El 11 de marzo José Antonio Kast tomó posesión como presidente de Chile, sucediendo a Gabriel Boric en una ceremonia celebrada en el Congreso Nacional de Valparaíso. La investidura se produjo con la presencia de mandatarios y representantes internacionales y con la fría constatación de que llega al Ejecutivo habiendo obtenido el 58% de los votos en la segunda vuelta celebrada en diciembre. Su acceso al poder supone, además, que por primera vez en la etapa democrática un candidato que reivindica el legado de Augusto Pinochet ocupa la jefatura del Estado, un hecho que reconfigura el mapa político chileno.
Kast, de 60 años, fundador del Partido Republicano y exdiputado, centra su propuesta en tres ejes: seguridad, migración irregular y reactivación económica. Su discurso promete medidas contundentes y reformas fiscales ambiciosas, mientras que desde los ámbitos técnicos se plantean dudas sobre la compatibilidad de sus metas macroeconómicas con la realidad global. El nuevo gobierno arranca en un contexto internacional volátil, con presión diplomática y expectativas ciudadanas elevadas.
Agenda económica y promesas fiscales
En materia económica el equipo de Kast propone un crecimiento del 4%, reducciones tributarias y un recorte de gasto equivalente a 6,000 millones de dólares en 18 meses, con la afirmación explícita de que el ajuste no afectará el gasto social. Estas metas han sido recibidas con escepticismo por varios economistas, que consideran difícil cuadrar simultáneamente rebajas de impuestos y recortes presupuestarios sin sacrificar inversión pública. Además, la economía chilena, fuertemente dependiente del cobre, entra al nuevo ciclo con la incertidumbre de la geopolítica y la volatilidad de los mercados.
Seguridad, migración y debate público
La seguridad ciudadana y la migración irregular formaron el núcleo de la campaña de Kast. Entre sus propuestas más controvertidas figura la construcción de un muro en la frontera norte y la expulsión masiva de personas en situación irregular. Estas medidas mantienen un alto grado de polarización y pondrán a prueba la capacidad del Ejecutivo para conciliar exigencias de mano dura con estándares legales y derechos humanos. En el debate público, estos temas siguen siendo los que más movilizan a su electorado.
Presión desde la derecha más radical
Fuera del gobierno, fuerzas aún más radicales que respaldaron a Kast durante la segunda vuelta ejercen presión para que las políticas sean más severas. El Partido Nacional Libertario fue un actor relevante en ese respaldo pero decidió no integrarse al gabinete, lo que augura tensiones entre la administración y los sectores más intransigentes de la coalición. Esa dinámica puede condicionar decisiones delicadas, en especial en materia de seguridad y relaciones internacionales.
Composición del gabinete y desafío legislativo
El presidente presentó un gabinete de 24 ministros conformado por 13 hombres y 11 mujeres, con una notable presencia de perfiles del sector privado y académico. En la lista figuran dos exabogados vinculados a la defensa del régimen de Pinochet, una elección que simboliza la continuidad ideológica de parte del nuevo equipo. Kast repartió pocos cargos a su propio partido y cedió escasos ministerios a las colectividades tradicionales de la derecha, lo que podría complicar la gobernabilidad y la construcción de mayorías estables en el Congreso.
Parlamento fragmentado y votos decisivos
Una de las notas destacadas del arranque del mandato es que el bloque de derecha y ultraderecha quedó a dos escaños de la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados (78 escaños), por lo que los apoyos del Partido de la Gente (PDG) resultarán determinantes para aprobar leyes clave. Los analistas subrayan que el presidente deberá equilibrar la demanda de quienes lo llevaron al poder con la necesidad de negociar pactos legislativos en un Parlamento dividido, administrar expectativas y garantizar la gobernabilidad.
Relaciones exteriores y señales internacionales
La ceremonia de traspaso contó con la asistencia de mandatarios como el rey Felipe VI de España, el presidente argentino Javier Milei, el presidente ecuatoriano Daniel Noboa y la opositora venezolana María Corina Machado. Algunos líderes europeos y de la región que habían sido mencionados como posibles invitados no asistieron finalmente. Estados Unidos no envió al secretario de Estado y en su lugar viajó el subsecretario Christopher Landau, un gesto que analistas interpretan como una señal de cautela diplomática.
Tensiones en la transición
Previo al traspaso hubo episodios de tensión entre las administraciones saliente y entrante, como discrepancias sobre un proyecto de cable submarino y la suspensión temporal de reuniones de transición. Ese episodio, junto con viajes del presidente electo a foros internacionales, refleja la presión política que enfrenta el nuevo gobierno desde distintos frentes y la complejidad de conciliar prioridades domésticas con compromisos geoestratégicos.
La llegada de José Antonio Kast inaugura una etapa de cambio en Chile: es el noveno presidente desde el retorno a la democracia y el primero en liderar el Ejecutivo desde la vereda que reivindica abiertamente el legado de Pinochet. Su promesa de «recuperar la grandeza de Chile» deberá traducirse en políticas públicas factibles y consensuadas en un escenario interno fragmentado y en un entorno internacional incierto. Los próximos meses serán cruciales para medir su capacidad de gobernar y la dirección que tomará una de las economías más importantes de América Latina.



