Durante varios días sentí una presión constante en el pecho, una mezcla de ruido, responsabilidades y preguntas sin respuesta que no cedían. Esa mañana no buscaba discutir lo que me pasaba ni analizarlo: necesitaba una ocupación corporal y mental tan nítida que no dejara espacio para la rumia. Salimos al amanecer desde Bucerías, al norte de Puerto Vallarta, con la idea simple de poner distancia entre el problema y mi respiración.
El viaje no era una escapada puntual, sino una apuesta por el movimiento como herramienta. La motocicleta —a la que llamábamos Dora, una Honda XR190— activó una serie de estímulos que obligaron a mi atención a concentrarse en el aquí y ahora. Ese tipo de práctica, conocida informalmente como throttle therapy (o terapia del acelerador), plantea que las entradas constantes y exigentes del manejo pueden funcionar como mecanismo de regulación emocional.
Salida y precisión: la carretera como foco
Partimos con la luz del amanecer aún tenue; las calles de Bucerías lucían calmadas y la humedad costera marcaba el aire. Al incorporarnos a la ruta, la sensación del viento cortando el rostro hizo que el pensamiento se condensara en una sola tarea: sostener la línea y responder a las sensaciones. En tramos como Las Juntas la carretera estaba húmeda y la moto pedía entradas precisas: cambios de marcha medidos, frenos dosificados y postura atenta. La interacción entre suspensión, neumáticos y el cuerpo produjo una retroalimentación inmediata que acalló la acumulación de pensamientos.
A medida que avanzamos hacia Ixtapa, las curvas se cerraron y la exigencia aumentó. Cada viraje exigía sincronía: anticipar la trazada, ajustar frenado y solicitar potencia en el momento justo. La concentración no era intelectual sino somática; la información que venía del asiento, del agarre al manillar y del rugido del motor ocupó todo el campo mental. Familiarizarse con la carretera produjo una calma distinta: no una ausencia de preocupación, sino un desplazamiento de su peso hacia el fondo.
Mirador y pueblo: pausa para recomponer
San Sebastián de Oeste
Al ganar altura, el paisaje cambió: pinos y encinos se apiñaron a la vera del asfalto y el aire se volvió más frío y penetrante. Hicimos una parada en el mirador junto al puente fuera de San Sebastián de Oeste, donde la vista sobre el valle ofrecía una sensación de escala que reduce lo urgente. El viento tiraba de chaquetas y cascos; me acerqué al borde y dejé que el pecho se expandiera. El pueblo, con sus tejas rojas y calles empedradas, parecía moverse a otro ritmo: un café caliente y un pan compartido sirvieron para fijar la pausa necesaria.
Cerro de la Bufa
Desde el pueblo emprendimos la caminata hacia El Cerro de la Bufa, un ascenso que continuó la lección de atención: cada paso exigía balance y presencia. El sendero cruzaba raíces y piedras sueltas; la respiración y el apoyo de los pies se convirtieron en el ancla. La cima regaló una vista amplia de la Sierra Madre, con crestas que se perdían en la bruma. Allí la sensación que llevaba días en el pecho quedó dimensionada: seguía existiendo, pero ya no dominaba la experiencia. El viento en la cumbre actuó como un limpiador brusco y necesario.
Descenso y regreso: la acumulación que se disipa
Volver a la motocicleta implicó reentrar en la cadena de acciones que habían comenzado la mañana: trazadas calculadas, frenar con antelación, abrir gas con suavidad. En el descenso la gravedad recordó que el movimiento tiene doble filo: exige atención constante y puntea la adrenalina. El frío se intensificó en los cascos y la risa que surgió no fue dramatizada felicidad sino reconocimiento de claridad: estar completamente presente trae sus propias recompensas físicas y mentales.
La ruta de regreso por la carretera 544, pasando por El Colorado y Las Palmas de Arriba, mostró cómo cambian los estímulos con la altitud: la humedad y el olor de pino cedieron paso a un aire más cálido y matices de vegetación costera. En la bajada noté detalles que había pasado por alto: la textura del asfalto, pequeños ajustes en la mecánica del motor, la luz filtrándose entre ramas. Al regresar a la costa y a la plaza donde iniciamos, la presión en el pecho no había desaparecido por completo, pero su agarre se había debilitado. A veces, eso es suficiente.
Este relato recoge la experiencia de Charlotte Smith, escritora y periodista radicada en México, que explora viajes, comunidad y política. Puedes encontrar más de sus textos en www.salsaandserendipity.com. La historia confirma que, para algunos, la terapia llega cuando la carretera exige atención y el cuerpo responde.