En 2011, consideré un viaje en globo aerostático en Marne-la-Vallée, Francia, a unos 32 kilómetros al este de París. El piloto, con entusiasmo contagioso, me invitó a embarcarme en esta aventura, prometiendo un recorrido lleno de belleza y seguridad. Sin embargo, el miedo me detuvo. La idea de elevarme a una gran altura, donde la realidad se transforma y los pensamientos se confunden, era abrumadora. A 9,000 pies, el miedo puede ser tan opresivo que parece que no hay espacio para respirar.
La experiencia de mirar hacia abajo desde una gran altura es vertiginosa; la percepción del mundo cambia drásticamente. Recordé la historia de Steven Millhauser, titulada “Vuelo en globo, 1870”, donde el protagonista, suspendido en el aire, observa un mundo que ya no puede reconocer. A esa altitud, las fronteras y las diferencias humanas se desvanecen. El narrador expresa una profunda inquietud: “¡Qué aborrecibles son las alturas! Aquí solo existe la muerte de los sueños…” Esto sugiere que la altura puede traer una sensación de desasosiego.
El despertar de la realidad
En la madrugada del 3 de enero de 2026, la distancia entre Buenos Aires y Caracas, que es de aproximadamente 5,000 kilómetros, se convirtió en una experiencia tangible de altura y confusión. En un giro inesperado, me encontré pilotando un globo aerostático. Lo primero que sentí fue un profundo silencio. Las imágenes que se desarrollaban eran sobrecogedoras: explosiones, helicópteros y drones surcando el cielo, creando destellos que recordaban a un espectáculo de fuegos artificiales, una celebración que, aunque tardía, parecía ser recibida con esperanza.
El dilema entre miedo y esperanza
El silencio en el aire contrastaba con la confusión en el suelo. Las noticias que llegaban a través de las pantallas anunciaban la captura del dictador. Aunque él había sido removido, la dictadura persistía, generando un sentimiento de desasosiego difícil de ignorar. El globo giraba en un sentido mientras el mundo parecía hacerlo en otro, una sensación de caos palpable. Desde las alturas, los pequeños seres invisibles que habitaban la tierra también sentían esa misma agitación.
El miedo se entrelazaba con la esperanza, resultando en un torrente de desánimo. Recordé aquellos días de diciembre de 1935, cuando la muerte del tirano Gómez no significó el final del gomecismo, sino que la verdadera transformación tardó muchos años en llegar.
El eco de la verdad
En medio de esta confusión, surgieron las voces de los comentaristas. Algunos afirmaban que el dictador se había auto secuestrado, mientras otros hablaban de traiciones y conspiraciones. Álvaro Frutos, en su análisis, nos recuerda que a menudo somos como niños, viendo un escenario que no comprendemos completamente. En Nueva York, el dictador se presentaba como un hombre decente, lo que provocaba que el público, cansado y vacío, reaccionara con desdén.
La búsqueda de justicia
Un juez, venerable y con 92 años de experiencia, permanecía impasible ante el caos. Su enfoque estaba en la justicia, dejando de lado la verdad, preguntándose si la devastación moral y la humillación eran comprobables. Es un mito que desde lo alto se pueda ver toda la verdad. Para descender, el globo necesita liberar aire caliente, pero al volver al suelo, la confusión y el desconcierto permanecen. En lugar de buscar respuestas inmediatas, quizás sea más apropiado cerrar los ojos y escuchar los gritos de millones de seres invisibles que llevan años clamando por un cambio.
Como bien decía Kafka, a veces es suficiente con quedarse quieto y esperar. “El mundo se te ofrecerá para desenmascararlo”, afirmaba, sugiriendo que la verdad no puede hacer otra cosa que revelarse ante nosotros.


