Cuando Lupita Ramos se convirtió en madre, se dio cuenta de que el ajetreo de Nueva York ya no se ajustaba a la vida familiar que deseaba. Junto a su esposo, tomaron la decisión consciente de mudarse a la Ciudad de México, en busca de un estilo de vida que les brindara más conexión, comunidad y espacio para disfrutar de su familia en crecimiento.
Esta historia es parte de la serie ‘Mi sueño americano está en México’ de Mexico News Daily, que examina el creciente movimiento de mexicanos-americanos que deciden construir sus vidas en el país que sus familias dejaron atrás. A través de estos perfiles, la serie investiga las motivaciones detrás de su regreso, cómo navegan entre dos culturas y el sentido de pertenencia que a menudo redescubren en el camino.
De la Bahía a Nueva York
Lupita nació y creció en el área de la Bahía de San Francisco, siendo la mayor de tres hijas de inmigrantes mexicanos que llegaron a los Estados Unidos en busca de oportunidades. Su infancia estuvo marcada por el esfuerzo constante de sus padres, quienes luchaban por ofrecer estabilidad a la familia. Creció en un vecindario de San Bruno donde la cultura mexicana era parte del día a día. “No necesitabas hablar inglés”, recuerda. “Vivimos en la sección donde residían todos los mexicanos. Teníamos todos los lazos.”
A pesar de la cercanía a su comunidad, la asimilación no fue un proceso sencillo. Durante su adolescencia, hablar español en la escuela era mal visto e incluso sancionado. Recuerda haber sido reprendida por utilizar el español y considerada para educación bilingüe solo por ser mexicana, a pesar de dominar el inglés. En casa, el español era obligatorio, junto con una educación rica en música, tradiciones y expresión cultural que más tarde influiría en su trayectoria profesional.
Una trayectoria marcada por la ambición y el cambio
Desde los 18 años, Lupita se adentró en el mundo de los medios hispanos. Comenzó en promociones radiofónicas, enfocándose en audiencias mexicanas. Desde organizar bailes y eventos en discotecas hasta participar en encuentros de fútbol como el México contra Estados Unidos, su carrera se centró en espacios culturales que le eran familiares. “Todo lo que he hecho ha sido mexicano”, señala con orgullo. Esta fluidez cultural se convirtió en un activo valioso que la posicionó en los mercados hispanos y latinos.
En la Universidad Estatal de San José, conoció a su esposo, siendo la primera de su familia en obtener un título universitario. Él, originario de la Ciudad de México, y ella, rápidamente se sintieron conectados. Se casaron jóvenes y, apenas cinco meses después, se mudaron a Nueva York, tras la aceptación de Lupita en un programa de posgrado.
El ritmo acelerado de Nueva York
Durante casi una década, Nueva York fue el escenario donde Lupita dio sus primeros pasos como adulta, tanto en lo personal como en lo profesional. Junto a su esposo, viajaron con frecuencia, exploraron la costa este y realizaron sus primeros viajes a Europa. “Vivimos esa vida de trabajo y esfuerzo,” recuerda. En ese momento, la maternidad no formaba parte de sus planes, y Nueva York ofrecía la energía que tanto anhelaba en sus veintes.
El cambio hacia la maternidad
Al llegar a los 30 años, Lupita vivió un cambio sutil pero importante. No se trató de una urgencia, sino de una toma de conciencia. Vio a amigos y colegas enfrentar dificultades para concebir, lo que la llevó a cuestionar su propio futuro como madre. A pesar de su confianza en el ámbito académico y profesional, la maternidad era un territorio desconocido.
Cuando finalmente quedó embarazada en Nueva York, experimentó una mezcla de emoción y reflexión sobre cómo cambiaría su vida diaria con un hijo. Las largas distancias, los horarios rígidos y el alto costo de la crianza chocaban con la vida familiar que deseaba. “Simplemente no tenía sentido,” recuerda.
Decidiendo el lugar adecuado
La decisión de dejar Nueva York no implicó un rechazo hacia la ciudad, sino un reconocimiento de que la vida que había construido allí ya no se alineaba con su nueva realidad. Aunque California, donde vivían sus padres, era una opción válida, fue su esposo, con casi 14 años en los Estados Unidos, quien sugirió regresar a México. La idea de criar a su hijo cerca de la familia se convirtió en un ancla emocional.
Lupita había visitado la Ciudad de México en el pasado, pero solo de manera superficial. “No imaginé una vida aquí,” confiesa. Sin embargo, a medida que discutían la posibilidad, la mudanza comenzó a parecer menos un salto al vacío y más un paso natural hacia su futuro.
