Las fronteras no son solo líneas en un mapa: son escenarios donde convergen economía, seguridad y cultura. En este texto vinculamos dos episodios que muestran esa realidad en la frontera entre México y Texas: por un lado, la actividad de los tequileros durante la Prohibición de estados unidos y, por otro, los planes recientes para levantar barreras en la región del Big Bend. Ambos casos ilustran cómo las políticas y las necesidades locales moldean el territorio y afectan a comunidades y ecosistemas.
Al combinar la memoria histórica con los debates contemporáneos, se destacan patrones repetidos: respuestas estatales contundentes, afectación de poblaciones fronterizas y una tensión permanente entre control y vida cotidiana. A continuación se exploran orígenes, dinámicas y consecuencias de esos dos capítulos de la frontera.
De la demanda prohibicionista al negocio del tequila
Cuando en 1919 entró en vigor la Prohibición en Estados Unidos, se abrió una ventana para el comercio ilícito que aprovechó la proximidad geográfica y social entre ambos lados del Río Grande. Pequeños grupos conocidos como tequileros transportaban bebidas alcohólicas, especialmente tequila y coñac, desde poblaciones mexicanas hacia puntos de venta en Texas. Estas operaciones, a menudo compuestas por tres a seis jinetes y varias mulas, confiaban en el conocimiento local de pasos poco profundos del río y en redes familiares que cruzaban la frontera.
Organización y logística del contrabando
Los tequileros empaquetaban productos en animales de carga protegidos con paja o hierba para evitar roturas y el ruido que pudiera delatar la travesía. Una mula podía llevar más de cincuenta botellas; en una intercepción se incautaron 550 botellas, lo que sugiere trenes de once animales o más. Aunque el comercio resultaba lucrativo —los decomisos locales se valoraban en montos equivalentes a decenas de miles de dólares actuales— también implicaba riesgos serios: decomisos, pérdida de animales y enfrentamientos armados.
Choque con la autoridad
En febrero de 1927 en el condado Jim Hogg, agentes de la aduana estadounidense a caballo se encontraron con un grupo de traficantes que venían de México; hubo intercambio de disparos, un muerto y la confiscación de varios cientos de botellas. El combate refleja la mano dura desplegada por cuerpos como la Texas Ranger y la aduana, que en muchos casos actuaron con violencia y fueron retratados en corridos como Los Tequileros, canciones que inmortalizaron a los contrabandistas como figuras populares o víctimas de excesos policiales.
Big Bend: cuando la seguridad trastoca paisajes y patrimonios
Un siglo después de las historias de los tequileros, la agenda de seguridad fronteriza vuelve a transformar el entorno. En el sector del Big Bend —una región remota que incluye ranchos, pueblos pequeños, Big Bend Ranch State Park y Big Bend National Park—, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza ha planificado la instalación de barreras y tecnología de vigilancia a lo largo de cientos de millas.
Exenciones y controversia
Para acelerar los proyectos, el Departamento de Seguridad Nacional emitió exenciones de numerosas leyes ambientales y de protección cultural, lo que ha alarmado a residentes, autoridades locales y arqueólogos. Especialistas señalan que estas franjas contienen vestigios milenarios y sitios sagrados; la exención de la Native American Graves Protection and Repatriation Act y otras normas ha generado críticas por el riesgo de destrucción irreversible del patrimonio.
Impactos comunitarios y ambientales: un patrón persistente
Las voces locales, desde jueces de condado hasta guías de río, han expresado rechazo. Habitantes como Charlie Angell, que opera expediciones en el Río Grande, advierten que un muro fragmentaría corredores de fauna —javelinas, zorros, linces— y dañaría yacimientos arqueológicos como El Polvo. Funcionarios de condado han calificado la intervención como una solución parcial que no atiende las raíces del fenómeno migratorio y que sacrifica espacios naturales por razones políticas.
Continuidades entre pasado y presente
Si bien las circunstancias difieren —contrabando motivado por la Prohibición frente a proyectos de seguridad masiva impulsados por el financiamiento legislativo reciente—, ambos episodios comparten efectos similares: la militarización del territorio, la afectación desproporcionada de habitantes fronterizos y la erosión de recursos culturales y naturales. Las medidas estatales, ya sea la persecución de tequileros o la instalación de barreras, reconfiguran paisajes y relatos comunitarios.
En síntesis, la frontera entre México y Texas muestra una continuidad histórica donde demandas externas, políticas públicas y vidas locales colisionan. Entender ese hilo que va de las mulas cargadas de botellas a los diseños de un muro permite evaluar mejor las consecuencias humanas y ecológicas de decisiones que se toman lejos de quienes habitan la línea fronteriza.



