emergen de un texto. Ambos casos muestran que la identidad —del lector, de la ciudad, de una religión— no es previa ni monolítica, sino una construcción que se activa en la relación entre sujeto y objeto.