Los retos de la maternidad y el nuevo hogar
La maternidad, según Lupita, no llega de manera gradual. Se presenta de forma contundente y transforma todo a su alrededor: tiempo, energía e incluso la identidad. Este cambio no siempre es negativo, pero es totalizador. Sin un sólido sistema de apoyo, la carga suele recaer sobre la madre.
“No tienes un momento para ti misma,” afirma. “No puedes enfermarte. No puedes detenerte. Eres la enfermera, la maestra, el consuelo — lo eres todo.” A pesar de contar con la ayuda de su pareja, el balance nunca parece equitativo. Las realidades físicas, como la lactancia, y las emocionales son difíciles de equilibrar. La madre se encuentra frecuentemente evaluando sus acciones y cuestionando cada respuesta.
La llegada de la maternidad redefine la identidad de una mujer de manera más sutil. Aunque no deja de ser ella misma, se siente sobrecargada de responsabilidades. La presión emocional de ser madre puede ser abrumadora, especialmente en la construcción de la comprensión del mundo por parte de los niños. “Nuestras mentes están constantemente en movimiento,” explica Lupita. “Por eso es agotador.”
Redefiniendo la vida en la Ciudad de México
Al mudarse en 2018, el ajuste a la Ciudad de México no fue sencillo. Familiares cuestionaron su decisión, considerándola un retroceso respecto a la lucha de sus padres. Contaba con un título de posgrado, una carrera y una vida estable en EE. UU. ¿Por qué regresar a México para enfocarse en la maternidad?
En ese entonces, la Ciudad de México era muy diferente a la que muchos conocen hoy. El inglés no era común en vecindarios como Condesa o Roma, y Lupita tuvo que adaptarse a un entorno nuevo. Pasó de navegar Nueva York con independencia a enfrentar la logística, el idioma y rutinas poco familiares. Hasta las tareas diarias, como salir con el cochecito, requerían una planificación cuidadosa.
Socialmente, la transición fue igualmente complicada, ya que entró en el mundo de su esposo: su familia, amigos y su ciudad. A pesar de su identidad como mexicano-americana, a menudo le recordaban que no encajaba en el molde esperado. “La gente asumía que me adaptaría fácilmente,” relata. “Pero ser mexicano-americano y ser mexicano aquí son cosas muy diferentes.”
Una vida más plena en el nuevo entorno
A lo largo del tiempo, Lupita comenzó a replantearse su concepto de éxito y estabilidad. El sueño americano, tal como lo había entendido, ya no era el referente adecuado. En Estados Unidos, proporcionar un cierto estilo de vida a menudo requería trabajar más y estar presente menos. En México, la vida se movía a un ritmo diferente. La familia y la comunidad tomaban prioridad, y había espacio para estar presente.
Con el tiempo, reconstruyó su sentido de identidad. Aprendió a conocer la ciudad como lo hizo con Nueva York, de manera lenta e intencionada. Se esforzó por hacer amistades y mostrarse como algo más que una madre. “Tuve que reprogramarme,” dice. “Eres más que solo una mamá.”
La Ciudad de México se convirtió en un lugar que encajaba con su vida: no perfecto ni fácil, pero sostenible. Criar a sus hijos allí ha agudizado su conciencia sobre lo que desea que aprendan más allá de lo académico. La desigualdad social en la ciudad es evidente, y ella valora que sus hijos sean testigos de esa realidad desde una edad temprana.
Mirando hacia el futuro
El futuro no debe ser una carga que defina rígidamente nuestras vidas. Imagina a tus hijos viviendo en EE. UU. —el instituto, el baile de graduación, el deporte, la universidad— mientras están conectados a sus raíces en México. Lo primordial aquí es la flexibilidad y la capacidad de adaptación a las diferentes etapas de la vida.
“Sí,” afirma con convicción, “definitivamente estoy viviendo el sueño mexicano.” A diferencia del sueño americano que ella conoció, centrado en el logro, en México el enfoque ha cambiado. Ahora no se trata solo de acumular, sino de construir una vida significativa. El ritmo es más pausado. El tiempo parece menos apremiante. La familia y la comunidad son ejes fundamentales en la vida cotidiana.
Lupita es consciente de los sacrificios que ha realizado. No todo es más fácil, y los sistemas funcionan de maneras diferentes. Sin embargo, en esta etapa de su vida, los valores que refuerza México están alineados con lo que desea para su familia. Después de años de esfuerzo y movimiento, ha optado por una vida que permite soñar —no solo sobre lo que sus hijos podrían llegar a ser, sino sobre cómo van a vivir.



