Estancia del shah en Cuernavaca: la vida privada detrás de la fuga real

En 1979, cuando el imperio del sha Mohammad Reza Pahlavi se vino abajo, México se convirtió en uno de los refugios inesperados para el monarca depuesto. A 85 kilómetros al sur de la capital, Cuernavaca ofrecía ese clima templado y discreción que buscaban los exiliados de alto perfil. La llegada del shah y su familia a una villa de Avenida Palmira dejó huellas que hoy forman parte de la memoria local: un rincón reservado en un restaurante, obras incompletas y rumores que nunca se confirmaron.

Durante su estancia, el exrey intentó mantener la rutina y los modos que había cultivado durante décadas: seguridad extrema, comidas sofisticadas y visitas selectas. Sin embargo, detrás de esa aparente calma se escondía una realidad médica y política que terminó por truncar su regreso a México y acortar sus días en libertad.

Llegada, alojamiento y la logística del exilio

Con visados próximos a expirar en las Bahamas, las autoridades mexicanas extendieron una invitación oficial. La familia aterrizó el 10 de junio de 1979 en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y se dirigió a la residencia elegida: una villa cercana a un río, jardines abundantes y arquitectura inspirada en modelos europeos. La casa, bautizada luego por la prensa como la Villa del Shah, se alquiló por una suma elevada y contó con un sistema de protección imponente: tres anillos de seguridad que combinaban agentes iraníes, estadounidenses y mexicanos.

Un hogar con reglas propias

En el interior, la vida mantenía protocolos palaciegos: menús con varios tiempos, vajilla de lujo y horarios estrictos. El shah, su esposa Farah Pahlavi y su hijo Reza procuraron limitar sus apariciones públicas. Aun así, hubo dos lugares donde la familia se dejó ver de forma recurrente: el Racquet Club para jugar tenis y el emblemático restaurante Las Mañanitas, donde siempre pedían la misma mesa —la número 14— y platos que mezclaban preferencias europeas y mexicanas.

Entre visitas de poderosos y un secreto médico

La villa recibió contactos de alto nivel: diplomáticos, exfuncionarios y hasta figuras como Henry Kissinger y el exmandatario Richard Nixon pasaron por allí. Al mismo tiempo, el shah dedicó gran parte de sus horas a redactar su memoria, titulada Answer to History, que sería publicada póstumamente. Mientras tanto, sólo unos pocos conocían la gravedad real de su estado de salud: padecía linfoma, una enfermedad que había llevado en secreto durante años.

Tratamiento y partida hacia Estados Unidos

Aunque en México se atendieron síntomas como ictericia —diagnosticada inicialmente como malaria por algunos médicos locales—, la situación se agravó a tal punto que el equipo sanitario decidió que fuera trasladado a Estados Unidos para recibir atención especializada. El embarque se realizó el 22 de octubre, rumbo a un hospital en Nueva York. Las imágenes de su llegada y la cobertura mediática evidenciaron la fragilidad del antiguo monarca.

El final del permiso y la huella en Cuernavaca

Tras recibir tratamiento, el shah esperaba volver a la villa; su visa mexicana vencía el 9 de diciembre. A pesar de las promesas previas del presidente José López Portillo, el contexto internacional —incluida la crisis diplomática entre Estados Unidos e Irán por los rehenes— llevó al gobierno mexicano a negar la renovación. La decisión se comunicó oficialmente a fines de noviembre, impidiendo así su retorno.

Lo que quedó en la ciudad son relatos y objetos concretos: la mesa 14 en Las Mañanitas, una suite conmemorativa en el Hotel y Spa Hacienda de Cortés y una urbanización de lujo que remplazó la vivienda original en Avenida Palmira. También quedaron las leyendas que se alimentaron durante su estancia, como la supuesta incursión de un helicóptero que habría atacado la villa; acontecimientos que nunca fueron comprobados y que probablemente nacieron de la opacidad que rodeó la protección del exmonarca.

El shah no regresó a México: falleció fuera del país el 27 de julio de 1980 en El Cairo. Su esposa, la Emperatriz Farah, sobrevivió y hoy divide su tiempo entre París y la zona de Washington, D.C., mientras que su hijo Reza vive en los Estados Unidos y, con el paso de las décadas, ha reaparecido en el debate público como voz de la oposición iraní. Para quienes recorren Cuernavaca, las huellas del paso real siguen siendo motivo de curiosidad y conversación.