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4 junio 2026

Cómo las siestas chocan con los ruidos del vecindario en México

Relato personal sobre cómo intento combinar mi necesidad de dormir con las constantes interrupciones del vecindario en México

Cómo las siestas chocan con los ruidos del vecindario en México

Soy de esas personas que se despiertan con la luz del día: el cuerpo se activa temprano y, aun así, mi ideal sería dormir mucho más. Necesito alrededor de 10 horas cada 24, una cifra que suena razonable hasta que la vida diaria se interpone. En la práctica, mi noche se queda entre seis y ocho horas, y ahí entra la importancia de la siesta: un descanso de una o dos horas por la tarde que me ayuda a recuperar fuerzas.

En un mundo perfecto la siesta sería un rito inviolable; en mi casa en México, no lo es. Tengo una hija que reclama atención justo cuando intento dormir y, aun cuando dejo una película para que esté entretenida, aparece para pedir snacks o buscar un juguete que de repente se volvió una emergencia. Además, mi domicilio recibe constantes visitas que hacen que conciliar el sueño sea casi una proeza.

Interrupciones habituales en la puerta

El timbre suena con una frecuencia que me sorprende: fácilmente cinco veces al día alguien llama a mi puerta. No es mala intención, es la rutina del barrio. Hay quienes recogen la basura con un camión que no sube hasta la calle de la casa, vendedores ambulantes de frutas y verduras con su hijo a cuestas, y una mujer indígena con un niño que ofrece flores en idiomas distintos al español. También pasa la señora del Yakult los miércoles, y un hombre uniformado que hace rondas nocturnas pide una pequeña contribución semanal de 10 pesos para su guardia vecinal.

Pequeños objetos, grandes interrupciones

Los vendedores traen productos que parecen inventados para captar la atención del comprador y la mía: bolígrafos que funcionan como limpiapantallas para el móvil, rompecabezas 3D de fabricación china que mi hija adora a pesar de su calidad cuestionable, y paletas o golosinas ofrecidas a cambio de una donación para alguna causa. A veces los puestos ambulantes desaparecen (echo de menos al vendedor de helados), y otras veces reaparecen traen objetos nuevos que me obligan a levantarme.

El paisaje sonoro: del perro al megáfono

Además de las visitas humanas, el entorno acústico contribuye a la falta de silencio. Un perro en la casa contigua ladra con prontitud ante cualquier estímulo: una sombra, una mochila que pasa, o simplemente el viento. La colocación del can hace que los ladridos se cuele directamente en las habitaciones frontales, obligando a pausar la televisión hasta que el perro se calme. Mis vecinos intentan controlar el animal, pero en barrios como este el perro funciona como una suerte de guardia informal contra intrusos.

Campanas, canciones y megáfonos

Los sonidos del barrio no terminan ahí. Hay quien anuncia la recolección con un repique de cencerro, el camión del gas recorre las calles con su canción característica, y el afilador local usa un silbato agudo para avisar de su paso. Los puestos de comida —elotes, tamales— también se anuncian a viva voz, y en ocasiones un vehículo con megáfono ofrece comprar electrodomésticos grandes. Todo esto compone una banda sonora constante que convierte la calma en algo esporádico.

Adaptaciones y resignación

Intentar imponer silencio no funciona: la costumbre social aquí es distinta y la mayoría de la gente no ve problema en los sonidos cotidianos. Me siento como la extranjera que se frustra cuando el timbre suena por sexta vez en horas; sin embargo, he aprendido ciertas estrategias prácticas. Si espero una entrega, me apoyo en mi oreja menos sensible: tumbarme sobre la que «oyes mal» ayuda a ignorar el mundo exterior. Usar audífonos con ruido blanco o planificar siestas en ventanas temporales son tácticas útiles para maximizar el descanso.

Aceptación como herramienta

Al final, he comprendido que vivir aquí implica negociar con el entorno: aceptar que hay ruidos, aprender a priorizar la atención a mi hija y a disfrutar de las ventajas que la vida en este lugar ofrece, como la cercanía de vendedores y la conveniencia de las entregas. Si la tranquilidad absoluta es prioritaria para alguien, mi recomendación es clara: este tipo de vecindario no es el más indicado; si no, es cuestión de adaptar hábitos y, si se puede, valorar la oreja mala como una bendición práctica.

Este artículo fue publicado por primera vez en 2026. La autora escribe desde Xalapa, Veracruz, y relata las pequeñas batallas cotidianas entre la necesidad de dormir y la vivacidad del vecindario.

Autor

Beatrice Faggin

Beatrice Faggin obtuvo documentos oficiales sobre una licitación tras una semana de acceso a los registros; es redactora de desk que construye reportajes investigativos y coordina el fact-checking interno. Genovesa de nacimiento, mantiene una base de datos personal de contratos públicos consultable en la redacción.