En las colinas cercanas a San Miguel de Allende, un grupo de mujeres se reunió en Rancho Baile de la Luna para participar en un Spirit Horse Journey que celebraba el año chino del Caballo de Fuego. La jornada combinó actividades físicas como yoga con prácticas ceremoniales —cartas con afirmaciones, smudging con salvia y un círculo con los animales sueltos— y, contra todo pronóstico, también incluyó un incendio real que llegó a amenazar la calma. Aquella mezcla de ritual, riesgo y equinos nerviosos produjo un escenario en el que lo simbólico y lo tangible se entrelazaron, llevando a varias participantes a confrontar emociones que hasta entonces habían mantenido en reserva.
La dinámica del encuentro
Doce mujeres, con edades que iban desde los veinte hasta los setenta años, se presentaron en el rancho vestidas entre atuendo vaquero y ropa de yoga para ofrecer una palabra que resumiera su estado mental. La anfitriona, Chris, propietaria del rancho y amante de los caballos, y Amy, instructora y comunicadora con los equinos, guiaron la mañana. Antes de la llegada al ruedo, algunas compartieron afirmaciones en un grupo de WhatsApp proponiendo elegir coraje, actuar con integridad y abrirse a la abundancia durante el año. La práctica de yoga y una meditación en shavasana prepararon cuerpos y mentes; luego, en el círculo con cartas de intención, cada mujer leyó en voz alta su afirmación, lo que ayudó a establecer la apertura y la vulnerabilidad necesarias para el siguiente ejercicio.
El fuego, literal y simbólico
Mientras las instrucciones fluían, el rancho se vio rodeado por un incendio en la vegetación cercana; el crepitar y el humo entraron en la escena y tensionaron a los caballos. La sirena de los bomberos no tardó en llegar y, gracias a su intervención, las llamas se detuvieron en un cauce seco antes de avanzar más. No obstante, el estrés generado por el fuego alteró el comportamiento de varios animales: una yegua llamada Morita embistió hacia el círculo y otra, Amiga, quedó momentáneamente atorada al intentar seguirla, resultando con heridas leves que requirieron atención en el establo. La necesidad de atar y resguardar a los equinos hizo que parte del programa se reconfigurara y que participantes y anfitriones se movilizaran para contener la situación.
Reacción y manejo de emociones
Al calor de una fogata improvisada, Jeff, colaborador del rancho, sugirió una técnica simple para lidiar con la oleada emocional: asignar un número del uno al diez a lo que se siente y visualizar cómo baja ese número con la respiración. Esa propuesta facilitó un espacio donde, entre humo, mantas mexicanas y sillas rústicas, las asistentes comenzaron a verbalizar temores, tensiones y esperanzas. El viaje —entendido como proceso interior— tomó entonces un giro comunitario: el peligro externo servía de espejo para los rescoldos internos de cada una, y la conversación compartida permitió que algunas capas de reserva se quemaran, dejando paso a confesiones más sinceras y a la sensación de avance.
Lecciones del caballo de fuego
La experiencia transformó lo inesperado en enseñanza. Morita, la yegua que cargó contra el círculo, pareció transmitir con su conducta un mensaje de quietud: muchos participantes recordaron un instante en que la inmovilidad fue la respuesta más segura y, sobre todo, más valiente. La ceremonia de smudging con salvia, las cartas con afirmaciones —una de ellas decía ‘‘Los obstáculos son desvíos en la dirección correcta’’— y la intervención práctica ante Amiga reforzaron la idea de que los contratiempos forman parte del proceso. Al final del día, la mezcla de ritual y contingencia real hizo evidente que la energía del Caballo de Fuego no apunta a pasos lentos, sino a movimiento decidido hacia lo que corresponde afrontar.
Qué esperar y recomendaciones
Las jornadas de Spirit Horse Journey en Rancho Baile de la Luna se ofrecen a lo largo del año y están diseñadas para integrar trabajo corporal, contacto ecuestre y momentos de introspección guiada. Los organizadores recuerdan que los cupos son limitados y que estas experiencias combinan elementos prácticos —atención veterinaria, manejo de animales y seguridad— con prácticas ceremoniales que requieren apertura emocional. Para quienes buscan participar, es recomendable llegar con mentalidad de aprendizaje, seguir las indicaciones del equipo y entender que lo que ocurra en el rancho puede mezclar lo inesperado con lo revelador.
La crónica fue escrita por Peggy Sijswerda, quien divide su tiempo entre San Miguel de Allende y Países Bajos, y que ha publicado memorias de viaje. La jornada en el rancho resumió muchas tensiones contemporáneas: la necesidad de comunidad, el deseo de renovación y la forma en que una experiencia con animales puede convertirse en catalizadora de cambios personales. Si bien algunos podrían calificarla de woo-woo, para las asistentes fue una combinación real de práctica, riesgo y honestidad que abrió puertas hacia nuevos comienzos.



