Desplazamientos cerebrales en astronautas: qué revelan resonancias magnéticas

La exposición prolongada a la microgravedad altera la distribución de fluidos corporales y produce cambios medibles en la posición del encéfalo dentro del cráneo. Un trabajo publicado en PNAS y registrado el 20 de febrero de 2026 examinó resonancias magnéticas de 26 astronautas antes y después de misiones largas y detectó movimientos regionales del cerebro, algunos superiores a 2 mm. Estos hallazgos reabren el debate sobre cómo proteger la función neurológica en viajes de larga duración.

Los autores principales, Tianyi Wang y Rachael D. Seidler, describen que la ausencia de la fuerza gravitatoria modifica las tensiones internas y la posición relativa del tejido cerebral frente al hueso craneal. Aunque las variaciones parecen sutiles en términos absolutos, en el espacio confinado del cráneo tienen repercusiones funcionales que conviene entender antes de misiones a destinos como la Luna o Marte.

Qué midió el estudio y cómo se hizo

Para identificar cambios finos, el equipo utilizó resonancia magnética de alta resolución y alineó las imágenes con la referencia ósea del cráneo. Dividieron el cerebro en más de 100 regiones anatómicas para detectar deformaciones regionales y no sólo variaciones globales. Esta metodología permitió cuantificar traslaciones y rotaciones en tres ejes, evitando que promedios globales ocultaran movimientos locales relevantes.

Resultados cuantitativos

Los análisis revelaron un patrón consistente: el encéfalo tiende a moverse hacia arriba y hacia atrás dentro del cráneo tras misiones largas. En tripulaciones con estancias cercanas al año, una región vinculada al control motor mostró un desplazamiento medio de 2,52 milímetros. Además, se observaron rotaciones sutiles y desplazamientos heterogéneos entre distintas áreas, lo que indica que el cerebro no se comporta como un bloque rígido sino como una estructura con movimientos y deformaciones locales.

Mecanismos y relación con síntomas

El principal desencadenante apunta a la redistribución de líquidos hacia la cabeza en ausencia de gravedad, lo que altera presiones intrarraquídeas y la tensión ejercida sobre el encéfalo. En palabras de los investigadores, el cerebro llega a «flotar» en condiciones distintas a las terrestres, sometiéndose a fuerzas y alineaciones diferentes.

Impacto sobre el equilibrio

El trabajo encontró asociaciones significativas entre ciertos desplazamientos y la disminución del rendimiento en pruebas de equilibrio (por ejemplo, la SOT-5M). En particular, el desplazamiento de la ínsula posterior izquierda se asoció con un descenso medible en estabilidad al volver a la Tierra. Esto sugiere que además de adaptaciones sensoriales y motoras en vuelo, la reubicación física de zonas cerebrales puede complicar la readaptación postvuelo.

Persistencia, riesgos y contramedidas

La mayoría de los cambios documentados tienden a revertir en un periodo aproximado de seis meses en la Tierra, pero algunas alteraciones —como el desplazamiento posterior— pueden permanecer más allá de ese plazo. Los autores subrayan que estos resultados no constituyen una contraindicación para viajar al espacio, pero sí demandan un enfoque preventivo para misiones de mayor duración.

Entre las posibles estrategias se mencionan sistemas capaces de modular la redistribución de fluidos, la implementación de gravedad artificial parcial en fases de la misión y un monitoreo neurológico más detallado durante y después del vuelo. También se plantea revisar protocolos de rehabilitación para acelerar la recuperación del equilibrio y la función sensoriomotora tras el regreso.

Implicaciones para exploración humana

Con la expansión de la exploración tripulada y el interés por estancias más largas en órbita o en otros cuerpos, entender cómo cambia la neuroanatomía es esencial para diseñar hábitats, rutinas y contramedidas que minimicen riesgos funcionales. Este estudio aporta datos que deberán incorporarse a planes médicos y operativos de agencias como NASA y socios internacionales.

En síntesis, las resonancias magnéticas realizadas a 26 astronautas ofrecen evidencia concluyente de que la microgravedad provoca desplazamientos cerebrales milimétricos con consecuencias prácticas en el equilibrio y la adaptación postvuelo. El reto ahora es traducir ese conocimiento en soluciones tecnológicas y protocolos clínicos que permitan misiones más seguras y sostenibles a largo plazo.