En la Ciudad de México, una instalación con gradas recuperadas del Estadio Azteca recibe a transeúntes y visitantes: las butacas, grabadas con nombres de jugadores, funcionan como prólogo físico de una exhibición que propone leer al fútbol desde múltiples capas. La muestra, curada por Guillermo Santamarina, permanecerá abierta desde este sábado y hasta el 26 de julio y pretende convertir el museo en un espacio donde el juego se vuelve campo de pensamiento y el público se reencuentra con imágenes y relatos que habitualmente no conviven en una sala.
Al ingresar al recorrido hay una intención clara de activar los sentidos: sonidos de hinchadas, texturas que remiten al césped y elementos arquitectónicos que rehacen el espacio expositivo. El diseño museográfico de Mauricio Rocha transforma el tercer piso en una suerte de estadio simbólico, poniendo énfasis en la experiencia colectiva y en la tensión entre público y dispositivo; esa tensión es, en sí misma, una de las preguntas que plantea la exhibición.
Tribunas, memoria y arquitectura social
La pieza que recibe a las personas, titulada Tribunas (2026) y realizada por el colectivo Tercerunquinto, despliega butacas dispuestas en direcciones opuestas para construir pequeñas plazas de encuentro. Más allá del gesto formal, las gradas funcionan como dispositivo social: cuando los asientos están imaginariamente llenos, conviven voces contrarias en un mismo lugar. Esa lectura del estadio como organización y convocación social conecta con la idea de la exposición de explorar al fútbol como un fenómeno cultural y no sólo deportivo.
Relatos silenciados y la cancha como archivo
Dentro del museo, la narración se fragmenta en obras que funcionan como archivos críticos. La instalación Dechado de impedimentos (2026), de Sofía Echeverri, bordada por futbolistas de la Selección mexicana subcampeona del Mundial de 1971, da voz a experiencias borradas por estructuras de género y trabajo no remunerado. Esa pieza dialoga con otras que interrogan la memoria colectiva: desde un vitral en una portería —Finale II (1990) de Wim Delvoye— hasta un videocolage sobre penales fallados que cruza deporte y coyuntura política. La sala evidencia cómo el fútbol actúa como espejo de la historia social.
Fútbol femenino y testimonios
En los bordados aparecen frases que denuncian condiciones de vida y trabajo: testimonios que muestran que muchas jugadoras debieron compatibilizar labores domésticas con la pasión por jugar. Estas voces, puestas en primer plano, obligan a repensar la memoria deportiva desde la perspectiva de género y a reconocer la invisibilización histórica del fútbol femenino en México.
Penales, política y narrativa mediática
Un videocolage de Diego Berruecos, que compila penales fallados por la Selección desde 1985, articula los errores deportivos con recortes de prensa y momentos políticos, generando una lectura en la que la frustración deportiva se mezcla con la historia nacional. Esa pieza acentúa la idea de que el fútbol no es un circuito aislado, sino un dispositivo que refracta fenómenos culturales más amplios.
Piezas comisionadas y espacios íntimos
La exposición reúne obras históricas y encargos contemporáneos: la reinvención del Lienzo de Tlaxcala por Gabriel Garcilazo, una mesa de futbolito monumental llamada Stadium (1991) que invita a jugar, y una serie de pinturas que cuestionan la mercantilización del deportista en Serie Jugador Estrella (2002). En las llamadas «catacumbas» del museo, Iñaki Bonillas interviene 72 lockers con fotografías del archivo de la Fundación Televisa, ofreciendo un retrato íntimo de jugadores y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la historia de la fotografía analógica —aludiendo al carrete de 35 mm.
Juego y vulnerabilidad
Algunas piezas apelan a la conmoción: la obra Juego de Niños #19: Haram Football de Francis Alÿs (2017) muestra a chicos que juegan con una pelota imaginaria en contextos de violencia, recordando que el juego también puede ser resistencia y supervivencia. Otras propuestas, como Balón Pie (2026) de Jesús Lugo, abren debates sobre lo sagrado y lo humano en torno al balón.
En su conjunto, la exposición busca atraer a quienes habitual o esporádicamente siguen el fútbol para ofrecerles un encuentro con el arte que sea sensorial, crítico y afectivo. Santamarina espera que el eje del deporte funcione como puente para que nuevas audiencias descubran prácticas artísticas y reflexionen sobre el lugar del juego en la cultura contemporánea, mientras el país se aproxima a eventos deportivos de magnitud, como el Mundial que el Estadio Azteca acogerá el próximo 11 de junio.



