Agustín de Iturbide nació en Valladolid (hoy Morelia) en 1783 y, aunque su familia provenía de la gentry vasca, su biografía mezcla servicio militar, maniobras políticas y una fortuna personal forjada en la época colonial. Desde joven se distinguió por su destreza ecuestre y su carrera en el ejército real, lo que le abrió puertas en un sistema social donde la sangre (criollismo) condicionaba las oportunidades.
Su ascenso no fue lineal: combatió contra los insurgentes, sufrió acusaciones por su dureza y por presuntas prácticas corruptas, y alternó la vida de haciendas con el liderazgo militar. A finales de la década de 1810 y principios de la de 1820, los cambios en España y los rebrotes independentistas en México lo colocaron frente a una encrucijada que definiría su destino y el del país.
Contexto internacional y militar
Las guerras napoleónicas sacudieron la corona española y, tras la caída de Napoleón, Fernando VII volvió al trono aceptando reformas que inquietaron a sectores conservadores. Esa tensión se replicó en la Nueva España: algunos buscaban conservar el vínculo con la metrópoli; otros optaban por la independencia. En este marco, Iturbide, militar realista, fue pieza clave al derrotar insurrecciones iniciales como las que surgieron tras el Grito de 1810, fortaleciendo su prestigio militar —llegando a ser coronel y a comandar tropas en Celaya— aunque también tomando decisiones controvertidas que le valieron enemigos.
La transición: de opositor a arquitecto de la independencia
El regreso de la lucha independentista bajo líderes como Vicente Guerrero en 1820 reavivó el conflicto. Ese año, el contexto político en España —con la presión de las reformas liberales— alteró los intereses de la élite novohispana. Iturbide interpretó que el statu quo tradicional estaba en riesgo y, en febrero de 1821, ofreció su famosa Plan de Iguala, que proponía un México independiente regido por una monarquía, con la religión católica como única confesión y la inclusión de los españoles peninsulares como ciudadanos.
La alianza con Guerrero y la entrada a la capital
La alianza entre Iturbide y Guerrero, sellada simbólicamente en Acatempan, permitió unir fuerzas que culminaron en la firma del Tratado de Córdoba con el virrey O’Donojú el 24 de agosto de 1821. Pese a las dudas sobre la legitimidad de ambos firmantes, la realidad sobre el terreno era que Iturbide controlaba la fuerza militar más significativa; el 27 de septiembre de 1821 entró en la Ciudad de México al frente del Ejército de las Tres Garantías, marcando el fin efectivo del dominio virreinal.
Del poder provisional a la corona
Tras la independencia, Iturbide encabezó la Junta de Gobierno provisional y maniobró para colocar a sus aliados en la Regencia, de la que pasó a ser presidente. Aunque se esperaba la llegada de un príncipe español —o de la propia Corona—, las circunstancias internacionales impidieron esa solución. En 1822, complots y presiones populares empujaron a un Congreso dócil a proclamarlo emperador; su coronación tuvo lugar el 21 de julio de 1822 en una ceremonia fastuosa en la catedral de la capital.
El nuevo Imperio heredó una tesorería en quiebra y una sociedad polarizada. El gasto del aparato imperial y la opulencia de la corte generaron rechazo en amplios sectores. Su reinado sería breve, pero no sin dejar huella: el diseño de los colores de la bandera mexicana —rojo, blanco y verde— quedó asociado a las tres garantías del Plan de Iguala: religión, unidad y independencia (a menudo interpretadas como libertad, religión y unión).
Legado y memoria
Aunque la trayectoria de Iturbide combina actos de lealtad al antiguo régimen con la creación de un Estado independiente, su figura sigue siendo objeto de debate historiográfico. Algunos primeros cronistas lo enaltecieron; otros señalaron su ambición y decisiones polémicas. En cualquier caso, su protagonismo en 1821 y su breve reinado influyeron en la formación de símbolos nacionales y en la dinámica política de los años siguientes.
Un apéndice: Tomás Moreno y otros protagonistas militares
En paralelo a los episodios de Iturbide, surgieron militares como Tomás Moreno, nacido el 7 de marzo de 1800 en Quiahuyo, hoy Moroleón, Guanajuato, que se incorporó a la lucha desde joven. Moreno participó en acciones decisivas como el episodio de Arroyo Hondo —conocido por la tradición como «30 contra 400″— y acompañó al Ejército Trigarante a la Ciudad de México llevando la bandera de las Tres Garantías.
Su carrera continuó en conflictos posteriores: la guerra de Texas (1836), la intervención estadounidense (1847), y la defensa del país contra la invasión francesa en 1862, donde resultó herido en la Batalla del 5 de mayo. Tomás Moreno falleció el 13 de junio de 1864 en Acapulco y, años después, sus restos fueron trasladados y finalmente depositados en un monumento en Moroleón tras una promesa cumplida el 6 de febrero de 1962.
Ambas biografías muestran cómo la independencia y su consolidación fueron procesos complejos, protagonizados por militares con trayectorias que oscilaron entre la lealtad, la ambición y el compromiso con nuevas formas de organización política. La combinación de acciones militares, acuerdos políticos y la creación de símbolos nacionales explica por qué figuras como Iturbide y Moreno permanecen en la memoria histórica mexicana.



