Inés Estévez habló con franqueza sobre un episodio que, según ella, inclinó la balanza en un momento difícil de su carrera. En el programa Otro día perdido, conducido por Mario Pergolini y emitido por eltrece, la actriz recordó tanto sus comienzos como las señales que, a su juicio, le marcaron la senda. La charla combinó anécdotas personales, coincidencias dolorosas y un episodio puntual ocurrido en una galería porteña que terminó teniendo peso en su decisión profesional. En estos recuerdos se mezclan la vulnerabilidad de una joven que llegó a Buenos Aires y la certeza de quien percibe indicios difíciles de encuadrar en la razón.
La historia que relató no fue solo un flash emotivo: envolvió personas queridas, pequeñas renuncias y la sensación de estar en un punto de inflexión. Estévez rememoró su partida de Dolores a los 17 años, los días en que llegó a Capital y tuvo que improvisar un techo —llegando incluso a pasar noches en la Terminal de Ómnibus Retiro— mientras ensayaba y trabajaba en teatro con funciones repartidas durante la jornada. En ese contexto de precariedad y empuje, surgieron gestos de quienes la rodearon y, más adelante, una señal que la sorprendió en plena duda sobre si dejar la actuación.
Los inicios y el gesto que la sostuvo
La narración de Estévez incluye un episodio que habla tanto de solidaridad como de destino. Mientras transitaba una etapa en la que pensaba alejarse de los escenarios para dedicarse a otras ideas creativas, recordó a Roberto Palandri, director de la obra en la que trabajaba, quien se ofreció a que ella viviera en su casa por un tiempo para cuidar su gata y regar plantas. Ese ofrecimiento —relató— llegó cuando su situación económica era ajustada y cuando la artista dormía esporádicamente en la terminal; para ella fue un alivio enorme y definió a Palandri como un segundo padre. La relación con él, y la inesperada coincidencia en las fechas de sus muertes, sirven a Estévez como elementos que refuerzan la idea de algo más que mera casualidad.
El aviso en la galería que cambió un plan
La pieza central de su relato tuvo lugar en una pequeña tienda de la galería de Talcahuano, donde buscaba un accesorio para una gala de los Premios Martín Fierro. Allí, atendida por una pareja mayor, eligió una carterita y, cuando se retiraba, uno de los vendedores la detuvo con una frase inesperada: le transmitió que un hombre rubio, de ojos claros, aparecía en el mensaje para decirle que la decisión que estaba por tomar era la correcta. En primera instancia pensó que la referencia al hombre sería su padre biológico, pero el vendedor precisó que el nombre comenzaba con la letra R. Al salir del local, Estévez conectó la descripción con Roberto Palandri y quedó conmocionada: nadie en esa tienda conocía su situación, y el dato caló hondo en un momento de duda profesional.
Reacciones y dudas públicas
En el intercambio con Pergolini hubo humor, sorpresa y escepticismo compartido. El conductor, entre risas, puso en voz alta la incredulidad que muchos sienten ante lo inexplicable, mientras Estévez insistía en la autenticidad de la vivencia: el mensajero era un desconocido que no tenía forma de saber lo que ella pensaba. Para la actriz, ese episodio no fue aislado: en su familia también han ocurrido situaciones similares, como cuando un sobrino atribuyó a su abuelo una presencia reconfortante tras una operación. Estos episodios, según su relato, articulan una percepción de continuidad más allá de lo visible.
Cómo interpreta estas señales
Frente a las dudas se probó una lectura filosófica. Estévez explicó que encuentra en la filosofía japonesa una clave para pensar esos acontecimientos: definió la materia y el espíritu como manifestaciones de una misma sustancia, y afirmó que todo puede entenderse como energía. Con esa mirada, la prioridad no sería tanto el tener o el ser, sino el estar, la experiencia y la sensibilidad que sostienen las decisiones. Ese marco le permite convivir con lo poco explicable sin perder la coherencia práctica: aceptar una señal no anula el análisis racional, sino que lo complementa en su caso.
Una convivencia entre razón y asombro
En su conclusión, Estévez propone una postura mesurada: no se trata de aferrarse a lo sobrenatural ni de despreciar la razón, sino de integrar ambas dimensiones. Para ella, las coincidencias y los mensajes percibidos ayudan a tomar decisiones cuando la incertidumbre profesional se impone. La historia completa, narrada con naturalidad en Otro día perdido, sigue provocando curiosidad: más allá de las creencias individuales, plantea preguntas sobre cómo los seres humanos interpretamos señales y construimos sentido en momentos críticos.
