Cómo las tensiones internacionales han marcado los mundiales celebrados en México

El regreso del Mundial 2026, que se celebrará parcialmente en México, ha vuelto a poner en primer plano una realidad recurrente: cuando el torneo se organiza en suelo mexicano, la competición se ve salpicada por fricciones políticas y militares. La clasificación final y la presencia de selecciones de Oriente Medio han suscitado dudas sobre logística, seguridad y decisiones de FIFA, con ecos de episodios del pasado que muestran cómo el deporte puede convertirse en catalizador o espejo de conflictos.

Este artículo recorre tres momentos clave: el tramo clasificatorio que precedió al Mundial de 1970 y la llamada Guerra del Fútbol; las complicaciones derivadas de la guerra Irán-Irak (1980-1988) antes de la cita de 1986; y las tensiones contemporáneas alrededor de la participación de Irán en 2026. Analizaremos causas, consecuencias y las decisiones puntuales que tomaron federaciones y organismos internacionales.

El episodio de 1969 y la escalada entre El Salvador y Honduras

Cuando se disputaron las clasificatorias para el Mundial 1970, el enfrentamiento entre Honduras y El Salvador trascendió lo deportivo. El 8 de junio de 1969 se jugó el primer partido en Honduras y el 15 de junio se repitió la serie en San Salvador; la eliminatoria se completó el 27 de junio en Ciudad de México. Esos encuentros estuvieron marcados por incidentes: se lanzaron piedras contra el hotel rival, hubo disturbios en los estadios y medidas de seguridad excepcionales, como el traslado de jugadores en vehículos blindados. La victoria final de El Salvador en México —3-2— le dio el pase al torneo, pero la situación entre ambos estados ya era explosiva.

Las raíces del conflicto iban más allá del césped: la disputa por tierras, tensiones económicas y la presencia masiva de emigrantes salvadoreños en Honduras alimentaron el resentimiento. Días después de la última eliminatoria, el 14 de julio, las fuerzas armadas salvadoreñas cruzaron la frontera, dando inicio a lo que se conoce como la Guerra de 100 horas, con estimaciones de víctimas que oscilan entre 3.000 y 6.000, la mayoría civiles. El episodio dejó claro que en determinados contextos nacionales un partido puede servir de detonante para crisis mucho mayores.

1986: el Mundial en México y la sombra del conflicto entre Irán e Irak

Dieciséis años después, la celebración del Mundial en México también coincidió con un conflicto armado relevante en Oriente Medio. La guerra Irán-Irak llevaba años desangrando a la región y planteó problemas prácticos para las clasificatorias: FIFA impuso la condición de jugar encuentros ‘locales’ en sedes neutrales por seguridad. La federación iraní objetó esa medida, lo que desembocó en su descalificación según las normas de la época, mientras que Irak programó sus partidos ‘en casa’ en el King Fahd Stadium de Arabia Saudita y logró acceder al torneo.

El caso ilustró la tensión entre la voluntad de mantener la competición y la necesidad de proteger a jugadores y afición. También evidenció cómo los partidos pueden verse condicionados por decisiones políticas y alineamientos internacionales que cambian la fisonomía de las eliminatorias.

2026: logística, diplomacia y la incógnita de Irán

En la antesala del Mundial 2026, la situación del Oriente Medio ha vuelto a generar incertidumbre. La clasificación de Irán —su sexta presencia en la fase final— plantea interrogantes porque la mayor parte del torneo se juega en países con tensiones militares y diplomáticas con Teherán. El equipo iraní se ha asentado temporalmente en Turquía para su preparación y, aunque sus partidos de grupo están previstos en los Estados Unidos, la opción de disputar encuentros en México ha sido planteada informalmente por autoridades iraníes y por la federación; sin embargo, FIFA parece reacia a cambiar sedes cuando el calendario está avanzado.

Problemas de calendario y movimientos de otros equipos

La selección de Irak pidió retrasar su partido final de clasificación originalmente fijado para el 31 de marzo en Monterrey, citando dificultades de desplazamiento por cierres de rutas aéreas y cancelaciones de vuelos en la región. FIFA mantuvo la fecha, y, según informes, el combinado iraquí planeó viajar a México en avión privado para cumplir con el compromiso. Al mismo tiempo, selecciones de la región como Jordania, Qatar y Arabia Saudita ya han asegurado su plaza, lo que reduce pero no elimina los retos logísticos.

Presiones internas en Irán y decisiones deportivas

En Teherán, la situación interna también complica la continuidad de la selección. Informes apuntan que el presidente de la federación, Mehdi Taj, comentó la posibilidad de un boicot a partidos en Estados Unidos —aunque no se trató de una decisión definitiva— y hubo debates sobre trasladar sede de partidos a México. Además, la exclusión del delantero Sardar Azmoun tras una fotografía con el gobernante de Dubái desató polémica, y el caso de jugadoras iraníes que solicitaron asilo en Australia tras negarse a cantar el himno puso de manifiesto la presión política sobre el fútbol nacional.

Reflexión final: el deporte como termómetro político

Los Mundiales celebrados en México han demostrado que el fútbol no es inmune a la geopolítica: desde la Guerra del Fútbol hasta las complicaciones por conflictos en Oriente Medio, la organización y la presencia de selecciones han dependido tanto de decisiones administrativas como de contextos internacionales. Con la suspensión indefinida de Rusia tras la invasión de Ucrania y la posibilidad de que la afición exprese su postura ante determinados partidos, el torneo de 2026 promete ser tan intenso fuera del campo como dentro.

Más allá de las alineaciones y los resultados, el Mundial servirá otra vez como espejo de tensiones globales: los organizadores y las federaciones deberán equilibrar la seguridad, la diplomacia y el valor simbólico del deporte para que la competición cumpla su promesa de reunir naciones en torno al fútbol.